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Manuel Fernández-Cuesta

Tifón financiero

Por recomendación de mi amigo Jacques Hubert-Rodier, brillante analista político y económico de Les Echos, leo —releo dicen algunos, como si los clásicos fueran impresos en un código genético de clase— Tifón de Joseph Conrad (traducción de Ana Alegría D´Amonville, Alianza). Recorro de madrugada, insomne, las páginas de la excelente nouvelle y comprendo a JH-R cuando desea cambiar la estúpida expresión «tsunami financiero» por «tifón financiero», teniendo presente la aventura del vapor Nan-Shan y el preciso sentido de la justicia, al límite del socialismo fabiano, del capitán MacWhirr. Los ágrafos ejecutivos, nuestros políticos y sus sacristanes —que prestan el paraguas contable a este new deal— refundan el modelo especulativo y la cartografía mundial sin conocer, sospecho, sus ancestrales cimientos coloniales. Pese al capitalismo individualizado del hiperconsumo (Lipovetsky, dixit), somos hijos del cartabón y la escuadra del siglo XIX. Bastante tienen —ignoran la obra de Foucault— con preocuparse por el bienestar de la familia y su incierto futuro. Devoro el libro atrapado por la fiebre y las convulsiones. Agitadas sábanas, inmensas olas gélidas cargadas de espuma y rabia, sacuden el colchón como si estuviera envuelto en esa espiral de viento, miedo y agua que casi acaba con el vapor y sus tripulantes. Navego, atravieso la cubierta, subo al puesto de mando, sueño. Surco el tifón de la cotidiana enfermedad agarrado a mi manojo de llaves. Tomo café y descubro, en lejanas geografías, el olor dulzón de los granos molidos y las especias: los mares del sur. Empiezo el año del diluvio con cuchillos en la garganta y una bocanada de humo blanco en el corazón.

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