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El pasado 1 de enero se conmemora el 50 aniversario de la revolución cubana. Una vez más, Cuba despertará entusiasmos apasionados y rechazos viscerales. Ser el centro del debate geopolítico era lógico durante la guerra fría: se trataba de un socio de la Unión Soviética a noventa millas de Estados Unidos y la crisis de los misiles demostró que la cuestión de Cuba era clave en el confrontación Este-Oeste. Sin embargo, el muro de Berlín cayó en 1989, la URSS desapareció en 1991 y el comunismo dejó de ser una amenaza para el bloque capitalista vencedor; incluso el discurso y las políticas agresivas de EEUU hacia China, Vietnam y otros retales socialistas que permanecían en el mapa mundial desaparecieron. Pese a todo, el combate frontal contra Cuba no disminuyó un ápice y nadie podría pensar que la proximidad comunista a EEUU suponía amenaza alguna una vez desaparecida la URSS. Algunos argumentarán que el rechazo se debe al fanatismo extremista del exilio cubano, pero ese exilio hoy ya no es mayoritario, ni siquiera en Miami. De hecho, Barack Obama ganó en Florida en las elecciones y la nueva generación de hijos de cubanos tiene intereses más prioritarios que los de seguir rumiando odio hacia un país en el que nunca han estado. Incluso son más los cubanoamericanos molestos con las medidas estadounidenses que les impiden viajar a Cuba o enviar remesas.
Con la derecha europea sucede algo similar. Resulta sorprendente la obsesión de algunos sectores de España con un pequeño país de poco más de once millones de habitantes cuyo papel en la economía mundial es irrelevante y, en todo caso, beneficioso para las empresas españolas. Basta observar que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, dos días después del asesinato de cerca de 400 palestinos, dedique su mensaje de fin de año al sufrimiento de los cubanos “bajo la dictadura”.
En un mundo con 766 millones de personas sin servicios de salud, 120 millones sin agua potable, 842 millones de analfabetos (21 de ellos en EEUU), 158 millones de niños que sufren desnutrición y 110 millones que no asisten a la escuela, es curioso que ninguno de esos problemas existen en la Cuba que tanto preocupa a Esperanza Aguirre y a los líderes de la derecha mundial. Los opositores a Cuba se indignan por la falta de libertad de prensa precisamente en el país que ha logrado la mayor tasa de alfabetización del continente. El único Gobierno del mundo que sufre un bloqueo de Estados Unidos es, paradójicamente, el que ha conseguido la tase de mortalidad infantil más baja de América Latina. Siempre resultó muy ilustrativa la comparación con China; cuando los gobernantes españoles visitan el país asiático, la derecha no exige reuniones con la oposición. ¿Se acuerda alguien alguna vez de exigir a un ministro español que se reuna con miembros de la oposición cuando visita un país que no sea Cuba? ¿Se pide, tal y como ocurre con Cuba, que nuestras embajadas inviten a las recepciones a los grupos que buscan derrocar al Gobierno en el poder?
¿Cuál es la razón de esa persecución obsesiva contra Cuba? Aunque tuvo un papel importante en muchas luchas populares de América Latina y África, hoy sus dirigentes no tiene ni recursos, ni intención de derrocar Gobierno alguno en la región. Quienes afirman sentirse preocupados por el sufrimiento cubano bajo el yugo de los Castro, sabemos que no dicen la verdad, aunque consideren que los cubanos viven una dictadura, deberían preocuparse más por los haitianos, los cuales están sometidos a mayores sufrimientos a juzgar por su cifras de mortalidad, y nunca les oímos alzar la voz por las hambrunas o enfermedades en Haití, Honduras o República Dominicana.
¿Qué peligro supone entonces la revolución cubana para que se le odie tanto? No debería hacer falta considerarse procastrista ni comunista para llegar a la conclusión de que lo que molesta de la revolución cubana se puede expresar en una sola palabra: ejemplo. Es lo que desespera a los gobernantes estadounidenses y a la derecha mundial: la angustiosa posibilidad de que la revolución cubana y la política que allí se está aplicando pueda ser un ejemplo de otro modelo de organización económica y social; de que se pueda ofrecer un sistema electoral al menos diferente al de serpentinas y dinero para cuñas publicitarias de Occidente; de que –a pesar de su precariedad– pueda existir menos corrupción entre sus gobernantes que en ningún país de América Latina; de que se esté conformando un ciudadano con valores diferentes, ajeno al individualismo, a la competitividad o al consumo obsesivo. No se trata de afirmar que Cuba es el paraíso, que su sistema electoral es perfecto y que su sociedad es idílica, pero sí de reconocer que en ese país se han producido fenómenos de avance social, cultural y humano impresionantes si tenemos en cuenta su limitado poder económico, el acoso al que ha sido sometido y la agresión informativa y de todo tipo que lleva sufriendo desde hace cincuenta años. La realidad es que, independiente de las posiciones ideológicas, nadie negará que siguen siendo los líderes cubanos los que levantan más expectación con su presencia en las cumbres mundiales y apoyo de colectivos de solidaridad de todo el mundo. Si hay algo que tienen en común las sedes de los movimientos populares de Mumbai, Johanesburgo o Yakarta –por poner ejemplos alejados de la cultura latina– es una bandera de Cuba y una foto del Che.
Es curioso, pero la amenaza de Cuba no es otra que hacer visible la consigna que adoptaría el movimiento alterglobalización 40 años después de la victoria revolucionaria cubana. Esa amenaza es la de demostrar a millones de personas que viven bajo el neoliberalismo que “otro mundo es posible”.

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