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Manuel de la Fuente / ABC

Marzo de 1909. En un mísero piso de la madrileña calle del Conde Duque, Valle-Inclán llora ante el cadáver de Alejandro Sawa. Años más tarde, del talento de Valle surgió «Luces de bohemia», cuyo protagonista, Max Estrella, era el calco del insobornable Sawa, un adepto (y adicto) al arte cuya existencia acaba de ser trazada en «Alejandro Sawa. Luces de bohemia» (Fundación José Manuel Lara), un libro de Amelina Correa Ramón.

Vivió libre e indomable. Y durante su corta pero intensa y deslavazada vida, Sawa tan sólo fue decidido militante del partido de la belleza, al que se entregó en cuerpo (colosal) y alma (a menudo torturada). No comulgó con las ruedas de molino de la ortodoxia cultural, ni doblegó su hercúlea cabeza ante ningún amo de la política ni de la literatura. Pasó por el seminario, pero acabó echando pestes de los curas. Víctor Hugo le besó en la frente y él no se lavó durante días. Luego, Zola le hechizó con su prosa natural y naturalista, y Sawa le correspondió con novelas descarnadas, viscerales, en todos los sentidos de la palabra. Vivió y bebió a conciencia la noche parisina, haciéndose unas risas, unos versos y unas absentas con Verlaine, con Manuel Machado, con Rubén Darío.

Trabajó lo justo, ni siquiera lo necesario, abrazó la causa de la denuncia social, y abrazó durante el resto de sus días a Jeanne Poirier, el amor de su vida. De vuelta en Madrid, a finales del XIX, fue el rayo que no cesa de tertulias y mentideros, descendió por los peldaños de la pobreza y acabó haciendo de negro para Darío por unas perras, aunque luego el nicaragüense, a título póstumo, intentó remediar el entuerto prologando las «Iluminaciones en la sombra», legado literario de Sawa. Pero antes, lo que no por sabido es menos dramático: la miseria, la ceguera, la locura, y el epitafio de Manuel Machado: «Jamás hombre más nacido para el placer fue al dolor más derecho». Alejandro Sawa, a todas luces un bohemio.

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