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Con el triunfo de la Revolución de Octubre, el hombre «nuevo» y la mujer «nueva» del ideario bolchevique empezaron a dar sus primeros pasos, y los dieron a la par en lo que a la construcción de una sociedad comunista se refiere, pero no en las relaciones amorosas. Ésta es la piedra angular de El amor de las abejas obreras (1923), de Aleksandra Kollontái (1872?1952), distinguida bolquevique y emblema mundial del feminismo que trabajó incesantemente por los derechos y las libertades de la mujer y también por conservar la pureza de la ideología revolucionaria, lo que le costó el desencuentro con Lenin. Convertida en una presencia incómoda a la que convenía tener alejada del núcleo del poder, Kollontái fue la primera mujer embajadora en la historia, siendo muy probablemente su carrera diplomática la que la salvó de las deportaciones y posteriormente de las purgas de Stalin contra los antiguos dirigentes bolcheviques.

Lucha. Los dos cuentos y la novela de El amor de las abejas obreras, con un gran componente autobiográfico no ya por las experiencias personales de Kollontái sino porque muchas féminas acudían a ella para plantearle sus problemas, son un valioso testimonio de la desazón de las mujeres soviéticas que, en la década posterior al triunfo de la Revolución, luchaban por deshacerse de los esquemas burgueses decimonónicos y conseguir la plena igualdad con el hombre también en materia sentimental y sexual, pero que sin embargo se encontraban con que sus enamorados, por más camaradas y compañeros que parecieran en un principio, acababan repitiendo estructuras machistas como su deseo de que fuera la mujer la que se ocupara de las tareas domésticas y la sempiterna existencia de una amante secreta. La excepción a la regla es Zhenia, la muchacha de El amor de tres generaciones que se comporta, para inquietud de su madre y para dilema de la consejera Kollontái, como si estuviera vacunada contra los sentimientos: no sólo tiene relaciones sexuales con su padrastro y con otros a la vez sino que, además, no está enamorada de ninguno.

El siguiente relato, Hermanas, denuncia el problema del desempleo femenino, de sus consecuencias como el ejercicio de la prostitución y de la nefasta influencia de los népmany, los burgueses resurgidos por la NEP, la Nueva Política Económica decretada en 1921. No es de extrañar, leyendo ese cuento, que Lenin recelara de Kollontái, por su acérrima crítica a la NEP -formó parte, de hecho, de Oposición Obrera, una facción del Partido Comunista contraria a esa ley-, y por sacar a la luz algo tan poco revolucionario como la prostitución por necesidad que probaba la pervivencia del «caduco orden social».

Conflictos. En la novela Vasílisa Malyguina, Kollontái desarrolla las ideas y los conflictos femeninos esbozados en los cuentos anteriores. Su protagonista es una joven obrera que destaca por su inteligencia y su trabajo revolucionario y que cuando se reúne con su amado Vladímir, director de una empresa en otra ciudad, le encuentra convertido en un népmany -otra vez los népmany- que desdeña su sobriedad comunista y le reprocha que no tenga la casa y las comidas a punto. Además, Vladímir lleva una vida amorosa de lo más agitada y Vasílisa acaba dejándole después de padecer una interminable lista de ofensas, mentiras y chantajes. Pero los pensamientos y los actos finales de Vasílisa caen en el melodrama porque no parece muy verosímil que una mujer que ha sufrido tanto y que ha sido tan engañada acabe bendiciendo la unión definitiva de Vladímir con su querida y le escriba a ésta una carta donde le desea lo mejor y le ofrece su ayuda incondicional.

Evidentemente, Kollontái quiso ofrecernos en esta novela el retrato de la nueva mujer surgida de la Revolución que está por encima de los sentimientos de fidelidad y posesión burgueses, pero la sublimación espiritual de Vasílisa Malyguina recuerda un poco a los excesos de las heroínas románticas y un mucho a las idealizadas protagonistas dickensianas, nada extraño por otra parte teniendo en cuenta que Kollontái nació y creció todavía en el siglo XIX y que, probablemente, se sintiera muy cercana a Dickens por su crítica social. Pero, a pesar de su ocasional tinte folletinesco, El amor de las abejas obreras es un libro transgresor, más si cabe al estar escrito por una bolchevique, que conserva el encanto estilístico de la narrativa decimonónica y con una vigencia tan plena -recuerden ese reciente anuncio de televisión invitando a los hombres a ayudar en casa- que después de leerlo se hace inevitable pensar que, a lo peor, ochenta y cinco años después, la vida, en ese sentido, sigue igual. O casi.

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