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ABC (ABCD)

Su voz y su mestiza presencia se han hecho imprescindibles para los catadores de música popular de buena añada, y regustos a cantina, frontera y desconsuelos varios, del alma y también de la política y los problemas sociales de la América que sueña y canta en español. Se cuenta que muy de joven fue hippie y fanática seguidora de los Grateful Dead. Que es experta tejedora y que hace buenas migas con las fuerzas del más allá chamánico. Que no le hizo ascos a la vida nocturna y sus intensos tragos e igual le complace a su oído (y a su voz) un viejo canto mixteca que una tonada de Woody Guthrie. Durante años, Lila Downs vivió ajena a esta ribera del Charco en cuya lengua se expresa tanto y tan bien como en el inglés de su padre, apenas un puñado de amantes del canto popular de cualquier latitud y longitud se había quedado con su copla asilvestrada e indómita. De eso, ya hace bastante, porque hoy por hoy, afortunadamente, ya es habitual entre nosotros. Estuvo por aquí este verano, y ahora publica su nuevo álbum, Ojo de culebra. Hora es, pues, de felicitarse, cuates, que aquí vuelve a haber tomate. Y natural, sin aditivos. Una descarga mineral, telúrica, emocionante y profunda de la cantante y compositora mestiza.

Lila Downs: “La iguana”

El disco ha sido grabado entre Nueva York y México D.F. y además de ofrecer un nuevo y colorido muestrario de canciones cocidas a uno y otro lado del Río Grande, tiene también detalles que resaltar y que el aficionado sabrá saborear. Sin ir más lejos, una versión en castellano (Envidio al viento) de la bellísima I envy the wind de la gigantesca Lucinda Williams, que la publicó en su disco Essence, de 2001. «Quería saber cómo una mexicana como yo podía interpretar música de otra raíz. Conozco a Lucinda, me encantan sus canciones y he coincidido con ella en algunas giras. Al traducir la letra al español, se abrió otra dimensión y, en cierta manera, vi que también era una canción “mexicana”, por su pasión, su calidez, su enorme humanidad».

El disco (en el que también colaboran Bunbury y La Mari de Chambao, Ixaya Mazatzin de Café Tacuba, y el genial clarinetista Anat Cohen) está dedicado a las curanderas, sanadoras, parteras y chamanas de Oaxaca. Hay razones. Lila Downs las expone: «Siempre me ha interesado mucho este tipo de cuestiones y no había tenido la oportunidad, hasta que visité a doña Queta, una curandera oaxaqueña muy reconocida que da cursos de herbolaria y de sanación. Además, me encontraba enferma, física y también espiritualmente. Estuve con ella, me recetó unas hierbas y en apenas seis meses me sentí totalmente renovada y mucho mejor. También habló conmigo y me dijo: ??Lila, tienes que tener una plática con tu ser, con tu cuerpo, con la esencia de tu cuerpo femenino??». Que lo hizo, salta a la vista.

Pero hay más. Y de qué talla. Como un dúo (Tierra de luz) junto a otra figura colosal de la canción hispana de cualquier tiempo y lugar, la argentina Mercedes Sosa. «Ella también sabe de sanación. De hecho, cualquiera que canta tiene la posibilidad de sanarse a sí mismo y al público. Sin Mercedes, nunca habría sido la cantante que siempre había deseado ser».

Y más, otra versión en español, la de Black magic woman (Mujer de magia negra), la pieza de Peter Green que estrenaron Fleetwood Mac pero que popularizó en todo el mundo Carlos Santana, quien la convirtió en uno de sus títulos más populares hace más de treinta años. «Tengo algo de hechicera, de maga, creo que en toda vida, aunque el balance sea positivo siempre hay algo negativo, oscuro y misterioso», explica Lila, que ha convertido este clásico en un canto que sabe a vudú, que sabe a Celia Cruz, a demonios del Caribe.

Lila sigue moviéndose a gusto en las dos lenguas de sus progenitores, inglés y español, aunque pone sus peros: «Creo que los anglosajones deben tener más contacto con el mexicano, con los latinos en general. En Estados Unidos, continúa la deportación de gente hispana, y la Prensa anglosajona jamás menciona lo inhumano y terrible de este trato por parte de personas que se consideran de gran moralidad, de comportamientos éticos y muy cristianas».

Probablemente por eso (y por tantas cosas) haya que volver a echar mano de la música que, como dice Lila, «tiene ese poder de transformarnos, muchas veces incluso sin darnos cuenta». Dejemos el cuello a la vista para que la culebra mixteca nos clave sus colmillos y nos inocule el veneno de estas canciones que parecen recogidas del árbol del bien y del mal, canto mineral, pasión de la tierra. Que Quetzalcoatl la proteja.

 

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