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Manuel de la Fuente / ABC

Si su voz no conservase la rebelde lozanía de su juventud con causa, Joan Baez podría ser una adorable y hermosa abuela que cualquier tarde de este mismo otoño, en torno al fuego, nos encandilara con sus historias, nos hiciera saltar las lágrimas con la calidez de su garganta, más baja en el tono, pero tan alta y clara como siempre. Hace apenas tres meses, trescientos afortunados vimos a esta mujer, en Segovia, ofrecer un recital que cortaba la respiración, con recuerdos a los 60 (memorable Con Dios de nuestro lado, de Dylan, como en el 63 en la Marcha sobre Washington de los defensores de los Derechos Civiles), con esa canción de resistencia antinazi que es Dona, o el Here?s to you (Nichola and Bart) que ella misma y Morricone firmaron para la película Sacco y Vanzetti. Y hubo más, cancionero de Johnny Cash. O el clásico A wonderful world. Y el guiño en español de Gracias a la vida y El preso número 9. Y abrió también la puerta a otra generación de autores, como Steve Earle (cómo resonaban en el Patio de Armas del Alcázar los versos de Christmas in Washington: «Vuelve Woody Guhthrie, vuelve Emma Goldman, levántate Joe Hill, vuelve Malcolm X, vuelve Martin Luther King?»). O como Tom Waits, cuya Day after tomorrow («No estoy luchando por la justicia, ni por la libertad. Tan sólo combato por mi propia vida, por volver a casa el día siguiente a mañana?») da título al nuevo disco de Joan, y van veinticuatro, desde que en 1959, con apenas dieciocho primaveras, Joan Baez dejara boaquiabiertos a los santones del folk (los mismos que se la liarían a Dylan seis años después) en el Festival de Newport.

Porque Joan, con álbumes como éste y el anterior, Dark Chords on a Big Guitar, ha hecho el viaje de ida y vuelta. Del folk protestón de los sesenta, pero bellísimo en su austeridad y su coherencia política, al folk contemporáneo, al country de combate que abandera el tal Steve Earle, productor del disco, un tipo que ha atravesado unas cuantas alambradas de la vida (y hasta de la trena), en las que se ha ido dejando unos cuantos jirones, del que se dice que es comunista, y que la última vez que pasó por Madrid llevaba en la batería una hoz y un martillo con una calavera.

Préstamos. Eso sería agua de borrajas políticas (por supuesto, Joan apoya a Obama), si no estuviéramos hablando, escribiendo, de músicos como la copa de un pino, aunque sea aquel pino del no nos moverán junto a la ribera. Músicos como Eliza Gilkyson, Elvis Costello, Patti Griffin, Diana Jones y T. Bone Burnett, y los ya citados Waits y Earle, que le han prestado sus canciones a Baez para alimentar este bellísimo álbum de folk del siglo XXI, pero que hunde sus raíces, como debe ser, por otra parte, en la nutritiva e inagotable herencia del cancionero norteamericano.

De una pieza. Pero no se engañen, éste no es un disco nostálgico. Ni es sólo el álbum de una rebelde con unas cuantas causas y alguna que otra revolución pendientes. Es un disco hermosísimo, de ésos que sólo se pueden concebir desde el mismo lugar en el que habitan los ángeles de la música, los mismos ángeles que en Mary, otra de las joyas del disco, mientras Jesús en la Cruz se dirige a la Virgen «le cantan sus alabanzas en un cielo rebosante de encendida gloria». Gloria, gloria, aleluya, porque el poder de persuasión y encantamiento de la música popular no se olvida del hombre y sus circunstancias. En un mundo en el que a los 40 y pocos a la gente se la desecha por vieja, por su poca rentabilidad, reconforta que al menos a los músicos de una pieza como Joan Baez se le respeten las canas, las bellísimas canas, y se sigan sus canciones como lecciones del más anciano, y por tanto, generalmente más sabio, de la tribu. En torno al fuego, como ya hicieron nuestros antepasados, Joan Baez desgrana sus historias, sus rimas y leyendas. Que no calle el cantor, porque si calla, ya saben, mueren de espanto la esperanza, la luz y la alegría.

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