Etiquetas

,

Manuel Fernández-Cuesta

Storytelling productions

Cuentan mis compañeras —nos cruzamos al alba, abrimos la máquina de café con fría ganzúa y sonreímos pese a nuestros salarios— que la gente de la editorial Península, después del atracón libresco de la feria de muestras (porcina, avícola y bovina) de Frankfurt, se ha echado a la calle. Dicho así, cualquiera entendería que, hastiados de sonreír en hall del hotel Frankfurter Hof, el lugar de encuentro de la aristocracia editorial europea, han levantado una barricada en las Ramblas —aquellas que terminan en el mar, tituló Vilallonga en 1954— con un caballo muerto de Centelles y los restos del almacén —saldos y stocks pendientes de clasificación— mientras amenazan con una nueva toma del Palacio de Invierno. Se han lanzado a la conquista de la medioesfera —aclaran con criterio— y andan de tournée con un marsellés, un señor que ha escrito ese libro (será un éxito por la sonoridad de su título, entre otras virtudes) que se llama Storytelling. A ellas, como a mí, lo que nos gusta es la agitación y el bochinche (lee y difunde, se decía cuando el mundo era una suma de experiencias reales), y llenar la vida de «contranarraciones», es decir, replicar con argumentos de imposible refutación el discurso dominante, el de la clase dominante. Salgo del trabajo, giro a la izquierda, Carrer del Angels, y me encuentro con el MACBA y el CCCB. Los edificios tienen líneas puras y diáfanos espacios en su interior que armonizan con el entorno del Raval (sic). En la explanada, sentado en una grada, veo a George, el ucraniano, hablando con una chica. Tarareo el Concierto para arpa y flauta en Do mayor, KV 299 del maestro Mozart y contemplo la escena. Ella se acaricia el pelo y el lenguaje de su cuerpo habla de amor. A la mierda el sidecar.

Anuncios