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En realidad, la historia teatral de Piotr Fomenko (Moscú, 1932) comienza antes de su nacimiento, en el año 1897, cuando Constantin Stanislavski y Vladimir Danchenko tuvieron una larguísima conversación -al parecer de dieciocho horas- en el restaurante moscovita Slavlanski Bazar para renovar profundamente la convencional y engolada escena de entonces. El pilar de la nueva dramaturgia, que se concretaría en la fundación del Teatro de Arte de Moscú, se asentaba en el trabajo dramático del actor que, en vez de recurrir a la retórica de la declamación, debía iniciar un viaje hacia su interior para vivir, y no «representar», las emociones de los personajes.

El «método» Stanislavski, también denominado «realismo espiritual» o «realismo psicológico», estableció las bases del teatro moderno no sólo en Rusia sino también en el resto del mundo, aunque su creador incorporó nuevos elementos a su revolucionaria pedagogía cuando algunos de sus actores incurrieron en la locura de tanto utilizar su memoria emocional (Mijaíl Bulgakov satirizó el «método» en La novela teatral): la finalidad seguía siendo la misma pero el intérprete también podía llegar a su «verdad interior» a través de la imaginación y el dominio de la expresión corporal (el «método de las acciones físicas»).

Lo culto y lo popular. Sin este Stanislavski ampliado y evolucionado y la tradición rusa popular -los orígenes del teatro realista ruso se remontan al llamado «teatro de siervos», en el que los campesinos hacían funciones para divertir a los nobles- no puede entenderse el quehacer artístico de Piotr Fomenko, uno de los grandes nombres de la escena mundial y toda una institución en Rusia, donde también ha desarrollado una importante labor pedagógica. Después de una larga andadura como profesor y director, crea en 1988 el Théâtre-Atelier Piotr Fomenko con una selección de actores y directores a los que impartía clases en la Academia Rusa de Artes Teatrales (GITIS), aunque su fundación oficial tuvo lugar en 1993, mediante un decreto del alcalde de Moscú. Y es con esta segunda generación de fomenkos con la que el venerable director moscovita de setenta y seis años ha visitado la Villa y Corte, siempre de la mano del Festival de Otoño.

Su presentación en Madrid no pudo ser más brillante: en 2002 vino con Guerra y Paz, una gloriosa adaptación de la primera parte de la novela de Tolstoi. Fomenko no tiene prisa: si el genio de Yásnaia Poliana tardó cinco años en escribir Guerra y Paz, él tardó siete en llevarla a escena. Un montaje de cinco horas de duración que consigue la proeza de hacerse corto para el espectador.

Un año después, el Théâtre-Atelier Piotr Fomenko nos visitaría con Las noches egipcias, basadas en el poema y el relato de Alexander Pushkin y en el poema posterior de Brussov, sobre el mito de las noches amorosas de la reina Cleopatra que, según una cita del autor romano Aurelius Victor, mandaba asesinar a sus amantes después de que pasaran la velada con ella.

En la Dacha. Desde las primeras escenas de Las noches egipcias, los refinados personajes que se reúnen para pasar la velada en una dacha hacen totalmente partícipes a los espectadores del ensueño que les invade cuando, a la luz de las velas, y después de diversas y galantes conversaciones acerca de la complicada naturaleza del amor, asisten y forman parte, a la vez, del relato escenificado que construye el arrebatado improvisador Piamonte. Doy fe del cuarto de hora de aplausos y de vítores con los que el público del Teatro de Madrid agradeció este mágico viaje de tres horas a las cálidas y misteriosas noches del antiguo Egipto.

La compañía de Piotr Fomenko recaló por tercera vez en Madrid en 2006 con un clásico del repertorio teatral ruso, Tres hermanas, de Anton Chéjov. Y en el presente otoño los fomenkos, que acaban de inaugurar una nueva sala en Moscú para sus ensayos, nos brindarán la oportunidad de conocer mejor a Alexander Ostrovski, uno de los padres del teatro nacional ruso junto con Gógol y Fonzivin. La pieza que representan, Lobos y corderos, es una sátira despiadada de la nobleza provinciana rusa del siglo XIX, ignorante, soberbia y con un afán incansable de lucro: «Es el espectáculo más antiguo de nuestra compañía -explica Fomenko- y ha desempeñado un papel muy significativo porque se ha desarrollado al mismo tiempo que nosotros. Quizá un día haya que realizar una nueva versión o más bien crear una nueva atmósfera… De momento vive, pero quién sabe; no soy pesimista, pero hay que aceptar que los espectáculos también tienen vida y que cada vida tiene su final. Si el espectáculo muere o muere a medias, es mejor no seguir con él… Stanislavski, que creó una construcción teatral divina, fue el primero en cuestionarla al final de sus días, el primero en comprender que nada en el teatro, como en la vida, es inmutable»

La mezcla de lo material y lo metafísico es la característica de Ostrovski y sus Lobos y corderos que más atrae a Fomenko: «En todas sus obras hay un contraste entre el pecado, por así decirlo, y el alma. Es una cualidad puramente rusa que no siempre es comprensible para los extranjeros. Sería muy interesante para mí saber qué piensan los espectadores españoles al respecto porque creo que Lobos y corderos es más dificil de comprender que Guerra y Paz. Dostoevski, Chéjov e incluso Turguéniev son más accesibles porque Ostrovski tiene una naturaleza rusa única e incomparable. He montado seis espectáculos con sus obras y ninguno, incluido el último, Sin dote, es muy asequible».

La palabra. Piotr Fomenko explica que en el teatro ruso actual «hay una confrontación entre lo viejo y lo nuevo. En lo que a mí concierne, hoy toda mi vida es “el futuro en el pasado”. De hecho, el montaje de Lobos y corderos que vamos a llevar a Madrid es un símbolo y un testomonio de nuestro pasado pero también de nuestra apertura hacia el porvenir, en el cual tengo mucha fe, pero ninguna certitudumbre»

Defensor a ultranza del «teatro de la palabra», Fomenko vive dedicado a la escena y retirado del mundanal ruido de las pompas de la profesión. El suyo es un teatro que nace del amor a los textos, de la lectura sosegada y compartida con los miembros de su compañía. Quién sabe si el aislamiento cultural y las dificultades que padeció, como la inmensa mayoría de los artistas rusos, durante la época soviética, llevaron a Fomenko a replegarse más si cabe en la intimidad esencial del acto creativo, pero lo cierto es que sus montajes, frente a la sofisticación -tantas veces pseudo-intelectual- y la paráfrasis de los firmados por algunas de las estrellas occidentales más rutilantes, tienen ese encanto primigenio del antiguo pan recién sacado del horno, y de la antigua frescura del agua de una fuente. Parecen sacados de las Odas Elementales de Neruda.

En los tiempos difíciles del régimen comunista Fomenko ha declarado que se refugió en la enseñanza. Entonces y ahora, y siempre, yo me lo imagino de noche en el escenario de un viejo teatro, como el apuntador de la pieza de Chéjov, El canto del cisne, creyendo a pesar de todo en el poder de dignificación y redención del arte. El maestro Stanislavski hacía hincapié en la «verdad artística», en el compromiso que tenía el actor de sintonizar con las ideas y las emociones de sus semejantes en vez de reproducirlas de forma artificial: no cabe duda de que la historia teatral de Piotr Fomenko es una historia verdadera.

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