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ABC (ABCD)

La monda lironda. No hay casi otra manera de describir el nuevo disco de Brian Wilson, That lucky old sun. A aquella banda californiana, los Beach Boys, que Brian formó junto a sus hermanos Carl y Dennis (a quienes está dedicado el álbum: «Os echo de menos cada día de mi vida»), su primo Mick Love y el colegón Al Jardine, todavía no se le ha hecho justicia en la ingrata historia del rock and roll, aunque sus tonadas sigan sonando igual de radiantes y luminosas más de cuarenta años después, y después, también, de que el grupo nacido como portavoz de la estética surfera abriera (sobre todo de la mano del propio Brian) nuevos, psicodélicos e intensos caminos para la música pop de todos los tiempos.

La vida tampoco fue generosa con la banda (un cáncer se llevó a Carl; un extraño naufragio a Dennis -el verdadero surfer del grupo- con sustancias de por medio), pero Brian, que en junio cumplió 66 playeros añetes, sigue irradiando una creatividad y una inspiración preclaras, demostradas en todas las canciones que componen este trabajo irrepetible.

Carácter rompedor. Cuatro décadas después de Pet Sounds (la mayor influencia del Sargent Peppers, según McCartney; el ego de Lennon le impidió decir ni mu al respecto) y de las Good Vibrations, Brian conserva su carácter juguetón, colorista y rompedor ante los pentagramas en este That lucky old sun (que incluye un dvd con el «making off» del disco más dos canciones en directo) en el que si bien por debajo y en el sustrato de casi todas las canciones asoma la sombra del bellísimo cancionero de Los Chicos de la Playa, hay todo un repertorio de bromas, de insinuaciones, de tonalidades, de colores que consiguen un álbum que es una suerte de parque temático del sur de California, de su gente, de su sol, de sus playas, de sus chicas, de sus tablas de surf, de sus naranjas (que ilustran la genial y refrescante portada), de sus coches, de sus colinas de Hollywood, de sus adolescentes, de su luz, de alguna de sus sombras, y hasta de sus hispanos, cuyo extrovertido ambiente queda reflejado en dos piezas como Cinco de mayo y Mexican girl, en la que hasta se canta en español: «Te quiero, hey, bonita muchacha?».

En el disco de Brian Wilson, un hombre al que las olas de la vida también golpearon duro («He vuelto a casa, he vuelto al lugar al que pertenezco, por fin he encontrado la paz de mi mente», canta en Going home), hay la reflexión de un tipo curtido en las mil batallas de la música. Reflexión pero también goce y gozo de un artista para el que a estas alturas un pentagrama ya no tiene ningún secreto. Su sabiduría y su luz son contagiosas. Como lo son sus versos, a menudo inocentes, pero suaves y dulces como las naranjas de la carátula. Wilson habla de Los Ángeles, habla de conducir por «el laberinto de las colinas de Hollywood», de la «lluvia de diamantes celestiales» del amanecer, de las guitarras «rasgueadas suavemente y las voces que cantan dulcemente» de una «ciudad de arcángeles que es bendecida cada día». Pero este álbum no es sólo vitalidad y optimismos surferos.

En el crepúsculo. En esta deliciosa e intensísima cantata, el sol se mueve sobre el horizonte del disco hasta llegar el crepúsculo, hasta llegar a una canción como Southern California, sentido y melancólico epílogo de esta sonata del sur californiano, donde un nostálgico Brian Wilson pone su corazón surfista a remojar: «Tuve un sueño en el que volvía a cantar con mis hermanos, unidos, ayudándonos los unos a los otros. Surfeando al mediodía oí de nuevo aquellas voces. En el sur de California, te despiertas entre sueños, y cuando tú te despiertas aquí te estás despertando en cualquier lugar del mundo». Sencillamente, Brian Wilson vuelve a estar en la cresta de la ola.

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