Etiquetas

,

Manuel Fernández-Cuesta

La chica del arpa

Será que me hago mayor o que estamos en otoño, pero este descansado trabajo me resulta agotador. Subo y bajo la escalera, converso con paseantes y trabajadores nocturnos, leo y ojeo, tomo el aire. Nada. Ni el placer de usurpar este espacio llena mi insomnio. Aburrido, me topo con un libro nuevo, impreso con elegancia, Cánovas y la derecha española. Con ese título no hay quien se resista. Casi setecientas páginas y dos pulcros cuadernillos de imágenes, de Alfonso XII a Esperanza Aguirre, de Ortega y Gasset a Aznar (cierro los ojos y le veo haciendo flexiones, la melena al viento, cargado de pulseras y abalorios). La obra —por el índice, se entiende— es una reconstrucción del histórico hilo azul de la derecha española, esa tan española, que zascandilea ahora por FAES, el think tank patrio donde se cuece la ideología neocon. Tomo café —invito yo que tengo termo— con mi amigo George, un ucraniano que custodia un par de portales más abajo. Anda inquieto por cuestiones de intendencia. Resulta que está interesado en una chica que toca el arpa. Su novio tiene una furgoneta y hace los portes musicales cada tarde, a la salida del conservatorio. A él —explica con sobriedad soviética— las instrumentistas siempre le han parecido chicas tristes; tristes como las sonrisas que se pierden sin llegar a la complicidad; tristes como esas mujeres, gris oficina y falda gris, que leen novelas románticas en el metro. Sin embargo, pese a los inconvenientes, el arpa (y su caricia) le tiene fascinado. George tiene una vespa vieja y no puede, en caso de cita, hacerse cargo del instrumento. Hemos quedado mañana para montar un sidecar. En su ipod suena Moon River y George, solidario, me tiende un auricular. En su mirada veo las manos de la arpista y el sidecar volcado en las Ramblas.

 

Anuncios