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ABC

La poesía de Osip Mandelshtam no es fácil ni tampoco la prosa poética de El sello egipcio que acaba de editar Maldoror, lo que no quiere decir que sean herméticas: todo gran poeta tiene unas claves muy definidas, y una vez que accedemos a las de Mandelshtam con una lectura atenta se abre ante nosotros un universo cautivador donde las coordenadas temporales, locales y espaciales pierden sus límites y cobran una fascinante unidad. Así, en El sello egipcio, escrito entre 1927 y 1928, Mandelsh-tam evoca la Revolución de Febrero -la obra se desarrolla en el verano de 1917- recreando dos tradiciones: la del hombre anónimo y ninguneado, tan presente en la novela rusa del XIX, y la que remite a una concepción helénica del mundo, la cultura y la creación artística que constituye el pilar fundamental de su obra.

Como el funcionario de El abrigo, de Gógol, y el también funcionario de El doble, de Dostoievski, el protagonista de El sello egipcio, Parnok, es un hombre gris despreciado y rechazado por los demás: «Hay personas que no le gustan a la multitud; ésta las reconoce en el acto, se vuelve mordaz con ellas y les da papirotazos en la nariz. Parnok era de ésos» (p. 31).

El hombre gris. No en vano, Parnok tiene que soportar que un pretencioso capitán no sólo se quede con su abrigo sino también con su dama, al igual que tuvo que padecer de niño que sus compañeros de colegio le llamaran «sello egipcio», un mote que, como muy necesariamente se explica en la nota final de la edición de esta novela, alude a la emisión de una serie de sellos egipcios en los que desvanecían las imágenes cuando se despegaban al vapor y que simboliza la falta de entidad, de consistencia, de la personalidad y de la vida de Parnok; de hecho, una de las reflexiones del propio Mandelshtam que se intercalan en esta obra, es la siguiente: «!Dios mío! ¡No me hagas semejante a Parnok! ¡Dame fuerzas para sentirme distinto de él! Pues yo también formaba parte de aquella cola penosa que se arrastraba hacia la ocre ventanilla de la caja del teatro» (p. 40).

Si bien en un principio, como tantos intelectuales y artistas de su país, Mandelshtam tuvo fe en la Revolución Rusa, muy pronto se desencantó de ella. Como hemos dicho antes, escribió El sello egipcio entre 1927 y 1928, siete años antes de que creara su corrosivo poema contra Stalin que le llevaría finalmente a la muerte en un campo de trabajo siberiano, pero ya por aquel entonces era muy consciente de que la Revolución Rusa, en su afán de destruir el pasado y construir un hombre nuevo y una sociedad nueva estaba cortando los lazos que unían a Rusia con la tradición europea y su legado grecorromano.

Paralelismo. Ante este desarraigo cultural, Mandelshtam se defiende con el escudo del mundo clásico y establece un paralelismo entre el San Petersburgo revolucionario y la Roma de Nerón cuando Parnok presencia horrorizado cómo la muchedumbre arroja a un hombre al río Fontanka: «Petersburgo se declaró Nerón y se convirtió en algo tan abyecto como si engullese un brebaje de moscas aplastadas» (p. 33). Asimismo, expresa el caos del gobierno provisional de Kerenski, incapaz de contener la violencia de la masa revolucionaria bolchevique, con esta irónica asociación: «Parnok telefoneó desde la farmacia, llamó a la policía, llamó al gobierno (?) Con el mismo resultado podría haber llamado a Proserpina o a Perséfone, donde el teléfono aún no ha sido instalado» (p. 33). Y también, volviendo al símil de las ciudades, tiende un puente hacia Europa identificando el San Petersburgo de 1917 con el París de la Revolución Francesa a través de uno de sus protagonistas más implacables: «Dibujo a Marat en calzas. Y vencejos» (p. 41).

«Una rodaja de limón es como un billete para Sicilia, hacia las rosas voluptuosas, donde aquellos que enceran los suelos se mueven como en una danza egipcia. El ascensor no funciona. Los mencheviques encargados de la defensa entran en todas las casas para organizar la guardia nocturna» (p. 36). El contraste entre la belleza y la riqueza de la tradición clásica y la tosca y violenta realidad de la Revolución Rusa es una de las constantes de esta valiosa novela de Mandelshtam, un poeta que mantuvo encendida la llama de la Antigüedad a pesar de los vientos destructores que la amenazaban.

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