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ViaPolitica /Rebelíon

(Traducido por Àlex Tarradellas y revisado por Juan Vivanco)

Porto Alegre – A finales del año pasado, un asesor paulista de la reina Silvia me contrató para escribir un reportaje especial en los suburbios de Brasil. Su Majestad quería que yo comprobara la tesis de la existencia de bandas organizadas que explotaban la prostitución de niñas en las carreteras. 

Mi trabajo sería publicado en una revista de World Childhood Foundation, ONG que financia la reina y tiene por objeto proteger a niños y adolescentes de la violencia y la falta de perspectivas impuesta por la miseria.  La causa era noble. El origen del dinero para el viaje también. Siendo reales las buenas intenciones de la reina, allí me fui, en el Fiat de mi hermano, por las carreteras de Minas, donde el Ministerio de Justicia localizó el epicentro del escándalo. 

Fui parando en cada burdel de carretera y cada gasolinera buscando pistas de las tales bandas; como todo reportero en una misión, lo importante era encontrar aquello que el jefe quería…  No encontré nada de nada. Pensé que estaba perdiendo el faro de reportero, quizás a causa de mis 57 años, cumplidos en la carretera.  Fue entonces cuando encontré una niña de la edad de mi hija más pequeña. Con casi 17 años. Por lo tanto, dentro del área de competencia de la ONG. Tatiana estaba en la prostitución por libre iniciativa. No estaba en ninguna banda, pero tenía el apoyo total de la familia. En un plis plas, hice la foto y escribí su historia. 

El reportaje nunca fue publicado. A alguien de la revista o del palacio real de Estocolmo no le gustó lo que escribí. Me explicaron que lo encontraron muy cruel, o cruel, que no tenía las características del pedido: faltaba la banda. La ONG me pagó los gastos y me dio una patada en el culo. Tatiana debe de haber cumplido 18 años en junio o julio. Me encontré con el archivo de texto cuando estaba limpiando mi ordenador la semana pasada y lo mande a ViaPolítica. 

El reportaje finalmente cobra vida en Internet, mientras Tatiana se muere cada día un poco al borde de la carretera. 

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Todos los días, cuando cae la tarde, Tatiana sale de casa para buscar encuentros en la carretera BR-116. Mientras baja por la calle del morro, con un short cortito y una blusa hiperescotada, los vecinos la espían por las ventanas. La condenan en silencio: con sólo 17 años, es la vergüenza de la comunidad.

La niña no hace caso de las miradas. Cabizbaja, llega al final de la calle, atraviesa la BR y ocupa su territorio en el arcén: un trozo imaginario de suelo cerca de la oficina de Carlão, en la salida norte de Teófilo Otoni, ciudad minera.

En su puesto, Tatiana esboza una sonrisa confiada. Sabe que de inmediato la van a degustar los conductores que buscan sexo de pago. Acepta a cualquiera que pare. No tiene miedo de irse con algún tarado, ni de coger el Sida.

Se lleva al cliente a un trecho desierto a tres kilómetros del puesto, discreción garantizada por un matorral, es su nido de amor viario, ideal para sexo rápido y brutal con desconocidos, por 20 reales, a veces 10.

Una vez realizado el servicio, Tatiana casi siempre se queda allí mismo, en el matorral, porque a los clientes no les gusta que les vean en su compañía. Entonces regresa a la carretera para intentar un autostop hasta su “oficina”.

Es la segunda peor hora del servicio. Necesita moverse, ajena a los peligros del intenso tráfico, al ronquido de los motores. Se vuelve inmune al calor, al frío, al aguacero, al desprecio de los viajeros; su figura queda igual de visible que la de los mendigos, los vendedores de jugo de caña y los recauchutadores.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántas niñas adolescentes están expuestas a los abusos sufridos por Tatiana en las carreteras brasileñas. Sólo en las BRs se calcula que pueden superar las 500 al día.

Cualquiera que viaje por ellas las ha visto agitando los brazos, las piernas, el culito y los senos para los conductores, con un último gesto desesperado para los retrovisores.

Para gente como Tatiana, muchas veces los viajeros tienen una mirada de lástima, con comentarios que oscilan entre “pobrecita” y “guarra”.

Tatiana no es ni una cosa ni la otra.

Para el gobierno y la sociedad, ella es lo que se ha convenido llamar “adolescente en situación de riesgo”.

Y de gran riesgo.

Yo la vi por el espejo cuando circulaba por la BR, en un atardecer muy caliente de finales de noviembre. Regresé a la salida y me detuve en el otro lado de la carretera, para testimoniar mejor su rutina y escribir este reportaje. Sin ser visto, seguí a Tatiana con tres amantes ocasionales.

El primero fue un hombre de unos 30 años, en un Golf oscuro, y se lo llevó detrás del matorral. Entonces regresa a la carretera para intentar un autostop hasta su “oficina”. El segundo era un viejo en un Monza que se caía a trozos, ídem. El tercero era un negro enorme, en una Kombi de carga, ídem de ídem.

Hice algunas preguntas a los vecinos. El guardia de la oficina de Carlão sabía el nombre y la dirección:

–Es Tatiana, la sobrina de Toinho, vive en una casa blanca en la cima del morro, pasando la amarilla, a la derecha del puesto telefónico.

Allí fui la mañana siguiente. El sol azotaba sin piedad desde las primeras horas. Un terreno baldío, un raquítico pie de guayabo, la casita blanca. La entrada por la cocina y en ella un sofá, seguro que recogido de la basura. ¡Uy!, ¡parece que hay un ser humano tumbado en el sofá!

Sí, era una de las abuelas de Tatiana. La señora vestía sólo un delantal, sin nada más. Balanceaba el cuerpo, con la mirada fija en una nevera estropeada, con la puerta abierta. Totalmente ida. Extendía la mano, no para saludar, pero como quien pide limosna. Repetía sin parar: “No cobro pensión, no cobro pensión”…

La cocina de la abuela da a una sala de paredes inmundas, pero lo bastante gruesas como para crear un ambiente fresco y silencioso, iluminado de forma bucólica por el sol que entra por las grietas del tejado.

Un estante tosco guarda todas las posesiones terrenales de Tatiana y su abuela loquita: latas con comida, cajas vacías, unas bermudas y una camiseta de Mickey. En la mesa hay una televisión de 14 pulgadas, sin antena, sin sonido y con niebla, donde se ve a Ana Maria Braga explicando una receta.

Y en el suelo de cemento, tumbada en un trozo de espuma y envuelta en una sábana azul hecha mortaja, duerme Tatiana. Aún viste el mismo pequeño short y la blusa de la noche anterior.

Cuando se despierta, no se extraña de ver a un desconocido en medio de la sala. Saluda, se sienta, se frota los ojos. Llega la otra abuela. Es una señora cuerda. Viene descalza, en harapos. Está más arrugada que la viejecita del Titanic. Es astuta. Quiere saber si la nietecita ganará dinero con este reportaje.

Tatiana se pone la mano en el bolsillo trasero del short, saca un billete de 20, lo entrega a la abuela astuta y, con suavidad, le ordena: «Tráeme pan y un refresco». La viejecita coge la pasta y se larga corriendo.

Retrato instantáneo del cuerpo entero. Tatiana es una mulata clara, alta. Bien cuidada, tendría cuerpo de maniquí. Está escuálida, esquelética, debe pesar como mucho 45 kilos, para poco más de 1m 70.

El rostro es ovalado, la nariz fina. Necesita ir al dentista con urgencia. Las manos son delicadas, los dedos largos, las uñas roídas. Las piernas tienen pelitos y muchas cicatrices pequeñas, parecen de un niño futbolero. Pies roñosos.

La abuela vuelve con el pan acertado y el refresco equivocado, ha traído light. Incluso así, gana algunas monedas del cambio. Es evidente que sabe que la niña se prostituye. Llega el momento de preguntar dónde están sus padres. Él se marchó cuando ella tenía siete años, parece que se murió. La madre está en los bosques, recogiendo leña; alguien informa de que ella también es de las del delantal.

El tío Toinho se asoma a la ventana de la sala y quiere intervenir en la conversación. Está inquieto, se muestra curioso, pregunta si la niña puede ganar dinerito con este reportaje. Empiezan a llegar vecinos, todos con la misma curiosidad, quieren saber si va a ganar algo.

Tatiana es el centro de las atenciones, pero tiene una mirada perdida. Muerde el pan de medio lado para evitar el dolor de una muela con caries. Con la boca llena empieza a contar su historia. Lo hace con un hilillo de voz, sin ninguna emoción, con desembarazo y sin ironías.

Cuenta que empezó a prostituirse a los 14 años. La inició doña Teresa, que vive allí abajo. «Dijo: “si quieres ganar dinero ven conmigo”, y yo fui». Teresa se la llevó a la carretera y le enseñó todo sobre el sexo oral, en vivo, con un cliente. «Era un camionero alemán». Del primero no se olvida.

Cabe destacar que al contar su vida se saltó la infancia y la familia. Entró directamente en el capítulo de la prostitución: «De antes recuerdo poca cosa», dice, como si su vida hubiera empezado aquel día con Teresa y el alemán.

Tatiana retoma el relato de forma cruel. Habla de un rosario de clientes y situaciones escabrosas. No, nunca se ha enamorado de nadie. Tuvo un novio, mucho mayor que ella, con quien perdió la virginidad a los 13 años, un recuerdo parido tras un gran esfuerzo.

No, nunca se ha quedado embarazada. No sabe nada de DST [1]. Sabe que algunos hombres usan gomita, pero para ella no hay ninguna diferencia. Ya le ofrecieron drogas, jura que no le gustó probarlas.

Cambiando de tema: no conoce el Estatuto da Criança e do Adolescente [2]. No sabe que el gobierno, la sociedad y la familia tienen obligaciones con gente como ella. Se encoge de hombros, le importa muy poco, acostumbrada a resolverlo todo solita.

En un momento de silencio de la niña vuelvo a echar un vistazo a la casa. Tatiana no tiene ninguna fotografía de su infancia, lo que quizás explique por qué no se acuerda de nada. No tiene móvil. Nunca ha entrado en internet, ni siquiera sabe lo es Orkut. Nunca ha leído un periódico, una revista y aún menos un libro.

Tatiana no parece nada presumida. No usa champú ni ninguna cremita. Nada de bisutería, ni de la barata. No tiene ropa de repuesto, a no ser las bermudas y la camiseta de Mickey, que combina siempre con las mismas sandalias blancas gastadas. Todo lo que tiene en este mundo es el dinero de la noche, 37 reales, y lo que sobra en la botella del refresco light.

Su única diversión es ver Malhação, cuando la televisión tiene un buen día, y sabe que cuando termina el programa llega la hora de irse allí abajo, porque los 37 reales se acaban.

Fue en el curro donde hizo sus dos únicas amigas, Mirela y Pati. Parece que ellas ya quisieron cambiar de vida, fueron al Lar das Meninas, una institución de la ciudad. No les gustó y regresaron a la BR. «Creo que no existe nada mejor que esto», afirma basándose en la experiencia de las amigas.

El tío Toinho, que estaba escuchando la conversación, parece que tiene un compromiso. Sin que nadie le haya preguntado, avisa de que se tiene que marchar. Llama a Tatiana a un rincón, le dice algo al oído, ella se mete la mano en el bolsillo trasero del pequeño short y le da un billete de cinco al granuja.

Le pregunto a Tatiana si no le gustaría cambiar de vida, estudiar, conseguir un trabajo, salir de allí, conocer el mundo. Sí, quiere. Con una sonrisa pícara me pide que me la lleve conmigo.

Es la hora de partir. El tío, la abuela cuerda, los vecinos que están en el patio asistiendo a la despedida, y ahora también la abuela pirada, todos me piden que haga algo por ella. En general lo que quieren es que me lleve a Tatiana conmigo.

Entro en mi coche. Ella se acerca a la ventanilla. Me vuelve a pedir que nos vayamos juntos. «A cualquier lugar». Sin embargo, la sonrisa pícara se ha fundido. Y aquella niña hasta entonces sin emociones se derrumba bajo el sol. Ahora es pura lágrima, en un ruego mudo de socorro.

Da pena no poder hacer nada.

Amablemente, pero con firmeza, le pido que se aparte del coche.

Inicio la marcha, desciendo el morro, no miro hacia atrás, entro en la maldita BR.

Adiós Tatiana, perdida para siempre.

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