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“De la cobardía”

manuel-fernc3a1ndez-cuestaPaseo el manojo de llaves -es como la bola de los antiguos condenados- y la cobardía moral del vigilante asalariado por los rincones de la oficina. La cobardía, pese a mis constantes empeños, no se borra. Ser cobarde, timorato y temeroso, como la sintaxis, es también una facultad (una impostura) del alma. Repaso distraído libros y papeles varios. El negocio del libro debe ser ruinoso, sospecho, pero mientras aporte -Bourdieu dixit- capital simbólico (capital cultural) y pueda ser usado como valor de cambio, existirá. Oigo hablar del libro electrónico (creación de nuevas necesidades, pequeñas tecnologías domésticas) y recuerdo que el papel encuadernado, casi el libro actual, lleva más de cinco siglos. Cierro los ojos y duermo. Me quemo los dedos (y me asusto) con un cigarrillo. Sobre la mesa de Península, vampiro de los despachos ajenos, voy y vengo, cruzo las horas nocturnas, leo un excelente artículo de André Schiffrin publicado en la edición española de Le Monde Diplomatique, octubre 2007. A su lado, para otro día, un libro del mismo (y famoso) editor: A political education. Coming of age in Paris and New York. Dos ciudades, dos formas de ver el mundo: farolas y neones. París era una fiesta (o casi) y en Nueva York reinaba la mafia. Sinatra cantaba en los clubs nocturnos ante risueños italo-americanos, Piaf cantaba donde podía. Un día de estos tiraré las llaves por el hueco del ascensor. Schiffrin era un niño que jugaba feliz con sus soldaditos -es la fotografía que aparece- y de repente, igual que llega la noche en el campo, aparecieron los nazis vestidos de gris, vestidos de verde, vestidos de negro, por los Campos Elíseos.