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Rebelión / Hotel Kafka

El socialismo no tendrá éxito en Venezuela, lo dice Vargas Llosa.

¿Por qué? Pues porque Venezuela tiene una tradición democrática y, claro, “estas prácticas democráticas calaron profundamente en la sociedad venezolana […] y el hábito de ejercitar la libertad no desapareció y los venezolanos no han renunciado a ella“.
Por eso Chávez no podrá subyugar a ese pueblo educado en la democracia.
Lo dice Vargas Llosa, que sitúa las prácticas democráticas entre 1958 (caída de la dictadura de Pérez Jiménez) y 1999 (Hugo Chávez). O sea, hablamos, por ejemplo, de Carlos Andrés Pérez (ese hombre honrado), de las revueltas de hambre, del Caracazo (cuando mandó al ejército a disparar contra la población), etc.
Todo esto ha forjado “ese espíritu independiente y librepensador aclimatado a lo largo de cuatro décadas de vida democrática“, que es un espíritu que lógicamente se rebela contra el yugo socialista.
Lógico y natural, nos ha merengao. Qué menos cabe esperar de espíritus independientes y muy librepensadores (sobre todo con el dinero público) como Carlos Andrés Pérez.
Por eso, el socialismo no triunfará.
¿Y Cuba?
Bueno, lo de Cuba es distinto, pero Vargas Llosa también nos lo aclara: “¿Quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene los días contados?”, nos dice.
Y eso, ¿por qué?
Bueno, Vargas Llosa lo prueba de forma concluyente. La prueba del nueve de la imposibilidad del socialismo.
Ahí va.
Se trata de lo que él llama una anécdota. Un amigo de un amigo, etc., lo de siempre.
Resulta que, en un taxi, en Caracas, el conductor era cubano y médico. Estaba feliz en Venezuela y, al final, le confesó al pasajero: “Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas”.
La conclusión de Vargas Llosa es que, “si después de medio siglo de revolución“, este taxista derrama lágrimas ante una botella de Coca-Cola, el socialismo tiene los días contados.
Formidable.
No sé a ti, pero a mí se me ha puesto toda la carne de gallina y a punto he estado de ponerme a sollozar junto con el taxista médico, librepensador y adicto a la Coca-Cola.
Al taxista llorón y al pasajero amigo de un amigo ya los conocemos. Son viejos amigos nuestros. Los hemos tratado durante años.
Son los mismos que han visto cocodrilos albinos en las alcantarillas de Manhattan. A la novia de un amigo de un amigo del pasajero del taxi, en un descampado, le dieron a elegir entre pellizo o pinchazo. Cuando eligió pellizco, le arrancaron un pezón con unas tenazas. El taxista lloriqueante se ha acostado en La Habana con mujeres jóvenes a cambio de unas simples medias de nylon. Es sabido que, en el Caribe, la gente joven se desvive por las medias, cuanto más abrigadas mejor. El padre del taxista tenía un amigo que, en Italia, ya entró con los americanos y follaba a cambio de dos paquetes de Lucky Strike. Ese pasajero del taxi ha estado en muchas carreteras, y ha recogido autoestopistas, y jura que es cierto lo que le pasó una vez.
-Tenga mucho cuidado con la siguiente curva: allí es donde me maté yo -le dijo una misteriosa mujer de pelo rubio que se había sentado en el asiento de atrás.
Pasada la curva, que es verdad que era muy peligrosa, la mujer rubia había desaparecido.
Más tarde pudo confirmar que, en esa misma curva, había habido hacía años un terrible accidente en el que falleció una pasajera rubia.
El taxista llorón y coca-colo tiene un primo de un cuñado que trabaja de noche en Urgencias en varios hospitales. Ha visto a casi cualquier famoso que le nombres ingresando a las cinco de la mañana con algo incrustado en el recto, que no se lo podían extraer.
A menudo se trataba, precisamente, de una botella de Coca-Cola. El taxista, su primo, su cuñado, los médicos de guardia y hasta las enfermeras, a la vista del preciado elixir, no podían contener las lágrimas.
Una sobrina de una amiga de la mujer del taxista fue al cine con su compañera de pupitre. Tenían once años. La sobrina fue al baño y la amiga vio que hablaba con un individuo de aspecto árabe, luego vio que se acercaba a una furgoneta.
¡Nunca más se supo!
-Trata de blancas -afirmó el Comisario con gesto lúgubre-. Lo vemos a diario. Esa chica ahora mismo ya estará en algún emirato, prisionera en un harén en mitad del desierto. Nunca la encontraremos. Mira que lo repetimos: ¡jamás hay que hablar con desconocidos!
En la casa tienen su foto colgada en el salón: una niña con trenzas y aparato dental. Ayer habría cumplido treinta y cinco. La amiga que se salvó, está casada y ya tiene una hija de once años: nunca la deja ir al cine.
Este artículo, “piedra de toque“, o pedrada, se publicó el domingo 24 de agosto.
El domingo pasado escribía Vargas otra de sus pedradas, ésta sobre Rusia y Georgia.
Aún no lo he leído, pero espero con impaciencia reencontrarme con Rasputín, el oso soviético, los apartamentos de diez metros cuadrados para ocho familias, el KGB y los sanatorios psiquiátricos para escritores.
Voy a disfrutar de nuevo como si tuviera diez años. Mejor que Julio Verne y Sven Hassel.
Este sorprendente giro de Vargas Llosa hacia el folclore popular, las leyendas urbanas, los bulos y el melodrama de teleserie, con su taxista que prorrumpe en llanto ante la botella de Coca-Cola, me parece fascinante.
Quizá estaba ya prefigurado en su (excelente) novela La tía Julia y el escribidor.
Marito, el aprendiz de Flaubert, al que también llaman Varguitas, por fin se ha convertido en Pedro Camacho, el escribidor de seriales folletinescos para la radio.

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