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Manuel Fernández-Cuesta

Elefantes progresistas

Aquí no hay formalidad. Está visto que si no lo hago yo, no lo hace nadie. Vuelvo después de unos días de descanso —por llamar de alguna forma convencional a las vacaciones en la playa mediterránea (niño ven que te ponga la crema; corre, Juan, que se enfría la paella), toda la mañana de rodillas, empapado penitente, arquitecto efímero de la tierra, ingeniero(s) del alma, por citar una gran novela— y me encuentro con este espacio vacío, sin actualizar desde mi última y furtiva anotación de finales de julio. Lo dicho, ni formalidad ni disciplina. Retomo con la boca pastosa (demasiado tabaco) la vida nocturna (sigo sin pistola, esto no tiene remedio) y claro, frente al hastío de las horas, recorro mesas y estanterías para enterarme de algo (como si me importara). Leo pruebas corregidas, con un pie en la imprenta, de Puntos de reflexión del lingüista norteamericano George Lakoff, Península, octubre. Lakoff, profesor en Berkeley (o tempora, o mores!) es uno de los sabios que, de vez en cuando, ilustra a Rodríguez Zapatero. Creo que es un trabajo inteligente y pícaro (lleno de trucos y magia blanca de la mercadotecnia) que devorarán los miembros del gotha mediático y político, igual que hicieron con su anterior No pienses en un elefante; una de esas referencias útiles y cultas (para ellos, socialdemócratas) que nadie quiere perderse. El libro, según parece, lleva una portada que denota inestable equilibrio: una bicicleta roja (si dejas de pedalear, te caes). Recuerdo bicicletas. Las del verano infantil llenas de barro y magulladuras y otras, altas y negras, elegantes caballos de acero con retrofreno, con las que daba largos paseos por Ámsterdam y Voorburg, tras la difuminada estela del judío errante.

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