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Cuando el Dos de Mayo de 1808 los madrileños se enfrentaron al francés en las calles de la capital del Reino no sólo dieron muestra de un heroísmo suicida, sino que, con su ejemplo, puesto por escrito por los alcaldes de Móstoles, prendió una mecha que pronto correría como la pólvora por toda España. En las cuatro esquinas de la Piel de Toro se armaron partidas ciudadanas, nutridas unas con unidades regulares de nuestro ejército en retirada, o surgidas del mismo pueblo y creadas, sobre todo, para hacer frente a los desmanes (robos de animales, de comida, de objetos de valor, de mujeres) y atropellos de las tropas imperiales.

No es la historia más conocida, es más, podría parecer olvidada al lado de mitos patrióticos como Agustina de Aragón, Bailén, El Tambor del Bruch, pero existió, y vaya que si existieron bravos gallegos que le dieron lo suyo a la gabachada. Como en la comarca lucense de Becerreá, donde en vista de cómo se estaba poniendo la cosa, el capitán general de la zona, Marqués de la Romana (también conocido por un apodo más festivo, De la Romería) publicó un edicto para que dos personas de cada pueblo se encargasen de crear retenes que vigilaran de cerca las tropelías de los franchutes, sedientos y hambrientos de casi todo. En una de esas aldeas perdidas de la zona, afiló su bayoneta Gabriel Fernández, uno de los «guerrilleiros mais glamurosos», vecino de Vilar de Ousón, que pasó a la Historia, al menos en su tierra y entre sus paisanos, como «O Terror dos Gabachos».

Gabriel y el resto del paisanaje se aplicaron concienzudamente a darle estopa a los franceses que estaban atrapados por la nieve en la zona del Puente de Cruzul, cerca de Lugo. Eran tropas que debían acudir en ayuda del mariscal Soult que se dirigía al encuentro de los ingleses que venían desde Portugal. Pero la tropa gala quedó empantanada por el general invierno (casi como en Rusia) y los guerrilleiros no perdieron el tiempo. Les zurraban la badana cuando podían, y cuando no, se escondían en lugares remotos (dentro de los árboles, por ejemplo), al tiempo que también ponían a buen recaudo (el propio Gabriel tenía un túnel en su casa) enseres, la matanza, y todo lo que les venía en gana. Pero cuando había pelea no se iban de vacío, y así fueron haciéndose con un botín compuesto por numerosas armas, por fusiles, cartillas militares, y hasta chafarotes, sables anchos de la caballería pesada que luego acabarían decorando un bar con ese nombre en Becerreá.

El meollo de la historia.

Y ahora llegamos al auténtico meollo de la historia. En una de sus «acciones», Gabriel Fernández obtuvo un botín cuando menos curioso, el diario de guerra del capitán Gerard, a la sazón cronista oficial de la campaña napoléonica en España. El diario empezaba en Burdeos en febrero de 1807 y concluía en Madrid el 6 de mayo de 1808. Tras ser requisado por el guerrillero en 1809, durante doscientos años ha dormido el sueño de los justos en un arcón de la casa de Fernando Gabriel Fernández y Fernández, la misma casa del legendario guerrilleiro en Vilar de Ousón, del que don Fernando es descendiente directo. Así que pasen dos siglos, hasta que los profesores José Luis Gárfer y Concha Fernández dan con él en sus pesquisas para la elaboración de su «Adiviñanceiro Popular Galego» (Ed. Xerais), nueva página de su maravilloso «Adivinancero y Acertijero Popular Español».

Valor incalculable.

«Sin duda -explica Gárfer- este diario añade un nuevo capítulo a la Guerra de la Independencia contra el invasor. El diario está escrito en francés militar muy claro, impactante, de pincelada impresionista, y consta de 126 páginas en perfecto estado de conservación, manuscritas con cuidada y deliciosa caligrafía. En él se da cuenta con emoción y apasionamiento de cada momento de la contienda, se escribe sobre consejos de guerra, sobre acciones bélicas, hay referencias a la guerra en Europa, sobre estrategias militares, sobre órdenes del día… lo que nos sitúa ante un documento de valor histórico incalculable». Fernando Gabriel también posee el edicto del Marqués de la Romana antes mencionado, y por cuyo mandato su antecesor se echó al monte y al cuello de la francesada. «Además -continúa el profesor Gárfer-, es el diario oficial no de un soldado raso, sino de un cronista designado por el alto mando». Así se escribió la Historia, en Galicia, y hace doscientos años.

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