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Rebelión / Público

No tenía mucho interés en ver la inauguración de los Juegos Olímpicos, pero ahora sí que lo haré, por el morbo de presenciar el momento en que, en plena ceremonia, llega la guardia civil al estadio y detiene a los ministros chinos encausados por el juez Pedraz, entre los aplausos de los muchos dirigentes mundiales presentes, todos procedentes de países escrupulosamente democráticos.

La oportunista acción de la Audiencia Nacional, a pocas horas de la apertura de los Juegos, es el último paso en la aplicación de la consigna del año: leña al chino. Desde hace meses recibimos todo tipo de mensajes negativos sobre el anfitrión olímpico: es una dictadura brutal, aplasta a los monjes tibetanos, amordaza a propios y extraños. También sabemos que tienen el aire tan contaminado que peligra la salud de nuestros campeones, que los chinos son maleducados y escupen al suelo, además de ser gregarios y sumisos, y que el enorme dispositivo de seguridad no es, como en otras olimpiadas, para proteger a los participantes e instalaciones y evitar atentados, sino para que nadie coloque pancartas.

Con los chinos siempre nos hemos relacionado desde el temor y la ignorancia. No sabemos nada de ellos, y por eso nos dan miedo. No somos capaces de distinguir un chino de un vietnamita, y nuestro desconocimiento de su historia, cultura y sistema de valores es absoluto. (…)

Leña al chino, sí, pero sabiendo que es de goma, sabiendo que no le pegamos de verdad, que son golpes simulados, porque más allá de las palabras bonitas nadie va a revisar las relaciones comerciales con China, ni los consumidores occidentales vamos a dejar de comprar las manufacturas chinas que nos permiten llegar a fin de mes. Entre tanta cobertura mediática, echo de menos informaciones de fondo que nos expliquen China. Si tenemos que odiarlos, conozcámoslos primero.

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