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El Clarín de Chile

Entrantes: Un suculento desfile de promesas vacías y palabras huecas cubiertas de una fina capa de la más pura y exquisita hipocresía. Maíz relleno de un modestísimo caviar. Salmón ahumado y erizo de mar, sacado del agua por niños hambrientos sonrientes. Tartaleta de cebolla y bulbos de azucena y ajedrea.
Primer plato: Las esperanzas de futuro, rellenas con esponjosos informes catastróficos. Ternera de Kioto, la más cara del mundo, cubierta con miradas de las familias hambrientas de Somalia y bañada en algas y condimentada con espárragos y salsa de sésamo, tacos de atún con aguacate, salsa de soja y shiso, sopa de almejas, congrio con azucenas y vinagreta de soja, langostinos, rollitos de anguila a la plancha envueltos en bardana, boniatos, gobio frito en aceite de soja, y rociado con lágrimas de miles de seres humanos.

Entreplato: Revuelto de estadísticas sobre el cambio climático, condimentada con los comentarios jocosos de Berlusconi. También sopa de mariscos. Ensalada de lobys.

Segundo plato: Acuerdos sobre el Co2 con una fuerte salsa de mentira clásica. También pescado del Pacífico a la plancha con vinagreta de pimienta, rodeado con la piel de 800 millones de muertos seleccionados cuidadosamente entre la más estricta pobreza.

Tercer plato: Cordero inocente, relleno con el alma de 11 millones de niños que mueren de hambre cada año, hierbas aromáticas, trufas negras y salsa de piñones. Ensalada de derechos humanos con salsa china.

Postre: Los sucesivos precios del barril de crudo, al alza, con un verde y aromático tinte de beneficios bancarios desmesurados. También, protestas callejeras variadas contra la cumbre, agridulces, tabla de quesos con miel de lavanda y frutos secos y degustación Fantasía del G-8. Galletas de ONG.

Café y dulces rellenos de fruta. (ninguna lanzada en las protestas)
Ningún transgénico. ¿Alguien bendijo la mesa?
Se lo comieron todo. ¡Tenían hambre, los pobres!
El vino: sangre de guerra, cosecha del… ¿qué guerra fue la mejor? ¿Será Lacrima Chriti?

Hablan los poderosos con la boca llena, llena de manjares, de promesas absurdas, de risas insultantes. Llenan sus bolsillos a dos manos, mientras vacían nuestra despensa, nuestras cuentas bancarias, nuestras ilusiones. Hablan con la boca llena, pero no dicen nada. Nunca dicen nada.

El banquete del G8 es sin duda el banquete más horrible y obsceno de la historia. Sabor a desprecio, a lujuria, ambición sin límites. Banquete amargo de reyes, ante la mirada atónita de millones de niños que mueren, mujeres y hombres que mueren… cada segundo, a cada cubierto. Ha sido un insulto no solo para los millones de hambrientos de este planeta, si no para todo aquel que se considere ser humano. Ha sido un insulto a la humanidad entera. ¿Y por qué lo hacen? Porque pueden. Las protestas no llegan ya a las alturas en las que viven. Las críticas no les quitan el hambre, ni les quitan el sueño. Ya no. Entre tanta orgía culinaria han devorado su propia alma sin darse cuenta.

El banquete es sin duda la prueba de que en realidad estos poderosos solo quieren eso, comer como reyes sin que les importe el resto de los mortales. Se comen nuestra alegría, se comen la verdad, devoran religiones y pensamientos, ideales y consignas. Se comen las libertades como si fueran alitas de pollo. Alas que deberían ser de libertad. La paloma de la paz es un adorno grotesco en el centro de la mesa y sus muslitos, raquíticos, solo alimentan el ego. Se comen nuestras ganas por un mundo mejor, nuestra lucha diaria, nuestros salarios… como si fueran eso, platos en un inmenso banquete. Se comen el mundo. Nuestro mundo.

Ninguno se levantó de la mesa y se negó a comer. Ninguno consideró aquello una insolencia. Nadie lo vio inapropiado. Ningún líder, de los que gobiernan el mundo, dejó el cubierto en su sitio ni trató de convencer a nadie para que mostrara al mundo su rechazo.

Son tan tontos, que ninguno ha calculado la cantidad de votos que hubiera ganado de haberlo hecho. El mundo entero hubiera apoyado como a un héroe, a cualquiera de los G8 que se hubiera negado a comer, que hubiera tenido si quiera un gesto, una palabra para los hambrientos. Seguramente aluno se levantó para vomitar y poder seguir comiendo. Saciados hasta el límite y más allá. Hambre de manjares, de posesiones, de poder… y vomitan poder para repetir trono una y otra y otra vez. ¿Y estos son los que iban a juzgar o castigar a Mugabe? ¿Son ellos los que quieren controlar la justicia del tribunal internacional? Me pregunto cuántos de estos poderosos llevan crucifijo. Cuántos se atreven a ir a misa. Pero ¡qué estoy diciendo, si el Papa come así todos los días! Seguro que alguno se robó los cubiertos y los ceniceros.

El G8 ha perdido toda credibilidad, toda legitimidad moral. Ha perdido el norte, aunque el sur hace tiempo que lo tienen olvidado. ¿Cuánta gente más debe morir de hambre para poder seguir poniendo la mesa y el mantel a estos poderosos? ¿Cuántos niños deben sufrir para que estos señores, amos del mundo, puedan seguir comiendo de esta manera? ¿Cuánta sangre más debe derramarse? Cuántos ríos de tinta deben denunciar lo mismo, una y otra vez… sin resultado.

Reto a cualquiera de los líderes del G8, a que vaya en persona a visitar a alguna familia de las que mueren de hambre, una cualquiera, y le explique la razón de este banquete. Reto a cualquiera de ellos a que se atrevan a ir con esa gente, simplemente a contarles qué comieron esa tarde, mirándoles a los ojos.

Este banquete ha desenmascarado al poder. Lo peor del caso es que el rostro terrible e inhumano que hemos visto tras la máscara, ya no nos asusta. Y mientras el mundo entero se come la noticia de este banquete repugnante, ellos hacen la digestión con una sonrisa de placer. Sonríen satisfechos.

Me pregunto quién les ha puesto en el poder.

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