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Manuel Fernández-Cuesta

Historia de amor

Resulta que a las personas comunes (aquellas cuya vida gira alrededor del sol del trabajo, como escribió Marx) también nos ocurren hechos de apariencia novelesca. Utilizo la palabra «novelesca» sabiendo que, en la actual narrativa española y en cualquiera de sus lenguas y territorios, prima —salvo excepciones— la banalidad y la trepidante acción (modelo teleserie norteamericana) o por mejor decir, lo sensible-sentimental frente a lo real-material, con un tipo de discurso circular y vacío que, lejos de aportar una idea sobre el mundo, un punto de vista, malvive entre personajes trasparentes y conversaciones —de apariencia trascendente— que sólo encierran juegos del ego mercantil (intercambio de emociones o consumo emocional) y tramas rocambolescas (el vizconde Ponson du Terrail y su héroe Rocambole marcando estilo desde el XIX). Ocurrió hace dos noches. Andaba distraído leyendo el desgarrador Olivier Adam y su A la intemperie (El Aleph, 2008), cuando un ruido, algo metálico contra el muro de cristal, me sobresaltó. Una joven y guapa mujer (omitiré descripciones) me miraba con atención. En su mano, el mismo libro. Nuestras miradas se cruzaron con cálida intensidad. Sentí pena y curiosidad. Eran cerca de las tres de la madrugada y su maquillaje denotaba batalla. De no haber sido uno custodio responsable, vigía de occidente menor y asalariado, hubiera salido a su encuentro. Bajé la vista. Volvió el repiqueteo en el cristal. Juana, barrendera del turno de noche, me ofrecía una cerveza. Acepté, claro, pues no es de caballeros (aunque desarmados) rechazar la invitación de una dama nocturna.

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