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Manuel de la Fuente / ABC
Que Stan Lauryssens es un tipo listo no deja lugar a dudas. Que escribe novelas policiacas que se llevan algún premio, tampoco. Trabajar, lo que el común de los mortales entendemos por trabajar, tampoco parece practicarlo mucho. O sí, según se mire. Porque estar a los 22 años en «una cámara frigorífica haciendo agujeros en ruedas de queso emmental», y apenas una década después con tanto dinero que necesitaba guardarlo en el frigorífico tampoco lo consigue cualquiera.
Como maestro tuvo a un periodista que en un despacho de Amberes se inventaba entrevistas con los astros de Hollywood, a partir de números atrasados del Variety y Hollywood Reporter. Tal vez no era la mejor credencial para sacudir con un libro una figura como la de Dalí, del que descubrió que «vendía mucho más que las superestrellas». Ahí empezó todo, y luego firmó un contrato con una inversora para vender a los «más ricos las mejores obras de arte disponibles».
Lauryssens tenía sólo dos manos (menos mal, dirán algunos), con una metía la pasta en el congelador, y la otra era la mano amiga: «Los clientes hacían cola desesperados por librarse de su dinero negro».
Su amor por Dalí lo resume: «Yo lo había apostado todo a Dalí, pero no se moría ni a tiros». Las obras vendidas no se revalorizaban. Fue retenido dos veces, una en Francia y otra en Los Ángeles, por el FBI. Siguieron episodios propios del Padrino. Después de un breve arresto, vino a España, «íntimo» del círculo de Dalí, asegura. Hace falsificaciones caseras delante de su hijastro. Cree que «las bellas artes valen lo que un tonto quiera pagar por ellas».
Finalmente la Guardia Civil le informa de que está en busca y captura. Los cargos: apropiación indebida de fondos, tráfico de obras de arte falsificadas y fraudulentas, fraude postal, falsificación de obra artística en EE.UU. y Europa. Por un indulto real de Bélgica nunca cumplió su condena.

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