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María Toledano

Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo. Así arrancaba José Saramago un breve artículo publicado -cómo no- en EL País el pasado 14 de abril. En este texto, el escritor portugués afincado/exiliado (sic) en Lanzarote, uno de los iconos de la izquierda moral -si acaso existe tal cosa-, fijaba su posición respecto a los últimos acontecimientos ocurridos en la isla caribeña. El autor de El año de la muerte de Ricardo Reis y otros libros de interés que le valieron el premio Nobel, expresaba en ese brillante texto una digna posición de conciencia.Ignoro si el insigne escritor conoce la expresión la conciencia era verde y se la comió un burro. La voz interior, esa que algunos escuchan apoyando el mentón contra la palma de la mano resuena, en ocasiones, como canto de sirena. Y es sabido que si uno se deja llevar por la música celestial que emana del yo -ése pronombre cuyo uso deploraba W. Benjamin-, acaba estrellándose en un acantilado. De ahí a la vida íntima y al recogimiento que produce el pensamiento profundo, media un paso. Esta visto que eso de tener conciencia y exhibirla con gallardía -un lujo al alcance de algunos privilegiados con salarios garantizados- debe ser asunto moral de mucho fundamento. Disentir es un acto irrenunciable de conciencia, apunta José Saramago. Aunque más parece, en este caso, que don José ha tenido un desliz de conciencia, unas ligeras fiebres individualistas: el ego, ese señor tan serio de terno gris.

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