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Manuel Fernández-Cuesta

Feriantes sin cabra

Estamos todo el día celebrando. El caso es festejar, gastar los cuatro cuartos que nos quedan y mirar hacia otro lado. Vivimos en ese magma que los sociólogos, cualificados inventores de términos, llaman «cultura del acontecimiento». La enumeración puede ser arbitraria —y lo es— pero no me resisto vista la disparidad: la fiesta de la bicicleta, la apoteosis de la democracia de mercado (las elecciones), la Gay Pride y la Tomatina de Buñol, una exposición de Vermeer o Poussin (con los ancianos haciendo cola, sentados en sillas de playa), el día de la mujer trabajadora y el día mundial contra el tabaco o la esclerosis múltiple, la Copa América (y el Bribón IV) y la Eurocopa y las Olimpíadas y Carlinhos Brown y la «Samba pa Dios» y las Noches culturales en Blanco y la apertura, con pasarela incluida, de un nuevo Guggenheim y los mercadillos gastronómicos medievales con el charcutero y señora disfrazados de Calixto y Melibea. En la época gris (horror, parezco Tolkien), había menos neones y recitábamos letanías. «Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión». Estas semanas, por Madrid, anda el sector cultural revuelto con la Feria del Libro: que si la alegría de la lectura, que si los libros al alcance de todos, que si el contacto directo (y comercial) de los autores (productores) con los lectores (consumidores). A las cabras, animal social, afectuoso y literario, les gusta el papel. Antes era normal su presencia urbana. Acompañaban a los artistas callejeros y al mono recaudador. A Berlusconi, padre padrone de las Mamachichos, no le gustan los gitanos, los monos guardan silencio para que no se les obligue a trabajar y las cabras —incluida la viril legionaria— andan secuestradas, de almacén en almacén, masticando devoluciones. Schlechte Zeit für Lyrik.

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