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Manuel Fernández-Cuesta

Langostinos y lentejas

Sin revolver ni machete, planchado el uniforme azul, llevo ya varios meses de custodio de noche —ay, Cavani, qué mayores nos hemos hecho desde aquel 1973— y me siento cómodo. Es lo que tiene la rutina: embriaga. Leo libros antes de que asomen sus fresadas vergüenzas por librerías y centros comerciales (nuestros coloridos campos de consumo y concentración), veo portadas impresas en papel, escucho —de buena mañana, cambio de guardia— conversaciones curiosas (cargadas de aparente talento y vanidad) y tengo una cafetera a mi disposición (con tazas de loza). Además, si me quedo dormido, ocurre cuando ceno demasiado, despierto sin sobresalto, sosegado, ya que el robo (o hurto, depende) parece actividad ajena a estas instalaciones. Ya nadie roba libros —era una de mis actividades favoritas— y sospecho que ni los estudiantes se apuntan. ¿Quién necesita leer? ¿Para qué? ¿Cómo voy a esconder bajo la gabardina, con disimulo, 1300 páginas en tapa dura? ¿Tienes —decía Mae West— una pistola en el bolsillo o es que te alegras de verme? Hablan de Bolonia (uno de los antiguos feudos electorales del PCI) y de la reforma de la educación superior: una adecuación del conocimiento, por decir así, al (libre) mercado. Vuelve —nunca se ha ido del todo— Millán Astray: «muera la inteligencia». La tecnocracia ha transformado nuestra forma de ver el mundo: del Storytelling a la mercadotecnia de las emociones. Recuerdo una frase de una amiga que trabaja —promoción e imagen— en el gremio libresco. Cito de memoria: «La cantidad de langostinos que hay que comerse para llevar a casa un plato de lentejas». Regalo otra: «el infierno es un cóctel permanente». Alterno párrafos del vecchio Ingrao (Península) con Primo Levi (El Aleph). Mejor me duermo.

 

 

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