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Manuel de la Fuente / ABC

Antes de darse de bruces con Carvalho y luego en las horas más o menos libres que el personal e intransferible detective le dejaba Manuel Vázquez Montalbán fue construyendo una obra poética ajena a las modas y los modos de su generación, aunque en sus inicios habitara entre los nueve novísimos de Castellet.

Entre plato y plato de fideuá a la tailandesa y desaforados cánticos («Tot el camp és un clam, som la gent blaugrana, Barça , Barça, Baaarça») este barcelonés al que le gustaba definirse como «periodista, novelista, poeta, ensayista, antólogo, prologuista, humorista, crítico, gastrónomo, culé y prolífico en general» publicó poemarios, sin prisa pero sin pausa y con bastante tino poético.

Obras como «Una educación sentimental», «Movimientos sin éxito», «Coplas a la muerte de mi tía Daniela», «A la sombra de las muchachas sin flor» y «Praga», que fueron recogidas en «Memoria y deseo» (Seix Barral, 1986).

Ahora, la Editorial Península recupera «Memoria y deseo. Poesía completa 1963-2003» en una edición que ayer fue presentada por el escritor y crítico Manuel Rico y el editor José María Castellet, en un acto que se cerró con una lectura de la obra de Montalbán en la voz del actor Juan Echanove. La nueva edición integra ya «Ciudad», su antepenúltimo título, y ofrece dos inéditos: «Construcción y deconstrucción de una teoría de la almendra de Proust complementaria de la construcción y deconstrucción de una teoría de la magdalena de Benet Rossell» (desde luego también era un cachondo) y «Rosebud».

Manuel Rico resaltó el hecho extraño o, por lo menos curioso, de que mucha gente (incluidas unas cuantas intelligentsias) desconoce la faceta de vate de Montalbán, y subrayó igualmente que Manuel Vázquez Montalbán siempre trabajara para «mantener la proteína crítica de la poesía», un poesía que, según Rico, es un apasionante «cruce Espriú, la Piquer y Eliot, Blas de Otero, Gil de Biedma, Françoise Hardy y los pacientes del ambulatorio», una poesía siempre dispuesta a «arañar la piel de la memoria». Por su parte, José María Castellet recordó diversas anécdotas del escritor barcelonés, y apuntó que «la poesía era su refugio y era lo verdaderamente auténtico para él».

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