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Manuel Fernández-Cuesta

De gatos y rosas

La literatura y el ensayo (antiguas actividades intelectuales destinadas hoy en día a la fabricación y distribución industrial de best-sellers con aspecto de novela -ay, el folletín decimonónico- y libros varios de non-fiction, no queremos profundizar en nuestras “zonas de mejora” ni dejar de fumar cada quincena), me han atacado con alevosía, doble nocturno de tela, en forma de traicionera y pesada caja de libros. Como al gato -todos los gatos (las rosas) son el gato (la rosa), al decir de los modernii, aquellos valientes seguidores del maestro de Ockham- la curiosidad me ha postrado. Fue hace ya unas semanas, estando, cómo no, de ronda nocturna. Quise mirar -locus ille silentiis- en las tinieblas exteriores (y más allá) que se vislumbran tras las cajas recubiertas de polvo. A modo de Harrijasotzaile de Leitza en funciones custodias, levanté la carga con un esfuerzo que mi espalda juzgó extraordinario. Entre el peso del papel y la (falsa) tensión de la noche electoral, mi rígida anatomía crujió. El resto es silencio, Shakespeare dixit; silencio, reposo, malaleche (habitual) e iboprufeno. Soy consciente de que nadie me habrá echado de menos y no pido disculpas por este prolongado silencio, costumbre extendida entre articulistas varios que justifican sus ausencias pensando, entre la vanidad y la inocencia, que nos importa. Dicho esto, retomo el asunto donde lo dejé, es decir, en ningún sitio concreto, mientras paso páginas con deleite del excelente libro -las grandes novelas existen todavía, sólo hay que saber buscarlas- de Bernard Malamud (1914-1986), El dependiente (1957), que El Aleph publicó en septiembre de 2007, el mismo mes que, el destino nos proteja de la superstición, empecé a vigilar, sin pistola ni arma disuasoria alguna, los pasillos y salas de esta editorial.

 

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