Etiquetas

, , ,

Manuel de la Fuente (ABC)

Más que en la comidilla, Agustín Fernández Mallo, físico, novelista y «pospoeta», se ha convertido en la merendilla de todos los cenáculos literarios, en el hacker de la nueva narrativa española, al que se persigue por el ciberespacio del Parnaso tras la rebelión de los píxeles. Fernández Mallo es la rebanada más popular de lo que se ha denominado «generación Nocilla», que no es tanto un cacao como la apuesta de una serie de novelistas por escribir como si rodaran planos de un corto, como si le pusieran letra a una melodía de Radiohead, o salvando (al menos por ahora) las distancias, como si le pusieran al coronel Aureliano Buendía a escribir e-mail desesperados y repletos de ardor guerrero desde el corazón de Macondo.

La primera ración de crema de cacao con avellanas literaria la sirvió Fernández Mallo con «Nocilla Dream», que acaba de dar paso a la segunda entrega de la saga: «Nocilla Experience» (Alfaguara), poblada de seres marginales (¿también marginados?), cuyas desvalidas experiencias se desparraman por estas páginas. Seres cuyas solitarias peripecias se articulan en cortísimos capítulos de apenas una página, pero que son auténticos disparos creativos que dan entre los ojos del lector. «No es algo pensado. Quizá sea así porque vengo de la poesía y en ella se tiende a la síntesis, pero en realidad surge de una manera natural». Y tan natural, porque Fernández Mallo no se pone «trascendente» ni cuando habla ni cuando escribe. Se pone, más bien, como una moto.

Pero no entra en trance ni suda la camiseta novelística más de lo necesario. «Desde luego, no sufro al escribir. Por un lado trabajo seriamente, pero también necesito que la escritura me emocione lúdicamente. La poesía requiere más violencia contra uno mismo que la narrativa, tienes que ir arrancándote cosas, pero desde luego sufrir, pues no».

El cine (el de arte, pero también el de ensayo) y el pop son otras de las coordenadas sobre las que el novelista extiende su mapa. «La gente de mi generación creció con el medio audiovisual. No podría dar un referente, una influencia novelística, pero respecto al cine y la música podría dar cientos».

Quizá, a alguien la novela de Agustín Fernández Mallo pudiera parecerle el vaso de una batidora al que el autor va añadiendo ingredientes que a priori no pegan ni con cola, pero que luego la minipimer de su cabeza consigue convertir en una salsa muy cuajada. «Si mezclo tantos elementos es porque tienen algo en común en un nivel poético. La música, la ciencia, el cine… puede relacionarse en un paisaje poético».

La física, su profesión, también aporta sustancia a la novela. «No hay que olvidar que la poesía y la ciencia comparten algo: quieren expresar lo máximo con el menor número de elementos a través de un poema o una ecuación matemática». Por supuesto, la química también se lleva su parte. Porque «Nocilla experience» puede tener algo de experimento, pero nada de gaseosa: «Para mí, la alta y la baja cultura hoy en día están absolutamente fusionadas. Uno puede ser catedrático de literatura comparada pero al mismo tiempo ver la serie más tonta de la tele».

Nocilla, sí, qué merendilla. Pero tampoco es cuestión de que la popular crema finiquite aquel tiempo de cafelitos y copazos de chinchón en el Gijón. «La cazalla y el cafelito pueden estar fenomenal si los libros que escribieron quienes se los bebían aún perduran, porque fueron innovadores, fueron los nocilleros de entonces».

Anuncios