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Manuel Fernández-Cuesta

Los libros -buenos o malos, ¿quién es el valiente que distingue calidad en este mercado líquido?- están decorados de erratas. Se esconden sigilosas entre las palabras, al final de los párrafos, en medio de ninguna parte. Cuando aparecen, de repente, saltan ante el espejo de la mirada como una espinilla en el rostro de los adolescentes. Primero viene la sorpresa, luego la indignación, después la indiferencia. Las erratas son pinceladas equivocadas en un cuadro impresionista, la nota falsa y estridente en una escala. Los textos se revisan y revisan y revisan pero las erratas (no son errores) son astutas, se cuelan por cualquier rendija, y nos recuerdan lo efímero (fugaz igual que la belleza maldita de la que hablaba Tomás el Aquinate) del éxito. Precariedad laboral y errata -el accidente laboral, sin resultado muerte, de los impresores- son términos que corren de la mano en estos tiempos mercantiles. Ocurre también en los periódicos. El proceso de producción tiene, cada vez, menos controles de calidad, filtros en los cuales deberían atraparse las erratas. Recuerdo al poeta Novalis y al filósofo Mario Bunge: las teorías son redes, sólo quien lance pescará. En una papelera encuentro una carta arrugada. Una puntillosa lectora de un pueblo de Almería, un lugar anegado por el imparable mar de plástico, se queja con amargura de las torpezas descubiertas en un libro nuevo. Su tono tiene algo de rabieta infantil. Propone que le cambien el libro por otro. Si fuera responsable del negocio le mandaría, correo urgente, un libro en blanco para que, con su sagaz pensamiento, localizara sus propias erratas. Y extra bonus, las 1.900 páginas de la biografía de Hitler de Ian Kershaw. Así podría distraerse cazando letras torcidas con un cañón Flack del calibre 88.

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