Archivos para la Categoría 'Manuel de la Fuente'

09
Dic
09

“Arizona Baby, forajidos de leyenda” por Manuel de la Fuente

ABC
Son venenosos como la cuchillada de una cascabel. Galopan desde la estepa castellana a los desiertos del estado al que le han birlado el nombre. Son la cara más indómita y salvaje del nuevo pop español. Hablan poco, pero sus canciones escupen fuego.

Si se cruzan con ellos, no pregunten y echen mano al revólver. De no haberla palmado, Sam Peckinpah les habría puesto en nómina porque son un grupo salvaje. Cuando llegan al pueblo, el único que se frota las manos es el enterrador.
Son tipos capaces de todo (hasta de formar una banda con dos acústicas y un poco de percusión) por ganarse un jornal y echar un trago (¡ojo, no pagan por las chicas!). Tipos a los que no importa dormir a la intemperie rodeados de serpientes de cascabel.
Forajidos camino de la leyenda, su última fechoría ha sido birlarle el nombre del grupo a los Hermanos Coen. Porque se hacen llamar, más allá del Pecos, más allá de Wichita, Arizona Baby. Tipos de pocas palabras y mucha acción. La acción que nutre con sangre de fuego «Second to none», su nuevo disco. Diez muescas más en su winchester.
Gente de feIncluso, a su manera, son gente de fe. Que a su portada han traído a Sor María Jesús de Ágreda, la Dama Azul, aquella monja soriana del siglo XVII con el don de la bilocación, que se saltaba el Charco a lomos de la fe para evangelizar pieles rojas. ¿Rock acústico? Sí, pero que suena como la tormenta en el desierto, como las gotas de lluvia sobre Mojave.
¿Nacidos en OK Corral? Quiá, más bien en las cercanías de Pucela, aunque parezca que la sangre de Doc Holliday, Wyatt Herp y los demás corra por sus venas. «Escuchamos música desde que éramos unos chavalines de instituto -explican los outsiders-. Primero, enganchándonos a los grupos de rock del momento y luego profundizando en las influencias de estos grupos… en pocas palabras, de Nirvana a Robert Johnson pasando por Black Sabbath o Bob Dylan».
Que sean jinetes pálidos y fuera de la ley no impide que se aprieten a las nuevas tecnologías como a la silla de montar: «Son herramientas muy útiles. Para los grupos de la escena alternativa estos medios son la forma de recuperar la filosofía del «hazlo tú mismo» (do it yourself) que, por ejemplo, exhibían los grupos punk en sus comienzos».
«Hola padre, hola mami, hola cariño, hola hijo, sé que ha pasado una eternidad desde la última vez que os vi a todos. Pero a menudo siento el instinto de huir al galope y demostrar que soy un incomprendido». Ni Clint Eastwood lo diría mejor, ni Clint, ni Gram Parsons, ni Mitchum en «La noche del cazador», los buitres buscando la zampa, las ciudades del pecado, los coyotes aullándole a la Luna, y no la de Valencia, precisamente. «Sí, somos muy mitómanos. Hemos tratado de conectar ciertos aspectos de nuestra cultura original con la cultura que hemos mamado en discos, libros, películas, viajes… Siempre hay dónde inspirarse si se sabe buscar».
Cuando apuramos el penúltimo bourbon la pregunta se hace inevitable. ¿Son tan duros como aparentan o unos forajidos de gran corazón?: «Cualquiera que se sienta un “forajido” ahí fuera podrá refugiarse siempre en nuestro peculiar estado de Arizona». Nunca debiste cruzar el Mississippi, forastero, ahora los Arizona Baby han puesto precio a tu cabeza.

23
Sep
09

“Los felices 60 de Bruce Springsteen” por Manuel de la Fuente

Manuel de la Fuente (ABC)

Tal día como hoy de 1949, Bruce Frederick Joseph Springsteen Zirilli nacía para correr y convertirse en el cachas del rock and roll. Hace una semana lo celebró cantando a pleno pulmón e ironía el «(I can’t get no) Satisfaction» de los Stones.
En una humilde cocina de Nueva Jersey, Douglas Springsteen apura otra cerveza, la amarga espuma de los días de un parado. El chirrido de una guitarra se le mete entre ceja y ceja. Desde que vio al tal Elvis en la tele, Bruce, su hijo, ha enloquecido. Cuando el 23 de septiembre de 1949 Bruce llegó a este valle de lágrimas, Douglas pensó que sería carne de cañón, el empleado del mes del burger de la esquina. Pero el chaval tiene un sueño: ser una estrella de rock and roll. Un día, alguien ve en él al nuevo Dylan. Verborrea dylaniana no le falta. Y le pone música en sus primeros y torrenciales dos discos: Greetings from Asbury Park y The wild, the innocent… Rock correoso. La chupa de cuero le gana el pulso a los pantalones campana, y Bruce se convierte en el molotov del rock con Born to run, un credo laico de chicas, coches y huidas hacia adelante: «Nena, hemos nacido para correr». América está oscura, y el chaval se hace un hombre, un tipo que cree en la tierra prometida, que se ha atiborrado de uvas de la ira y las vomita en Darkness on the edge of town. No hay reloj que pueda marcar las horas de sus conciertos maratonianos. Ni termómetro que pueda medir la temperatura musical del apabullante The river, y luego Nebraska, otro viaje al corazón de las tinieblas yanquis.

bruce-springsteenFoto: max

Envuelto en barras y estrellas, el camionero vuelve a escupir verdades como puños en Born in the USA. Ya es El Jefe, y se echa novia, y se casa, y se mete hasta las cachas en el Tunnel of love. El paso del tiempo, un brillante disfraz, es su estribillo. De vuelta de la fama, mirando hacia atrás con ira, se encuentra con El fantasma de Tom Joad, el de Steinbeck. Caen las Torres Gemelas y de sus cenizas renace un gigantesco ave fénix: The rising. El polvo y el diablo fluyen por las venas del desolador Devils and dust. Después, dónde ir a buscar. En el baúl de los abuelos como Pete Seeger. Bruce lo borda en sus Sessions, pura pradera en llamas. Pero vuelve al redil «pop» toda la cara: en Magic guiñándole un ojo a la chicas de cualquier verano, en Working on a dream sacando a bailar a Obama, la política hecha soul. El círculo se cierra. Y Bruce tira la llave hace una semana cantando en Carolina del Sur el Satisfaction de los Rolling. Como aquel quinceañero de Freehold. Yo lo tengo claro: ¡Felicidades, Jefe!

16
Sep
09

“Aquel Pozuelo” de Manuel de la Fuente

ABC

Dijo el poeta que la patria del hombre es su infancia. Tal vez por eso uno tiene la patria dividida. Aquella patria invernal de la Plaza de Oriente y sus estanques helados y aquella patria estival en Pozuelo, una patria de árboles y bicicletas que, por supuesto, eran para el verano. En 1927, gracias a la lotería mis abuelos compraron allí un terrenito, entre los conejos y los chopos, una casita a la que, fetenes como eran, llamaron La Paloma. Los tiempos de aquellos años 30 venían cargados de sangre, pero en aquel jardín compartían un café y un trago del botijo los obreros del ferrocarril, los picapedreros de la carretera de La Coruña, y la pareja de la Guardia Civil, caminera, por supuesto. Nos partió un rayo y la guerra convirtió Pozuelo en una pradera en llamas. Llegó Brunete, y los milicianos de Modesto, Líster y El Campesino pasaban por allí camino de la carnicería de Quijorna. Pero nunca nadie mancilló la imagen de la Virgen en nuestra puerta. Y llegaron los 50, y los 60. En Semana Santa y en verano, a Pozuelo que nos íbamos con los bártulos en la baca del 1.500. Pozuelo era la libertad, Merck y Ocaña en las chapas, las cabañas, el pan con membrillo, las excursiones hasta el búnker que recordaba la matanza, las vacas de la Priégola y su leche recién ordeñada en la merienda, las balas, los casquillos… Pozuelo fue un suspiro, fue aquel primer beso, moderadamente robado, en la arboleda (ahora casi perdida) de la Fuente de la Salud, y tu nombre y el mío trenzados a navaja sobre un enorme corazón en un castaño. Aquel Pozuelo murió y sólo ocupa un lugar desvencijado en la memoria. El hormigón arrasó la patria de mi infancia. Donde te besé arde los sábados la hoguera del botellón, donde debuté en carne de mujer estalla cada fin de semana la cogorza, y ruge ese vándalo que parece que todos llevamos dentro. Me queda la prestación de la nostalgia, me queda el triste subsidio de la melancolía. Pozuelo, otra patria perdida.

marta-lolo(Marta, Lolo y el Gato en Pozuelo, 1987) Foto: max

Recuerdo la tarde de sábado de la foto. Llegamos a Pozuelo en el Simca, por la mañana y después de despertar en Arrieta. Tarde de mesa con cerveza y piscina. Y el ruido del tren cada quince minutos.

09
Sep
09

“Steve Earle, el vaquero rojo, al galope por España” por Manuel de la Fuente

ABC
Steve Earle, el vaquero rojo, el jinete contestario del rock and roll de la Unión, cabalga de nuevo y se lanza en breve al galope por España a lomos de su reciente álbum, «Townes», dedicado a su maestro, mentor y genial compositor y cantante Townes Van Zandt, fallecido el 1 de enero de 1997 a los 53 años de edad.
La pasión de Earle, uno de los más grandes trovadores del momento (por pegada, por su ánimo de fajador, por su combativa pero también lírica trova) por Townes viene de antiguo, tanto que su propio hijo, tan rebelde como él o más (se cuenta que Steve lo tuvo que largar de su propia banda por pendenciero) se llama Justin Townes Earle. Townes, además, comparte apellido con otros ilustres del rock como Steve Miami Soprano Van Zandt, guitarrista y colegón de Bruce Springsteen, y Ronnie Van Zandt, líder de aquella panda de rockeros confederados que fueron Lynyrd Skynyrd. Para Earle, Townes Van Zandt «es el mejor escritor de canciones del mundo, y me plantaré sobre la mesa de café de Bob Dylan con mis botas de vaquero para decirlo». Opinión compartida por otra cantautora y texana ilustre, Nanci Griffith: «Creo que Townes es el mejor escritor de canciones que mi estado natal, Texas, ha producido nunca. Algunos de nosotros somos sólo letristas, pero él era sin duda un poeta».

steve_earlePhotograph by Jim McGuire

Un trastorno maníaco- depresivo, un carácter solitario y tristón y demasiados vasos (probablemente de Southern Comfort, el mismo bourbon que se aplicaba concienzudamente Janis Joplin) convirtieron su vida en un trago bastante amargo, aunque procediera de una adinerada familia del Estado de la Estrella Solitaria. La música de Van Zandt, siempre intensa, fuertemente emotiva y emocionante, no desapareció con él.
El nuevo country le debe más de una, y sus huellas pueden rastrearse en gente como Wilco, los Jayhawks, Uncle Tupelo o los Cowboy Junkies, junto a los que realizó la última gira de su vida. Con estas alforjas repletas de gran música norteamericana llega a nuestro país Steve Earle. Sin olvidar, por supuesto, su propia y sensacional cancionero, uno de los más genuinos, honestos y desgarradores del rock an roll de nuestros días. A galopar, camarada Earle.

28
Ago
09

“El pop de los 60 pierde a una de sus grandes artesanas, Ellie Greenwich” por Manuel de la Fuente

ABC

A este lado del Atlántico, quizá su rostro no diga nada o casi nada a los aficionados al pop, al gran y genuino pop de los 60. Pero compositores (también fue solista, aunque sin gran éxito comercial) como ella contribuyeron a mostrar la mejor y más bonita cara de la música norteamericana de la década prodigiosa. Tal vez, así a secas, su nombre, Ellie Greenwich (y el de su socio y marido Jeff Barry) no les suene, pero tomen nota de algunas de las canciones que Ellie firmó y probablemente cambien de opinión: «Baby I Love You», «Be My Baby» (The Ronettes); «Then He Kissed», «Da Doo Ron Ron» (The Crystals); «Leader of the Pack», «Out in the streets» (The Shangri-Las); «River Deep, Mountain High» (Ike y Tina Turner)… Ellie, una artesana del pop, orfebre de estas joyas inolvidables, murió el pasado miércoles en Nueva York, a los 68 años, víctima de un paro cardíaco.
Ellie y Jeff fueron además estrechos colaboradores de otros autores como Lieber and Stoller y Bert Burns, así como imprescindibles en el descubrimiento de Neil Diamond y sus primeros hits como «Cherry, Cherry» y «Kentucky Woman», y sus canciones fueron trascendentales para ayudar a dar forma al llamado Muro de Sonido de Phil Spector, aquellas grandilocuentes pero hermosísimas canciones con las que el ahora convicto Spector hizo al pop y a su cuenta corriente literalmente de oro. Con el tiempo, a esas piezas se las ha llamado oldies, pero lo cierto es que la mayoría han envejecido maravillosamente y han reflejado como pocas las desazones y picazones amorosas de los adolescentes, especialmente norteamericanos. Greenwich pertenecía al Salón de la Fama de los Compositores (equivalente del exclusivísimo Salón de la Fama del Rock and Roll) desde 1991, y sus creaciones han vendido a lo largo de los años millones de copias, además de obtener veinticinco discos de oro y de platino. Al margen de su carrera como compositora y cantante, Ellie Greenwich también aportó su voz y su delicioso estilo en los coros de álbumes de artistas como Blondie y Cindi Lauper o en la maravillosa «Brown Eyed Girl» de Van Morrison, en 1967. Ellie Greenwich, adiós a una eterna teenager, hasta siempre a una princesa del pop.
01
Abr
09

Manuel de la Fuente: “Músicos y navegantes somos de la misma raza”

ABCD/ABC

Si el dios Pan aterrizase un buen día en el Brasil, se sorprendería de hasta qué punto los pobres y mortales humanos han logrado aprender desde que él andaba triscando por los montes helenos detrás de las ninfas con el cayado en una mano y la flauta en la otra. El dios griego puede sentirse orgulloso de un país en el que cantar y gozar son todo uno, donde la canción y el ritmo son uno de los hermosos ejes sobre los que gira la vida. Sí, a veces, muchas veces, parece que los brasileros han sido tocados por la varita mágica de la musicalidad. Hombres y mujeres, abuelos y niños, la gente de Brasil nunca se cansa de cantar. Es como una tradición laica que se renueva día a día.

Poliédrica. Si antes fueron Jobim, Elis Regina, Caetano, Gilberto Gil, Vinicius, Gal Costa, Joao Gilberto, Nascimento, ahora el testigo lo han recogido, y de qué manera, Adriana Calcanhotto, Carlinhos Brown, Arnaldo Antunes, Chico César. Y Marisa Monte. Marisa, carioca del 67, voz y pesencia sensuales, poliédrica en su registro, elegancia, hermosura, un aliento cálido y una dicción de ensueño. Marisa, lleva ya veinte años de carrera (empezó a los nueve, dándole a las baquetas de una batería que le regalaron por su cumpleaños) a través de los cuales ha grabado álbumes excepcionales como Marisa Monte (1989), Memórias, Crónicas, e Declaracões de Amor (2000), Infinito Particular (2006), y el más popular fuera de Brasil de todos ellos, Tribalistas (2003), haciendo trío con Carlinhos y con Arnaldo.

La cantante y compositora de Río de Janeiro estrena ahora Infinito ao meu redor. Un trabajo compuesto por un dvd que recoge la vida y milagros musicales de la artista durante dieciocho meses, acompañado por un cd con tres nuevas canciones. El dvd está basado en la gira de sus dos últimos discos, Infinito particular y Universo ao meu redor, y ofrece una interesante panorámica de todo lo que es la vida de un músico detrás de las bambalinas mientras realiza una gira mundial.

Vida y sentimientos. Aquí está todo lo que puede sentir un cantante. Desde los primeros y exhaustivos preparativos («los músicos somos como la tripulación de las antiguas carabelas», cuenta Marisa), hasta sus reflexiones sobre el negocio de la música o una entrañable y cercanísima Marisa dándole a la calceta en las horas muertas o lavando su ropa de gala en la bañera de los hoteles («me gusta que mis conciertos sean muy glamurizados»). Hay tiempo también para la reflexión sobre el propio trabajo («la composición es lo que más se parece a lo que la gente se imagina como el trabajo de un músico»), la relación con los aficionados y hasta por los aspectos menos románticos de lo que es subirse a una escenario: «Otras se compran zapatos o bolsos, yo prefiero gastarme el dinero haciendo espectáculos». Y una satisfacción final: «Cuando trabajo y vocación van unidos dan sentido a la vida», sentencia la cantante.

Madre de dos niños pequeños («me gusta mucho el directo, pero ahora quiero verlos crecer y acompañarlos, se me hace muy duro estar fuera»), Marisa Monte es una mujer de su tiempo, consciente de que Internet y las nuevas tecnologías, a pesar de los pesares, son algo «muy positivo, porque hace la música más accesible que nunca. Con un simple click, mis discos están al alcance de cualquiera». Porque aunque haya peros, «se venden menos discos, sí, pero se conoce mucho más a los músicos y es muy fácil y barato grabar por tu cuenta con un computador», no es menos cierto para la artista que «vivimos un momento muy interesante de transformación, porque a pesar de la crisis están sucediendo muchas cosas interesantes y nuevas, se están cantando y contando cosas muy interesantes al mundo?».

Sin duda, después de año y medio recorriéndose el planeta, de Brasil a Australia, de Río de Janeiro a Japón, pocos como un músico trotamundos para asegurar que «con total certeza -cómo suena el portugués, ese castellano hermosa y delicadamente antiguo, en sus labios-, músicos y navegantes somos de la misma raza». El mar, la música, territorios de esperanza al socaire del corazón, al pairo de la vida, países donde el hombre todavía es libre.

23
Mar
09

Manuel de la Fuente: “Guerrero, poeta entre poetas”

ABC (ABCD)

En un país con un sentido más intensamente profundo de la cultura, alguien como Pablo Guerrero sería en vida un mito, una leyenda de la canción popular. Y lo es para muchos aficionados, sabios y serenos catadores que han ido disfrutando a lo largo de cuatro décadas de sus sustanciosos caldos, con cuerpo, con sabores a tierra vieja y a poesía, a sudor y esperanzas, caldos musicales de pura cepa.

Corría el año 69, año duro entre los duros, cuando un joven Pablo, con veintitrés extremeñas primaveras en la mochila, se presentaba con la guitarra en bandolera, como era costumbre entonces, en el Festival de Benidorm, a lomos de una canción, Amapolas y espigas, con la que se llevó el premio a la mejor letra del certamen: «De amapolas y espigas te haré un collar. Vente conmigo a vendimiar. / Con el sol en la cara, qué guapa estás». Así más o menos empezó todo, y siguió con aquel A cántaros («Tú y yo, muchacha, estamos hechos de nubes? tiene que llover, tiene que llover») versión a la extremeña de una de las piezas más impresionantes de Dylan: A Hard Rain?s a-Gonna Fall (en español, «Una dura lluvia va a caer»).

Después, sin prisas, con delicadeza y primorosa inspiración de artesano, Pablo Guerrero ha ido componiendo una obra cuajada de un poderoso aliento lírico y unas melodías austeras, sinceras, honestas, totalmente personales, absolutamente intransferibles. Hasta llegar aquí, cuarenta años después, para rendir homenaje a los poetas extremeños de ahora (recuerdo de aquel Alberti de «los poetas andaluces de ahora» que cantaron Aguaviva), a los poetas de su tierra con un hermosísimo disco: Luz de Tierra. Quince voces, «quince albercas donde llueve despacio, quince huellas de una mano que escribe?», como el propio Pablo detalla. Quince nombres que son los de Santiago Castelo, Santos Domínguez, Basilio Sánchez, Javier Rodríguez Marcos, Félix Grande, José A. Ramírez Lozano, Serafín Portillo Alejandro López Andrada, Jesús García Calderón, María José Flores, Álvaro Valverde, Ada Salas, Ángel Campos Pámpano, Luciano Feria, José Antonio Zambrano, acompañados por las poderosas y recias fotografías de Enrique Cidoncha. Con la producción de Luis Mendo, y las colaboraciones de Jorge Pardo, Olga Román, Jabier Muguruza, Ismael Serrano, Javier Bergia y Marina Rosell. Poeta entre poetas, Pablo Guerrero, la voz profunda de la tierra, la voz de la sabiduría.

Pablo Guerrero: “A cántaros”

18
Mar
09

Manuel de la Fuente: “Paco Ortega le pone voz y música a la poesía de Ángel González”

ABC

No era una misión imposible, pero casi. Convertir en canciones (no en poemas rimbombantemente musicados) algunos de los versos más significativos de Ángel González, Académico de la Española, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, entre otros muchos, y una de las grandes voces de nuestra lírica contemporánea, desaparecido hace ahora poco más de un año.

Pero el productor y compositor Paco Ortega lo ha conseguido, con mucho trabajo, sin prejuicios y con el suficiente desparpajo e inspiración para que «El éxito de todos mis fracasos», que éste es el título del álbum, muestre un resultado más que satisfactorio.Comenta Ortega que este trabajo surgió casi por casualidad a iniciativa del escritor y periodista Juan Cruz, buen amigo del vate asturiano. «En principio era un proyecto abierto, en el que iban a colaborar otros amigos y admiradores de Ángel, como Joaquín Sabina, Jorge Drexler, Serrat… pero finalmente, por problemas de agenda, lo acabé realizando yo solo».

Al autor de «Sin esperanza, con convencimiento», la idea le gustó desde un principio. «Lo conocí en un bar al lado de su casa -recuerda Paco Ortega- y me dio libertad absoluta para que eligiera los poemas que creyera conveniente. Compuse los diez temas, y luego se los canté a Ángel tan sólo con la guitarra, y le expliqué algunas licencias que me había tenido que tomar. Pero sí, le gustaba la idea».

Paco Ortega podría haber optado por los típicos arreglos superfluos, «culturales», pero ha elegido un camino mucho más valiente, convertir los poemas en canciones, aunque para ello haya tenido que retorcer y estirar algunos textos. «En general, los discos con poemas musicados suelen ser aburridos y yo no queria para nada eso. Siempre he hecho canciones con vocación de mayoría, y esta vez también quería que fuese así, divertido, y hasta bailable. Hay muchas canciones que incluso funcionarían en una radiofórmula».

12
Feb
09

Manuel de la Fuente: “Altolaguirre, vivir al pie de la letra”

ABC

Fue poeta de vuelo íntimo y cercano. Y fue impresor, de los imprescindibles. Vivió al pie de la letra de los demás y también de la suya propia. Y lidió con la poesía cuerpo a cuerpo y tipo a tipo (bodoni, helvética, garamond, …), en todo lugar y circunstancia. Una vida al pie de la imprenta que rescata con todo lujo de detalles «Manuel Altolaguirre. Impresor y editor» (Univ. de Málaga/Residencia de Estudiantes), un libro del profesor Julio Neira, que no deja ni un punto sin posarse sobre cada i en la obra del malagueño y que incluye un exhaustivo catálogo de todas sus publicaciones. «Pues sí, ángel -escribió Aleixandre-. Porque el que no haya conocido a Manolito en sus veinte años, poeta y codirector de «Litoral», no ha conocido lo que todos decían que era: un ángel que de un traspiés hubiera caído en la Tierra y que se levantara aturdido, sonriente… y pidiendo perdón».

Primero fueron la imprenta Sur y la revista «Litoral», Una revista que marcó una época (aunque Lorca y Guillén se tiraran de los pelos por las erratas en sus poemas), que dio voz a una generación, que sirvió como cauce, cristalino cauce, por el que echó a navegar la lírica del 27. Sur y «Litoral» pasaron a mejor vida en la primavera de 1930, aunque a los pocos meses, con unos ahorrillos, Manuel puso en marcha «Poesía», otra de sus aventuras tipográficas, de la que el maestro Azorín dejó escrito en ABC: «Placer intenso al ir recorriendo línea por línea las poesías de los dos cuadernos…».

Sin embargo, el inquieto Manolo dejó pronto Málaga, camino de Madrid, luego de París. Casi siempre ligero de equipaje, aunque eso sí, con la imprenta a cuestas, durante toda su vida. De vuelta en Madrid, conoce a la también poeta Concha Méndez que se convertirá en su esposa, su socia capitalista y su más eficiente colaboradora. Son los años de la República y de la revista «Héroe», de «1616» y de «Caballo Verde para la Poesía», con Pablo Neruda como director. En «Héroe» se avanzaron poemas de «Poeta en Nueva York», de Lorca; de «Los placeres prohibidos» y «Donde habite el olvido», de Cernuda: de «Espadas como labios», de Aleixandre; y el combativo «Un fantasma recorre Europa», de Alberti. Con la Guerra Civil, el horno no está para bollos, menos para imprentas. Durante la contienda, Concha Méndez y Manuel Altolaguirre se integran en la Alianza de Escritores y Artistas Antifascistas, decidida toma de partido de Altolaguirre, a pesar de que sus hermanos Luis y Federico, y su amigo de juventud, el también poeta y paisano José María Hinojosa, habían muerto a manos de milicianos republicanos. Pronto volverá a toparse con las cajas y los tipos, siendo uno de los fundadores de «Hora de España», y cuando sea llamado a filas, en junio del 38, acabará de nuevo imprimiendo, casi en la trinchera, títulos como «España en el corazón», de Pablo Neruda, impreso por los propios soldados republicanos en un molino de papel. Los nacionales ganan la guerra. Sólo queda el pozo sin fondo del exilio: Cuba, México, y la imprenta La Verónica, y la colección «El Ciervo Herido». En 1950, Altolaguirre visita España y pasa por Málaga, de nuevo como un ángel. Su visita inspirará el nacimiento de la revista «Caracola». Nueve años después, volvió a su patria para presentar su película «El Cantar de los Cantares» en San Sebastián. En tierra española moriría (el 26 de julio, en un accidente de tráfico) aquel hombre que vivió siempre al pie de la letra, al que así recordó Neruda: «Fue un impresor glorioso, que con sus propias manos formaba las cajas con estupendos caracteres bodónicos. Manolito hacía honor a la poesía con la suya, y con sus manos de arcángel trabajador».

05
Feb
09

Manuel de la fuente: “El día que la música murió”

No Surrender

(Se cumplen cincuenta años de la muerte del genial rocker Buddy Holly, el Ruiseñor de Texas) Los inviernos en Iowa no son una broma. Frío, viento, nieve. Aquella noche del 2 de febrero de 1959 no fue una excepción. A la salida del Surf Ballroom de Clear Lake, la gélida temperatura y el cansancio hacían mella en un par de jóvenes promesas del casi recién nacido rock and roll: el rocker latino Ritchie Valens, el de La bamba, y el texano Buddy Holly, el rocker de las gafas y la mirada míope. Hace medio siglo, las giras de los artistas por la América profunda eran un laberinto. Malos autobuses, carreteras solitarias, mucho sueño. Aquella noche, después del bolo, Holly, de veintidós años, no estaba de humor para adormilarse malamente en el asiento de la furgoneta, camino de su próxima actuación en Moorhead, Minnessotta, y zamparse de paso cuatrocientas millas a paso de tortuga. Una avioneta sería la solución. Pero fue la solución final. Un piloto inexperto y una noche de perros hicieron el resto y grabaron a fuego, a triste fuego, la madrugada del 3 de febrero en la historia del rock. Big Bopper, otro amigo y colega, Valens y Buddy dejaron su vida sobre los campos de Iowa. Mucho tiempo después, en 1972, aquellas fatídicas horas fueron bautizadas por el cantautor Don McLean en su mítica canción “American pie” “como la noche en que la música murió”.

buddyholly

Al año siguiente, Francis Ford Coppola y George Lucas retomaban el hilo de la historia y hacían decir a uno de los personajes de su película “American graffiti”: “El rock and roll murió con Buddy Holly”. Ahora sabemos que no murió, pero quizá ya nunca fue como en aquellos primeros tiempos. Y Buddy fue uno de los tipos que hicieron que aquella música de negros cantada por blancos, aquella música del diablo para la sociedad de su época, diera algunos de los pasos que la convertirían con el tiempo en la música popular de todo el planeta.

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17
Dic
08

Manuel de la Fuente: “Un bohemio a todas luces: Alejandro Sawa”

ABC

Marzo de 1909. En un mísero piso de la madrileña calle del Conde Duque, Valle-Inclán llora ante el cadáver de Alejandro Sawa. Años más tarde, del talento de Valle surgió «Luces de bohemia», cuyo protagonista, Max Estrella, era el calco del insobornable Sawa, un adepto (y adicto) al arte cuya existencia acaba de ser trazada en «Alejandro Sawa. Luces de bohemia» (Fundación José Manuel Lara), un libro de Amelina Correa Ramón.

Vivió libre e indomable. Y durante su corta pero intensa y deslavazada vida, Sawa tan sólo fue decidido militante del partido de la belleza, al que se entregó en cuerpo (colosal) y alma (a menudo torturada). No comulgó con las ruedas de molino de la ortodoxia cultural, ni doblegó su hercúlea cabeza ante ningún amo de la política ni de la literatura. Pasó por el seminario, pero acabó echando pestes de los curas. Víctor Hugo le besó en la frente y él no se lavó durante días. Luego, Zola le hechizó con su prosa natural y naturalista, y Sawa le correspondió con novelas descarnadas, viscerales, en todos los sentidos de la palabra. Vivió y bebió a conciencia la noche parisina, haciéndose unas risas, unos versos y unas absentas con Verlaine, con Manuel Machado, con Rubén Darío.

Trabajó lo justo, ni siquiera lo necesario, abrazó la causa de la denuncia social, y abrazó durante el resto de sus días a Jeanne Poirier, el amor de su vida. De vuelta en Madrid, a finales del XIX, fue el rayo que no cesa de tertulias y mentideros, descendió por los peldaños de la pobreza y acabó haciendo de negro para Darío por unas perras, aunque luego el nicaragüense, a título póstumo, intentó remediar el entuerto prologando las «Iluminaciones en la sombra», legado literario de Sawa. Pero antes, lo que no por sabido es menos dramático: la miseria, la ceguera, la locura, y el epitafio de Manuel Machado: «Jamás hombre más nacido para el placer fue al dolor más derecho». Alejandro Sawa, a todas luces un bohemio.

12
Nov
08

Manuel de la Fuente: “Lila Downs, pasión de la tierra”

ABC (ABCD)

Su voz y su mestiza presencia se han hecho imprescindibles para los catadores de música popular de buena añada, y regustos a cantina, frontera y desconsuelos varios, del alma y también de la política y los problemas sociales de la América que sueña y canta en español. Se cuenta que muy de joven fue hippie y fanática seguidora de los Grateful Dead. Que es experta tejedora y que hace buenas migas con las fuerzas del más allá chamánico. Que no le hizo ascos a la vida nocturna y sus intensos tragos e igual le complace a su oído (y a su voz) un viejo canto mixteca que una tonada de Woody Guthrie. Durante años, Lila Downs vivió ajena a esta ribera del Charco en cuya lengua se expresa tanto y tan bien como en el inglés de su padre, apenas un puñado de amantes del canto popular de cualquier latitud y longitud se había quedado con su copla asilvestrada e indómita. De eso, ya hace bastante, porque hoy por hoy, afortunadamente, ya es habitual entre nosotros. Estuvo por aquí este verano, y ahora publica su nuevo álbum, Ojo de culebra. Hora es, pues, de felicitarse, cuates, que aquí vuelve a haber tomate. Y natural, sin aditivos. Una descarga mineral, telúrica, emocionante y profunda de la cantante y compositora mestiza.

Lila Downs: “La iguana”

El disco ha sido grabado entre Nueva York y México D.F. y además de ofrecer un nuevo y colorido muestrario de canciones cocidas a uno y otro lado del Río Grande, tiene también detalles que resaltar y que el aficionado sabrá saborear. Sin ir más lejos, una versión en castellano (Envidio al viento) de la bellísima I envy the wind de la gigantesca Lucinda Williams, que la publicó en su disco Essence, de 2001. «Quería saber cómo una mexicana como yo podía interpretar música de otra raíz. Conozco a Lucinda, me encantan sus canciones y he coincidido con ella en algunas giras. Al traducir la letra al español, se abrió otra dimensión y, en cierta manera, vi que también era una canción “mexicana”, por su pasión, su calidez, su enorme humanidad».

El disco (en el que también colaboran Bunbury y La Mari de Chambao, Ixaya Mazatzin de Café Tacuba, y el genial clarinetista Anat Cohen) está dedicado a las curanderas, sanadoras, parteras y chamanas de Oaxaca. Hay razones. Lila Downs las expone: «Siempre me ha interesado mucho este tipo de cuestiones y no había tenido la oportunidad, hasta que visité a doña Queta, una curandera oaxaqueña muy reconocida que da cursos de herbolaria y de sanación. Además, me encontraba enferma, física y también espiritualmente. Estuve con ella, me recetó unas hierbas y en apenas seis meses me sentí totalmente renovada y mucho mejor. También habló conmigo y me dijo: ??Lila, tienes que tener una plática con tu ser, con tu cuerpo, con la esencia de tu cuerpo femenino??». Que lo hizo, salta a la vista.

Pero hay más. Y de qué talla. Como un dúo (Tierra de luz) junto a otra figura colosal de la canción hispana de cualquier tiempo y lugar, la argentina Mercedes Sosa. «Ella también sabe de sanación. De hecho, cualquiera que canta tiene la posibilidad de sanarse a sí mismo y al público. Sin Mercedes, nunca habría sido la cantante que siempre había deseado ser».

Y más, otra versión en español, la de Black magic woman (Mujer de magia negra), la pieza de Peter Green que estrenaron Fleetwood Mac pero que popularizó en todo el mundo Carlos Santana, quien la convirtió en uno de sus títulos más populares hace más de treinta años. «Tengo algo de hechicera, de maga, creo que en toda vida, aunque el balance sea positivo siempre hay algo negativo, oscuro y misterioso», explica Lila, que ha convertido este clásico en un canto que sabe a vudú, que sabe a Celia Cruz, a demonios del Caribe.

Lila sigue moviéndose a gusto en las dos lenguas de sus progenitores, inglés y español, aunque pone sus peros: «Creo que los anglosajones deben tener más contacto con el mexicano, con los latinos en general. En Estados Unidos, continúa la deportación de gente hispana, y la Prensa anglosajona jamás menciona lo inhumano y terrible de este trato por parte de personas que se consideran de gran moralidad, de comportamientos éticos y muy cristianas».

Probablemente por eso (y por tantas cosas) haya que volver a echar mano de la música que, como dice Lila, «tiene ese poder de transformarnos, muchas veces incluso sin darnos cuenta». Dejemos el cuello a la vista para que la culebra mixteca nos clave sus colmillos y nos inocule el veneno de estas canciones que parecen recogidas del árbol del bien y del mal, canto mineral, pasión de la tierra. Que Quetzalcoatl la proteja.

 

06
Nov
08

“La rubia al Sol”

rubiaalsol

Foto: max

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“Balada de invierno” por Manuel de la Fuente

Loreena McKennitt se acerca a la música y al cancionero de todos los tiempos con el mismo espíritu que aquellos antiguos navegantes se lanzaban a la búsqueda de lo desconocido, de lo que habían imaginado, pero aún no podían haber tocado con sus manos ni visto con sus ojos. Nuevos mundos que llevan ahí desde la eternidad a la espera de que una viajera de la música como Loreena los descubra. Navega con aire bonancible a bordo de su arpa y de esa voz en la que palabras como magia, seducción, evocación, pasado, tradición, oro, incienso y mirra, resuenan naturales, pero como surgidas de otro tiempo, de otro lugar. Quizá de la tierra de los gnomos y las hadas, quizá del tiempo en el que hombres y mujeres, a falta de algo más esperanzador que hacer, se sentaban en torno al fuego para contar y cantar historias. Historias y canciones que pusieron en pie el edificio del ser humano.

(Leer completo en ABCD)

29
Oct
08

Manuel de La Fuente: “Joan Baez, la voz a ti debida”

ABC (ABCD)

Si su voz no conservase la rebelde lozanía de su juventud con causa, Joan Baez podría ser una adorable y hermosa abuela que cualquier tarde de este mismo otoño, en torno al fuego, nos encandilara con sus historias, nos hiciera saltar las lágrimas con la calidez de su garganta, más baja en el tono, pero tan alta y clara como siempre. Hace apenas tres meses, trescientos afortunados vimos a esta mujer, en Segovia, ofrecer un recital que cortaba la respiración, con recuerdos a los 60 (memorable Con Dios de nuestro lado, de Dylan, como en el 63 en la Marcha sobre Washington de los defensores de los Derechos Civiles), con esa canción de resistencia antinazi que es Dona, o el Here?s to you (Nichola and Bart) que ella misma y Morricone firmaron para la película Sacco y Vanzetti. Y hubo más, cancionero de Johnny Cash. O el clásico A wonderful world. Y el guiño en español de Gracias a la vida y El preso número 9. Y abrió también la puerta a otra generación de autores, como Steve Earle (cómo resonaban en el Patio de Armas del Alcázar los versos de Christmas in Washington: «Vuelve Woody Guhthrie, vuelve Emma Goldman, levántate Joe Hill, vuelve Malcolm X, vuelve Martin Luther King?»). O como Tom Waits, cuya Day after tomorrow («No estoy luchando por la justicia, ni por la libertad. Tan sólo combato por mi propia vida, por volver a casa el día siguiente a mañana?») da título al nuevo disco de Joan, y van veinticuatro, desde que en 1959, con apenas dieciocho primaveras, Joan Baez dejara boaquiabiertos a los santones del folk (los mismos que se la liarían a Dylan seis años después) en el Festival de Newport.

Porque Joan, con álbumes como éste y el anterior, Dark Chords on a Big Guitar, ha hecho el viaje de ida y vuelta. Del folk protestón de los sesenta, pero bellísimo en su austeridad y su coherencia política, al folk contemporáneo, al country de combate que abandera el tal Steve Earle, productor del disco, un tipo que ha atravesado unas cuantas alambradas de la vida (y hasta de la trena), en las que se ha ido dejando unos cuantos jirones, del que se dice que es comunista, y que la última vez que pasó por Madrid llevaba en la batería una hoz y un martillo con una calavera.

Préstamos. Eso sería agua de borrajas políticas (por supuesto, Joan apoya a Obama), si no estuviéramos hablando, escribiendo, de músicos como la copa de un pino, aunque sea aquel pino del no nos moverán junto a la ribera. Músicos como Eliza Gilkyson, Elvis Costello, Patti Griffin, Diana Jones y T. Bone Burnett, y los ya citados Waits y Earle, que le han prestado sus canciones a Baez para alimentar este bellísimo álbum de folk del siglo XXI, pero que hunde sus raíces, como debe ser, por otra parte, en la nutritiva e inagotable herencia del cancionero norteamericano.

De una pieza. Pero no se engañen, éste no es un disco nostálgico. Ni es sólo el álbum de una rebelde con unas cuantas causas y alguna que otra revolución pendientes. Es un disco hermosísimo, de ésos que sólo se pueden concebir desde el mismo lugar en el que habitan los ángeles de la música, los mismos ángeles que en Mary, otra de las joyas del disco, mientras Jesús en la Cruz se dirige a la Virgen «le cantan sus alabanzas en un cielo rebosante de encendida gloria». Gloria, gloria, aleluya, porque el poder de persuasión y encantamiento de la música popular no se olvida del hombre y sus circunstancias. En un mundo en el que a los 40 y pocos a la gente se la desecha por vieja, por su poca rentabilidad, reconforta que al menos a los músicos de una pieza como Joan Baez se le respeten las canas, las bellísimas canas, y se sigan sus canciones como lecciones del más anciano, y por tanto, generalmente más sabio, de la tribu. En torno al fuego, como ya hicieron nuestros antepasados, Joan Baez desgrana sus historias, sus rimas y leyendas. Que no calle el cantor, porque si calla, ya saben, mueren de espanto la esperanza, la luz y la alegría.

15
Oct
08

Manuel de la Fuente: “De nuevo en la cresta de la ola”

ABC (ABCD)

La monda lironda. No hay casi otra manera de describir el nuevo disco de Brian Wilson, That lucky old sun. A aquella banda californiana, los Beach Boys, que Brian formó junto a sus hermanos Carl y Dennis (a quienes está dedicado el álbum: «Os echo de menos cada día de mi vida»), su primo Mick Love y el colegón Al Jardine, todavía no se le ha hecho justicia en la ingrata historia del rock and roll, aunque sus tonadas sigan sonando igual de radiantes y luminosas más de cuarenta años después, y después, también, de que el grupo nacido como portavoz de la estética surfera abriera (sobre todo de la mano del propio Brian) nuevos, psicodélicos e intensos caminos para la música pop de todos los tiempos.

La vida tampoco fue generosa con la banda (un cáncer se llevó a Carl; un extraño naufragio a Dennis -el verdadero surfer del grupo- con sustancias de por medio), pero Brian, que en junio cumplió 66 playeros añetes, sigue irradiando una creatividad y una inspiración preclaras, demostradas en todas las canciones que componen este trabajo irrepetible.

Carácter rompedor. Cuatro décadas después de Pet Sounds (la mayor influencia del Sargent Peppers, según McCartney; el ego de Lennon le impidió decir ni mu al respecto) y de las Good Vibrations, Brian conserva su carácter juguetón, colorista y rompedor ante los pentagramas en este That lucky old sun (que incluye un dvd con el «making off» del disco más dos canciones en directo) en el que si bien por debajo y en el sustrato de casi todas las canciones asoma la sombra del bellísimo cancionero de Los Chicos de la Playa, hay todo un repertorio de bromas, de insinuaciones, de tonalidades, de colores que consiguen un álbum que es una suerte de parque temático del sur de California, de su gente, de su sol, de sus playas, de sus chicas, de sus tablas de surf, de sus naranjas (que ilustran la genial y refrescante portada), de sus coches, de sus colinas de Hollywood, de sus adolescentes, de su luz, de alguna de sus sombras, y hasta de sus hispanos, cuyo extrovertido ambiente queda reflejado en dos piezas como Cinco de mayo y Mexican girl, en la que hasta se canta en español: «Te quiero, hey, bonita muchacha?».

En el disco de Brian Wilson, un hombre al que las olas de la vida también golpearon duro («He vuelto a casa, he vuelto al lugar al que pertenezco, por fin he encontrado la paz de mi mente», canta en Going home), hay la reflexión de un tipo curtido en las mil batallas de la música. Reflexión pero también goce y gozo de un artista para el que a estas alturas un pentagrama ya no tiene ningún secreto. Su sabiduría y su luz son contagiosas. Como lo son sus versos, a menudo inocentes, pero suaves y dulces como las naranjas de la carátula. Wilson habla de Los Ángeles, habla de conducir por «el laberinto de las colinas de Hollywood», de la «lluvia de diamantes celestiales» del amanecer, de las guitarras «rasgueadas suavemente y las voces que cantan dulcemente» de una «ciudad de arcángeles que es bendecida cada día». Pero este álbum no es sólo vitalidad y optimismos surferos.

En el crepúsculo. En esta deliciosa e intensísima cantata, el sol se mueve sobre el horizonte del disco hasta llegar el crepúsculo, hasta llegar a una canción como Southern California, sentido y melancólico epílogo de esta sonata del sur californiano, donde un nostálgico Brian Wilson pone su corazón surfista a remojar: «Tuve un sueño en el que volvía a cantar con mis hermanos, unidos, ayudándonos los unos a los otros. Surfeando al mediodía oí de nuevo aquellas voces. En el sur de California, te despiertas entre sueños, y cuando tú te despiertas aquí te estás despertando en cualquier lugar del mundo». Sencillamente, Brian Wilson vuelve a estar en la cresta de la ola.

20
Ago
08

Manuel de la Fuente: “Napoleón Diario de un capitán del Ejército Imperial”

Cuando el Dos de Mayo de 1808 los madrileños se enfrentaron al francés en las calles de la capital del Reino no sólo dieron muestra de un heroísmo suicida, sino que, con su ejemplo, puesto por escrito por los alcaldes de Móstoles, prendió una mecha que pronto correría como la pólvora por toda España. En las cuatro esquinas de la Piel de Toro se armaron partidas ciudadanas, nutridas unas con unidades regulares de nuestro ejército en retirada, o surgidas del mismo pueblo y creadas, sobre todo, para hacer frente a los desmanes (robos de animales, de comida, de objetos de valor, de mujeres) y atropellos de las tropas imperiales.

No es la historia más conocida, es más, podría parecer olvidada al lado de mitos patrióticos como Agustina de Aragón, Bailén, El Tambor del Bruch, pero existió, y vaya que si existieron bravos gallegos que le dieron lo suyo a la gabachada. Como en la comarca lucense de Becerreá, donde en vista de cómo se estaba poniendo la cosa, el capitán general de la zona, Marqués de la Romana (también conocido por un apodo más festivo, De la Romería) publicó un edicto para que dos personas de cada pueblo se encargasen de crear retenes que vigilaran de cerca las tropelías de los franchutes, sedientos y hambrientos de casi todo. En una de esas aldeas perdidas de la zona, afiló su bayoneta Gabriel Fernández, uno de los «guerrilleiros mais glamurosos», vecino de Vilar de Ousón, que pasó a la Historia, al menos en su tierra y entre sus paisanos, como «O Terror dos Gabachos».

Gabriel y el resto del paisanaje se aplicaron concienzudamente a darle estopa a los franceses que estaban atrapados por la nieve en la zona del Puente de Cruzul, cerca de Lugo. Eran tropas que debían acudir en ayuda del mariscal Soult que se dirigía al encuentro de los ingleses que venían desde Portugal. Pero la tropa gala quedó empantanada por el general invierno (casi como en Rusia) y los guerrilleiros no perdieron el tiempo. Les zurraban la badana cuando podían, y cuando no, se escondían en lugares remotos (dentro de los árboles, por ejemplo), al tiempo que también ponían a buen recaudo (el propio Gabriel tenía un túnel en su casa) enseres, la matanza, y todo lo que les venía en gana. Pero cuando había pelea no se iban de vacío, y así fueron haciéndose con un botín compuesto por numerosas armas, por fusiles, cartillas militares, y hasta chafarotes, sables anchos de la caballería pesada que luego acabarían decorando un bar con ese nombre en Becerreá.

El meollo de la historia.

Y ahora llegamos al auténtico meollo de la historia. En una de sus «acciones», Gabriel Fernández obtuvo un botín cuando menos curioso, el diario de guerra del capitán Gerard, a la sazón cronista oficial de la campaña napoléonica en España. El diario empezaba en Burdeos en febrero de 1807 y concluía en Madrid el 6 de mayo de 1808. Tras ser requisado por el guerrillero en 1809, durante doscientos años ha dormido el sueño de los justos en un arcón de la casa de Fernando Gabriel Fernández y Fernández, la misma casa del legendario guerrilleiro en Vilar de Ousón, del que don Fernando es descendiente directo. Así que pasen dos siglos, hasta que los profesores José Luis Gárfer y Concha Fernández dan con él en sus pesquisas para la elaboración de su «Adiviñanceiro Popular Galego» (Ed. Xerais), nueva página de su maravilloso «Adivinancero y Acertijero Popular Español».

Valor incalculable.

«Sin duda -explica Gárfer- este diario añade un nuevo capítulo a la Guerra de la Independencia contra el invasor. El diario está escrito en francés militar muy claro, impactante, de pincelada impresionista, y consta de 126 páginas en perfecto estado de conservación, manuscritas con cuidada y deliciosa caligrafía. En él se da cuenta con emoción y apasionamiento de cada momento de la contienda, se escribe sobre consejos de guerra, sobre acciones bélicas, hay referencias a la guerra en Europa, sobre estrategias militares, sobre órdenes del día… lo que nos sitúa ante un documento de valor histórico incalculable». Fernando Gabriel también posee el edicto del Marqués de la Romana antes mencionado, y por cuyo mandato su antecesor se echó al monte y al cuello de la francesada. «Además -continúa el profesor Gárfer-, es el diario oficial no de un soldado raso, sino de un cronista designado por el alto mando». Así se escribió la Historia, en Galicia, y hace doscientos años.

26
Jun
08

Manuel de la Fuente: “Un libro celebra los 30 años del concurso Villa de Madrid de Rock”

ABC

Corrían otros tiempos, y algunos corrían, todavía, delante de los grises. Corría la cerveza y corría el humo de los petas. Pero bueno, como el viejo Rockódromo estaba al aire libre tampoco era para tanto. Ni tanto, ni tan calvo, El Gran Wyoming llevaba entonces, 1978, unas lanas que casi le llegaban a la cintura, su bigotazo a lo Frank Zappa, y unas pintas que le convertían en objetivo prioritario de la Fuerza Pública.

Han pasado treinta años, treinta añazos desde que se celebrara el I Concurso de Rock Villa de Madrid, que ganó el Wyoming, precisamente, al frente de Paracelso, un grupúsculo medio rockero, medio hippie, pero divertidísimo y totaloide. Tres décadas de música, tres décadas de intensísima vida española que ahora han quedado reflejadas en un libro, «30 Años del Villa. 1978-2008», un proyecto de Julio Muñoz que ha dirigido Patricia Godes.

Más de doscientas páginas trufadas de artículos, recuerdos, imágenes, reproducciones de entradas y carteles, un puntito de nostalgia, y un repaso a todos y cada uno de los ganadores y finalistas de cada edición. Un libro que ha contado con la colaboración, entre otros, de los fotógrafos David Calle, Domingo J. Casas, Mariví Ibarrola, Miguel Trillo, y a las teclas del ordenata con Santiago Alcanda, José Manuel Costa, Fernando Íñiguez, Javier Lorbada, Diego M. Manrique, El Zurdo, Jesús Ordovás, El Pirata, Julio Ruiz, Santi Camuñas (antiguo dueño del Ágapo y el Revólver)…El volumen incluye también anécdotas de la época (de las épocas, mejor dicho), un porrón de entrevistas, algo de sociología de rápida asimilación (que si la Transición, que si la Movida), cronologías varias y dos cedés con dieciocho piezas cada uno, que aportan un menú interesante para ver (y oír, sobre todo oír) la evolución del concurso desde 1978 hasta hoy.

Ahí están Kaka de Luxe, Paracelso, Mermelada de Lentejas, Glutamato, Números Rojos, La Frontera, La Llave (Mercedes Ferrer y Carlos Torero), Esturión, Garaje de Willy, Mago de Oz, Yo La Vi Primero, La Ley de Murfi, La Sonrisa de Julia, Obús, Los Nikis…

Corren otros tiempos, y en líneas generales no se corre delante de los grises, mayormente porque la Fuerza Pública va uniformada de otro color. Pelos largos, lo que se dice largos, ya van quedando pocos, pero tropecientas bandas de música pop derrochan a manos llenas su talento en sus discos y, sobre todo, en Internet. Recorren el camino y llevan el testigo, de aquellos que hace treinta años le echaron a la vida un poco de coraje y ganas de tocar rock and roll. Es sólo rock and roll, pero nos gusta.

13
Jun
08

Manuel de la fuente: “El hombre que sabía (o inventaba) demasiado”

ABC
Que Stan Lauryssens es un tipo listo no deja lugar a dudas. Que escribe novelas policiacas que se llevan algún premio, tampoco. Trabajar, lo que el común de los mortales entendemos por trabajar, tampoco parece practicarlo mucho. O sí, según se mire. Porque estar a los 22 años en «una cámara frigorífica haciendo agujeros en ruedas de queso emmental», y apenas una década después con tanto dinero que necesitaba guardarlo en el frigorífico tampoco lo consigue cualquiera.
Como maestro tuvo a un periodista que en un despacho de Amberes se inventaba entrevistas con los astros de Hollywood, a partir de números atrasados del Variety y Hollywood Reporter. Tal vez no era la mejor credencial para sacudir con un libro una figura como la de Dalí, del que descubrió que «vendía mucho más que las superestrellas». Ahí empezó todo, y luego firmó un contrato con una inversora para vender a los «más ricos las mejores obras de arte disponibles».
Lauryssens tenía sólo dos manos (menos mal, dirán algunos), con una metía la pasta en el congelador, y la otra era la mano amiga: «Los clientes hacían cola desesperados por librarse de su dinero negro».
Su amor por Dalí lo resume: «Yo lo había apostado todo a Dalí, pero no se moría ni a tiros». Las obras vendidas no se revalorizaban. Fue retenido dos veces, una en Francia y otra en Los Ángeles, por el FBI. Siguieron episodios propios del Padrino. Después de un breve arresto, vino a España, «íntimo» del círculo de Dalí, asegura. Hace falsificaciones caseras delante de su hijastro. Cree que «las bellas artes valen lo que un tonto quiera pagar por ellas».
Finalmente la Guardia Civil le informa de que está en busca y captura. Los cargos: apropiación indebida de fondos, tráfico de obras de arte falsificadas y fraudulentas, fraude postal, falsificación de obra artística en EE.UU. y Europa. Por un indulto real de Bélgica nunca cumplió su condena.

09
Jun
08

Manuel de la Fuente: “Un Salvador Dalí más falso que Judas”

ABC

Apuntaba maneras. Pasar de perforador de quesos a «corresponsal» en Hollywood y aledaños para la revista «Panorama» no está al alcance de cualquiera. Y luego a ejecutivo de una inversora especializada en el mercado artístico. Acaba de aparecer «Dalí y yo. Una historia surrealista» (Ed. B) de Stan Lauryssens, marchante de arte, y el mayor falsificador de la obra daliniana de todo el mundo. El libro puede pasar al cine con Al Pacino mesándose los dalinianos bigotes.
Un millón para el mejor. «El tipo de veintinueve años -cuenta Lauryssens- abrió el maletín y esparció sobre mi mesa una impresionante cantidad de fajos, cada cual duro como un ladrillo y sujeto con gomas elásticas. Algunos fajos cayeron al suelo. Jamás había visto tanto dinero junto. Bueno, tampoco había visto nunca un billete de mil dólares. Si he de ser sincero, supongo que puse cara de estar siendo hipnotizado por una cobra». Un millón de dólares por «La última cena», a pesar de que pertenece a un museo de Washington. Esto es ganarse la vida, y lo demás, chapuzas y ñapas.
La huella del crimen. El bueno, o regular, de Stan tenía mano para los negocios. Entró en materia en París, en el almacén del empresario francés Gilbert Hamon, otro cuyas manos también iban al pan, aunque fuese un antiguo carnicero. Habla el tal Hamon: «¿Falso? No sé de qué me habla. Cada grabado tiene su certificado de autenticidad firmado a mano por mí mismo, o por el capitán Moore, representante de Dalí, o por el propio Dalí. Con esos certificados, hasta la peor falsificación se convierte en un Dalí auténtico».
Tiene bigotes la cosa. De vez en cuando, Stan Lauryssens se emplea también a fondo en primera persona y llega hasta el mismísimo cuarto de baño: «Dalí casi nunca se lavaba -dice en su libro- y jamás utilizaba la bañera ni la ducha. Su vanidad de vanidades era el celebérrimo bigote. Para mantenerlo con forma de embarcación se lo frotaba todas las mañanas con una mezcla de cera de abeja, miel, mermelada de ruibarbo y pomada húngara». Y es que lo del famosito bigote tiene miga. Bueno, más que miga extensiones. Para su peluquero de cabecera (lo mismo le hacía llamar desde París que desde Nueva York) Llongueras, la ocasión también la pintan calva en el libro: «Le encantaba llevar rulos rosas. Siempre que yo se los ponía, Dalí decía con una sonrisa «ahora me siento como un ama de casa neoyorquina en un superrrmerrrcado». Lo del bigote es una leyenda. Dalí nunca ha tenido un famoso bigote. Usaba extensiones. Yo mismo le hice varios bigotes». Sin bigote y también sin un pelo de tonto: «Por supuesto nunca me pagó. Ni una sola peseta». También entran como elefante en una cacharrería personajes como Ultra Violeta, más o menos habitual en los cículos cercanos a Andy Warhol en la Gran Manzana. Agárrense, que vienen curvas: «Por la noche era el notario de Dalí -dice la Ultra-. Tenía que llevar registro de sus eyaculaciones y anotarlo todo en uno de los viejos libros mayores de su padre… Dalí me ordenó que bebiera su orina para aumentar mi genio. Sólo conseguí que me salieran granos».
La mano tonta…. Directamente al grano: un tal Michael Ward Stout, abogado norteamericano del pintor ampurdanés. «Dalí consiguió medio millón firmando hojas en blanco. Durante quince años se negó a firmar litografías, grabados o aguafuertes, solamente firmó hojas en blanco. La imagen surrealista se añadía después».
-Quiere decir que se imprimía después, interpela el autor.
-Sí-
¿En total, cuántas?
-Nadie lo sabe. Cientos de miles, si no millones, yo diría probablemente que millones… llegó una época en que Dalí era capaz de firmar cada dos segundos…»
Gala de honor. Así lo contaba el capitán Moore, fiel asistente de Dalí durante años. «En 1969, Kirk Douglas vino a Cadaqués para rodar «El faro del fin del mundo». Lo invitaron a comer a casa de Dalí y dejó su chaqueta en el respaldo de una silla. Gala sacó la cartera de uno de los bolsillos y se embolsó todo el dinero».
El timo de la estampita. «Gala me telefoneó, dijo Manuel Pujol Baladas, alias El Joven Dalí. Estamos desesperados, tienes que ayudar a Dalí. Eres un buen pintor. Haz algunas obras surrealistas en el famoso estilo Dalí de los años cuarenta. Te pagaré muy bien y tendrás el mundo a tus pies». Tranquilos, que hay más. «Fue un timo muy complejo -continúa Manuel Pujol Baladas, El Joven Dalí-. Gala y Dalí inundaron el mercado de dalís falsos-falsos, yo cobré cuatrocientos dólares por un dalí surrealista. Mis cuadros surrealistas están expuestos permanentemente en grandes museos de todo el mundo. El 75 por ciento de los dalís son falsos-falsos».
Indulto. La policía no es tonta, y mucho menos la Interpol que le siguió la pista a Lauryssens hasta el Ampurdán y volvió a ponerlo a la sombra, en la cárcel de Valdemoro, a la espera de ser extraditado a Bélgica. Sin embargo, de nuevo tuvo suerte porque el Rey de los Belgas lo amnistió y pudo regresar a la Costa, que seguía tan brava como de costumbre. Ahora publica este libro en el que aún hay mucho más: relatos, insidias, rumores y cuadros falsos en museos, más de lo que cabe decir aquí.

28
Abr
08

Manuel de la Fuente: “Agustí redondea a los Rius”

ABC

En la pira de la experimentación narrativa prendida en los cincuenta, ardieron nombres, apellidos y títulos, echados a la hoguera por el simple y banal delito de ser «realistas», un pecado de lesa literatura para los pirómanos de la postmodernidad y la deconstrucción.

Entre esos nombres que ardieron como Juana de Arco, el de Ignacio Agustí ha demostrado con el tiempo que el rescoldo de su obra sigue vivo y que sus obras no se convirtieron en cenizas, aunque su pentalogía fundamental lleve por título, precisamente, La ceniza fue árbol, cinco títulos que en su día fueron devorados por los lectores: Mariona Rebull, El viudo Rius, Desiderio, 19 de julio y Guerra Civil. Ahora, las novelas (la pentalogía aludida más su debut, Los surcos) del escritor catalán vuelven a las estanterías en una primorosa edición (Biblioteca Castro) dirigida por el periodista y crítico de ABC Sergi Doria. Pasen y no lo duden, lean.

Pues eso, pasen y lean.




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