Archivos para la Categoría 'Libros'

22
Oct
09

“Huelgas, revueltas y revoluciones”

Marïa Toledano / Rebelión

Libro de Huelgas, revueltas y revoluciones, 451 Editores, Madrid, 2009

“En un contexto social y cultural en el que predomina un confortable escepticismo contra cualquier ideología que considere inaceptable que el derecho al trabajo dependa de la voluntad de los que detentan la propiedad de los medios de producción o que la mitad de la población infantil del mundo padezca grave desnutrición mientras que la basura producida por tan solo uno de los países desarrollados contiene valores nutrientes que solventarían esa carencia, la literatura que se niega a aceptar estos hechos como naturales o inevitables parece estar condenada a sobrevivir en los márgenes de un sistema literario que la soporta, cuando la soporta, como una antigualla estética.”

Constantino Bértolo, Non serviam, (de la introducción al Libro de Huelgas, revueltas y revoluciones, 451 Editores, Madrid, 2009).

Tres palabras con aires de resistencia abren esta nota. Tres palabras que, amputadas por el paso del ciclón del mercado, han perdido su significado para convertirse en expresiones caducas, aplastadas por el yugo y las fechas (Por el imperio del mercado hacia Dios) del tiempo lineal, el presente continuo. Las décadas pasan y todos, cada uno con su raído fardo, avanzamos hacia la muerte. Las palabras nos golpean en la nuca, como si quisieran llamar nuestra atención, y nos recuerdan, con su política sonoridad, lo que fueron y fuimos, los que son y somos. La destrucción del tejido combativo es un hecho en las sociedades modernas. La resistencia, posiciones aisladas y en muchos casos enfrentadas, se vuelve cada vez más débil y timorata. Entre el capital y la socialdemocracia (el rostro amable de la histórica explotación) se han repartido el campo de batalla. Su infinita infantería ocupa todo el espacio posible. El combate sólo es ritual, simbólico, igual que esos animales que al llegar la primavera se disputan el territorio sin tener voluntad de matar. El capital (la derecha) y la socialdemocracia (su espejo progresista) se necesitan y retroalimentan. Ellos han determinado, desde la Segunda Guerra Mundial, las reglas del juego. Cualquier discurso, político o literario, social o cultural, que no responda a estas ordenanzas selladas en aquel hotel de Bretton Woods queda excluido. Renunciar al espacio, devolver la actividad pública a la sociedad, no forma parte de sus objetivos. Devolver significaría renunciar al uso impropio de las palabras, al uso pervertido del lenguaje. Y eso, según parece, no está en la agenda del día.

El Libro de Huelgas, revueltas y revoluciones (451 Editores, Madrid, 2009), edición de Constantino Bértolo, es una reivindicación del uso violento y necesario de la literatura. Una reivindicación literaria y política (si acaso no es lo mismo) de los valores perdidos (olvidados) y de la capacidad del ser humano para enfrentarse a las dificultades provenientes de la injusticia y la desigualdad. Se trata de un volumen concebido y sentido para leer y ver, para reflexionar, en definitiva, sobre el curso de la historia y las innumerables -y no por ello eternas- derrotas. Después de leer el libro, saborear las ilustraciones, oler las palabras y no imaginar los escenarios, la impresión que permanece es comparable a un grito de rabia. Huelgas, revueltas y revoluciones han hecho posibles las más importantes conquistas sociales, los derechos que, ahora, resultan banalidades. Sin el esfuerzo de millones no estaríamos aquí, disfrutando (el que pueda y quiera, el que no pueda ni quiera) del atroz paraíso del consumo. El mundo feliz, la utopía del progreso, se ha convertido en una burbuja de plástico bombardeada por psicofármacos. Fuera de la bolsa del capitalismo, del líquido amniótico protector (más policía, más ejército, más seguridad privada), circulan mujeres y hombres sin identidad, multitudes sin porvenir. Al otro lado de la frontera todavía existe el tiempo. Aunque sea un tiempo para morir.

Bértolo ha hecho una selección insuperable, llena de destellos dialécticos (didácticos) y sabiduría materialista. 451 Editores ha levantado acta de vida y defunción (al tiempo) del discurso de la izquierda revolucionaria, fabricando la obra. El resultado está a la vista. Este libro ofrece a los lectores la posibilidad de recordar, aunque sea en papel, que todavía, pese a las dificultades, es posible concebir -igual que en el pasado- otro orden, alejado del célebre orden natural de las cosas. En el campo de batalla quedan madrigueras y algún disimulado escondite. Quizá vengan otras generaciones, niños ajenos al influjo de la televisión, por ejemplo, que extraigan de la tierra baldía, de la tierra quemada, el rescoldo rojo. El mismo fuego que -desde Lucifer- preside este obligatorio libro de texto.

bertolo

17
Oct
09

“Catalunya según Monsanto”

Gustavo Duch Guillot /Rebelión
Por fin después de varias intentonas, Televisió de Catalunya ha emitido la primera parte del documental “El Mundo según Monsanto”. Ya está programada la segunda entrega de –se justificaban– tan polémico reportaje. Lo visto hasta ahora más que polémico es escalofriante. Resumiendo: los tejemanejes de una empresa con mil tentáculos que con la complicidad de la administración Reagan y su brío desregulador se saltó todos los principios de precaución y de honestidad empresarial (si eso no es un oxímoron, que no lo es) para atiborrar los mercados con pesticidas fuera de control, hormonas de crecimiento frankestenianas y finalmente su producto estrella, la soja transgénica con su herbicida asociado.

Y precisamente al día siguiente desde la Plataforma Som lo que Sembrem se denuncia una situación similar. De nuevo resumiendo: los informes encargados por el Parlament de Catalunya para valorar si era pertinente o no el debate solicitado por más de 105 mil catalanas y catalanes a propósito de los cultivos transgénicos que se cosechan en el territorio, son dignos de otro documental. Podemos pensar ya en una tercera entrega titulada “Catalunya según Monsanto”. En concreto tres informes de los que desconocemos su coste (lo que ya no sorprende pero sigue enojando) de los cuales dos están elaborados con poco rigor científico, están desfasados (se omiten algunos de los estudios más significativos de los últimos cinco años al respecto) y son claramente tendenciosos.

Muchas presiones e influencias sobre el PSC, PP y CiU que, aturdidos o sumisos, les lleva a cerrar el paso a algo tan inusual como un debate con la ciudadanía, a quienes –recordemos- representan.

Más sobre Monsanto y el libro de Marie-Monique Robin

16
Oct
09

Encuentro entre Harlan Potter y Philip Marlowe en “El largo adiós” de Raymond Chandler

…. Vivimos en eso que se llama democracia, gobernada por la mayoría del pueblo. Un ideal magnifico si pudiera funcionar. El pueblo elige, pero la máquina partidaria es la que nombra los candidatos, y para que las maquinarias del partido sean eficaces se debe gastar una enorme cantidad de dinero. Alguien tiene que dárselo, y ese alguien, ya sea un individuo, un grupo financiero., un sindicato o lo que usted quiera, espera en cambio cierta consideración. Lo que yo y la gente como yo espera es que se nos deje vivir nuestras vidas tranquilos y en privado. Poseo muchos periódicos, pero no me agradan. Los considero como una amenaza constante para lo poco que nos queda d soledad, de aislamiento, de vida privad. Su constante griterío sobre la libertad de prensa significa, con alguna pocas excepciones honorables, la libertad para vender el escándalo, el crimen, el sexo, el sensacionalismo, el odio la murmuración y la   utilización de la propaganda política y financiera. Un diario es un negocio para hacer dinero mediante la publicidad. Estos se basan en la circulación, ya sabe usted de qué depende la circulación.

Me levanté y me di la vuelta alrededor de mi sillón. Potter me observaba fríamente. Me senté de nuevo. Necesitaba un poco de suerte. ¿Diablos! La necesitaba a carretadas.

-Muy bien, señor Potter, ¿a qué viene todo esto?

El no me escuchaba, solo prestaba atención a sus propios pensamientos.

-Existe una cosa peculiar respecto al dinero-prosiguió-, en grandes cantidades tiende a tener vida propia, hasta una conciencia propia. El poder del dinero s convierte en algo muy difícil de controlar. El hombre siempre ha sido un animal venal. El crecimiento de las poblaciones, el enorme coste de las guerras, la presión incesante de los impuestos fiscales…, todas esas cosas lo hacen más y más venal. El hombre medio está cansado y asustado, y un hombre cansado y asustado no puede permitirse tener ideales. Tiene que comprar alimento para su familia. En nuestra época hemos presenciado una declinación tremenda en la moral pública y privada. No se puede tener calidad con una producción en masa. No se quiere calidad porque dura demasiado. De modo que se la sustituye por la moda, que no es más que una estafa comercial destinada a hacer que las cosas caigan en desuso. La producción en masa no podría vender sus mercancías el año próximo a menos que haga que lo que vendió este año parezca anticuado de aquí a un año. Tenemos las cocinas más blancas y los baños más relucientes del mundo. Pero en su encantadora cocina blanca, el ama de casa media americana no es capaz de preparar una comida que valga la pena, y los hermosos curtos de baño reluciente no son más que recipientes de desodorantes, laxantes, pastillas para dormir y productos de esa mistificación secreta que se conoce con el nombre de industria de loa cosméticos. Preparamos los paquetes más lindos del mundo, señor Marlowe. Pero lo que hay adentro es en su mayoría basura.

Sacó del bolsillo un gran pañuelo blanco y se secó las sienes. Yo seguía sentado, con la boca abierta, preguntándome adonde iria a parar el tipo. Era evidente que estaba asqueado de todo.

-Hace demasiado calor para mi en este lugar-dijo-. Estoy acostumbrado a un clima más fresco. Empiezo a sentirme como un editorialista que se ha olvidado del problema que quería tratar.

16
Sep
09

El libro “Desinformación” de Pascual Serrano, en la Fiesta del PCE

Presentación de libro “Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo” , de Pascual Serrano
Intervienen: Pascual Serrano (autor), Julio Anguita (Sº Manifiesto Programa PCE) y Manuel Fernández Cuesta (editor de Península). Organiza Sª Comunicación del PCE

Será el sábado 19 de septiembre, en la sala Blas de Otero, de 19:30 a 20:30 horas

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Un recorrido por los principales acontecimientos de los últimos años que nos muestra que lo sucedido no es lo que nos han contando.

La mayoría de los ciudadanos considera que, después de leer la prensa o ver los telediarios, está informada de la actualidad internacional. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser la imagen unívoca ofrecida por los medios. Este libro recorre los principales acontecimientos de los últimos años mostrando —mediante entrevistas con expertos, bibliografía especializada y consulta de medios alternativos— que lo sucedido no es lo que nos han contando.
Pascual Serrano, con una incisiva mirada, desentraña el funcionamiento de los grandes medios de masas para hacernos comprender que la desinformación es una constante. Lo que creemos que está sucediendo en el mundo es sólo una falsa composición al servicio de unos intereses que van, poco a poco, conformando la opinión pública. La obra, además, propone técnicas y hábitos de lectura para fomentar una nueva actitud, independiente, ante la información y promover así una ciudadanía resistente a la manipulación. (De Ediciones Península)

14
Sep
09

“Zebina y Adrià”

El blog del editor. Península

«Un home té la noció de la responsabilitat, i no perquè cregui haver escollit mai res, ningú no escull mais res, sinó perquè sempre pensa que hauria pogut escollir alguna cosa.» Así, violenta y radical, arranca Trànsit (Empuréis, junio 2009) la primera novela de Díaz Acuña (Badalona, 1967), uno de los mejores textos literarios —escrito en catalán y pronto, espero, traducido al castellano— del año. La sobriedad formal de una inquietante historia de amor (presque l´amour fou) y el armónico compás de una prosa con ecos de Mitteleuropa envuelven una reflexión cruel, necesaria, sobre la incertidumbre, la impostura y el deseo. Aparece Spinoza, Ethica, IV, LXI: «Cupiditas, quae ex ratione oritur, excessum habere nequit» (el deseo que nace de la razón no puede tener exceso). Trànsit es, diría una faja promocional, una deslumbrante novela (in)moral. Tengo una antigua compañera de faenas que creo —sin entender todavía la razón— me aprecia. Estoy seguro que le encantará Trànsit. Para su sonrisa y sus ojos oscuros y discretos (con lunar) de espía francesa, copio esta anécdota. «Un amigo mío de izquierdas, cuando se encuentra por la calle con una hucha petitoria, tiene la costumbre de mirar con aire de sospecha la etiqueta de la hucha para a continuación preguntar: ¿Esto no será para los comunistas? Una vez recibida la respuesta tranquilizadora, hace un gesto despectivo con la mano y dice: Lo siento, pero en ese caso no puedo ayudarle, y sigue su camino. » Terry Eagleton, El portero (Debate, 2004, pag 118). Díaz Acuña y Eagleton, dos miradas transgresoras, inteligentes. Dos lecturas para gente cabal con (o sin) vida interior. Zebina, la mirada perdida, estaría de acuerdo con esta nota.

17
Ago
09

Fiesta PCE 2009 (Córdoba)

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12:00 – Sábado 19 de septiembre homenaje a Marcos Ana

marcosana

Marcos Ana nació en el seno de una familia pobre de jornaleros del campo, toda su vida ha estado marcada por una pasión constante en defensa de los oprimidos y desheredados y una entrega absoluta a su ideal comunista.

Luchador en defensa de la República, al terminar ésta fue detenido y condenado a muerte.

Militante del Partido Comunista de España, la cárcel fue su Universidad, en los que pasó 23 años ininterrumpidos, en ella escribió los poemas que traspasaron las cárceles y llevaron su nombre a través del mundo, contribuyendo a desencadenar una campaña de solidaridad en su favor.

Al ser liberado, en 1961, Marcos Ana recorrió Europa y gran parte de América, promoviendo y organizando la solidaridad con los presos políticos y sus familias y denunciando las prácticas fascistas que se realizaban en España.

Fundó y dirigió en París, hasta el final de la Dictadura franquista, el Centro de Información y Solidaridad con España (CISE), que presidió Picasso. Apoyado por personalidades de la cultura y la política europeas, este Centro organizó la defensa de los derechos humanos, la acción por la Amnistía general y la ayuda moral y material a todas las víctimas de la represión política.

Pese a su largo cautiverio. Marcos Ana no salió marcado por el odio y fiel reflejo de son sus memoria que acaba de publicar, con el título de “Decidme como es un árbol”, prologado por el Premio Nóbel José Saramago.

Su Partido le rinde un merecido y sentido homenaje, porque como él bien dice vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo.

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reincidentes

11
Jul
09

Silvio Rodríguez: “Cuando me puse a cantar evité hacer panfletos”

Entrevista al cantautor Silvio Rodríguez por la publicación del libro “Cancionero”

Jorge Boccanera (Cubadebate / rebelión)

1- Hace poco más de 30 años te entrevisté en México en un diálogo que inició con una frase de Martí, cuando decía: “¿A qué leer a Homero en griego cuando anda vivo, con la guitarra al hombro, por el desierto americano”. La presencia de Martí asoma, a mi ver, en temas como “De donde crece la palma”, “Yo te quiero libre” o “El vigía”, ¿Se podría hablar de influencia suya en tus trabajos, en tu pensamiento? Tu pregunta me remite a La Edad de Oro, una de mis primeras lecturas. Más exactamente a la edición que hizo Emilio Roig de Leuchsering en 1953 para celebrar el centenario del Apóstol. Este historiador tuvo la buena idea de introducir el libro, escrito por Martí para los niños, con un prólogo llamado “Martí niño”, donde cuenta la eticidad que empezó a manifestarse en Martí desde temprano. Desde aquella lectura el José Martí que me acompaña es el ser humano, el hijo, el amigo, el compañero que fue, además del patriota de espíritu cosmopolita. Así van conmigo también sus versos sustanciales y hermosos.

2- Es posible leer este libro como una especie de balance; ¿qué recordás de aquel joven que debutó en 1967 en “Música y estrellas” justamente un martes 13… Aquel era un joven desconcertado. Precisamente el día anterior habían terminado sus tres años de servicio militar obligatorio. El cambio de un día al otro fue tan fuerte que no se volvió loco de milagro. Pero no sólo recuerdo aquel joven sino que todavía le encuentro semejanzas con el sesentón que ahora soy. Una sigue siendo el desconcierto. Otra es la afición por los misterios.

3- Prácticamente tu preludio de “Cancionero” lo dedicás a subrayar la importancia de la letra… ¿cuánto de tu formación, de tus lecturas, pasa por la poesía? “Cancionero” reúne las letras de las canciones de mis discos y algunas de las muchas que se me fueron quedando por el camino. Ahí explico que cuando escribí mis primeros textos ya me guiaba alguna noción de lo poético. Y es que desde que era un niño supe que existía la poesía, gracias a mi padre. El viejo Dagoberto era un obrero agrícola que leía a Rubén Darío, a Martí, a Juan de Dios Peza, a Nicolás Guillén. Después, en los primeros años de la Revolución, pasaban por televisión un anuncio sobre Rubén Martínez Villena, con aquellos luminosos y extraños ojos suyos, mientras un locutor recitaba La pupila insomne. Aquello me hizo buscar poemas de Rubén, quien se ha quedado entre mis escasos de cabecera. En un campamento militar conocí a un recluta que leía en voz alta a Saint-John Perse, enamorado de la exuberancia de sus imágenes, de lo que me contagié hasta nuestros días. Fue por entonces cuando apareció Emilia Sánchez, una joven camagüeyana que me presentó a César Vallejo, el cholo que me condenó a la fascinación eterna. Entre esos hallazgos transcurrían los años en que empezaba a hacer canciones y a buscar poesía, como quien intuye que por esos rumbos queda lo necesario. Los últimos meses que pasé en las fuerzas armadas fueron en la revista Verde Olivo, que por entonces dirigía Luis Pavón Tamayo. Él me dio a leer a José Zacarías Tallet y a Eliseo Diego, poetas que me dieron un par de buenas sacudidas. También me prestó una maravillosa edición bilingüe de los sonetos de Shakespeare -que le devolví veinte años más tarde, de estúpido que soy. (Leer completa)

10
Jul
09

Pascual Serrano: “La famosa Yoani y un tal Kareem”

La diferencia entre ser bloguero opositor en Cuba o en Egipto

La periodista Olga Rodríguez nos cuenta en su magnífico libro “El hombre no teme la lluvia” (Debate, junio 2009) la historia del bloguero egipcio Kareem el Behirey, nacido en 1983. Vale la pena conocerla para compararla con otra bloguera que, según nos cuentan los medios, vive acosada y perseguida por el gobierno cubano, Yoani Sánchez.

Es habitual presentar a Cuba como una dictadura que persigue la libertad de expresión, escenario no tan habitual cuando las informaciones tratan a Egipto. Por ello conocer la situación de estos dos blogueros, cada uno crítico con el gobierno de su país, puede ser ilustrativo del talante democrático de cada gobierno y de lo acertado o no de la imagen que se proyecta en nuestros países.

Según relata Olga Rodríguez, Kareem es de origen humilde, vive con sus padres y hermana en un edificio de pisos destartalados cerca de El Cairo, su madre está prejubilada tras contagiarse en su trabajo de enfermera la hepatitis C, sin que pueda garantizarse los recursos para pagar la medicación. Kareem tuvo que financiar sus estudios trabajando de camarero. Cuando terminó su carrera no tuvo otra opción que incorporarse como obrero en la mayor fábrica textil del país, allí pasaba horas pedaleando en una máquina de coser envuelto en un ruido ensordecedor por treinta dólares al mes. Al salir de la fábrica se va a trabajar al periódico donde termina de madrugada, sin que le de tiempo a volver a casa por lo que debe pernoctar en el domicilio de un amigo. Aquí ya vamos encontrando diferencias con la cubana Yoani Sánchez. Su familia tiene en Cuba acceso gratuito a los servicios médicos y garantizados sus estudios de filología sin tener que trabajar, el estado cubano también le asegura el trabajo como filóloga, aunque ella ha renunciado para sobrevivir con los ingresos que le proporciona su blog reproducido en numerosos medios extranjeros.

En diciembre de 2006 Kareem fue expulsado seis días de la empresa textil por apoyar una huelga de trabajadoras. Fue entonces cuando decidió abrir su blog que ha terminado siendo una referencia para los movimientos sociales egipcios, a pesar de que en esa época uno de los blogueros más conocidos en Egipto fue detenido y condenado a tres años por criticar al presidente egipcio Hosni Mubarak. En septiembre de 2007 comenzó una nueva huelga en su empresa textil, la situación del país era explosiva, a principios de 2008 el precio del pan se había incrementado un 50 por ciento en un año y los disturbios se saldaron con quince muertos en tan solo dos semanas. En Egipto, el presidente Mubarak mantiene el estado de emergencia desde que subió al poder en 1981, por lo que muchos derechos y libertades están limitadas. El 6 de abril de 2008 las Fuerzas Armadas egipcias, provistas con rifles de asalto, gases lacrimógenos y pelotas de goma, rodearon una manifestación de obreros y abrieron fuego contra ellos. Murieron un niño de nueve años y un joven de veinte, y otras noventa personas resultaron heridas. Cientos de activistas fueron detenidos, entre ellos el bloguero Kareem. Las autoridades le acusaron de haber incitado a la huelga a través de su blog. Al igual que otros detenidos, fue golpeado y maltratado en su celda, recibió descargas eléctricas durante los primeros días. Hubo un amplio movimiento de solidaridad dentro del país, decenas de blogueros expresaron su apoyo a los detenidos y diez días más tarde un fiscal ordena su puesta en libertad, sin que fuera cumplida por la policía. Kareem fue expulsado de su trabajo en la industria textil y, junto con otros presos, comenzó una huelga de hambre para protestar contra los malos tratos en la prisión.

Según cuenta Olga Rodríguez, salieron finalmente de prisión tras la presión internacional de varias asociaciones de derechos humanos. También fue readmitido en la fábrica y pudo volver a su vida de pluriempleado, con la que no llega a fin de mes y con la que apenas le queda tiempo para dormir. No ha abandonado su blog. Se puede ver en http://www.egyworkers.blogspot.com/ y http://yalhwy.maktoobblog.com/. En él difunde datos de las protestas que se celebran en todo Egipto, acompañados de vídeos y fotos que él mismo capta. En uno de sus correos electrónicos a Olga Rodríguez terminaba así: “Por lo demás, bien. Feliz por leerte y feliz por estar libre. En total estuve setenta y tres días en la cárcel. La policía me sometió a descargas eléctricas por todo el cuerpo durante los tres primeros días de mi arresto. Acabo de regresar de la fábrica, me han readmitido. Sigo estando pluriempleado, duermo poco. Pero mantengo el blog, por supuesto, con más energía que nunca. Lamentablemente aquí todos los días hay mucho que denunciar. Salam maleicum”. En las últimas noticias de Kareem enviadas a Olga Rodríguez, ya después de la publicación del libro, le informa que se han repetido sus problemas con la policía egipcia cuyas presiones han provocado que le despidan de su trabajo.

Volvamos ahora con la cubana Yoani Sánchez. Ella no puede informar y fotografiar represiones policiales con fusiles y pelotas de goma en La Habana porque no las hay. Yoani no ha pisado una cárcel cubana, pero la presentan todos los medios como un icono de la lucha contra la dictadura.

Mientras Kareem debía trabajar de sol a sol para pagar sus estudios y las medicinas de su madre, Yoani, que abandonó voluntariamente su trabajo estatal de filóloga recordaba sus angustias de falta de privacidad en los campamentos de estudiantes:

Salí del preuniversitario en el campo sintiendo que nada me pertenecía, ni siquiera mi cuerpo. Vivir en albergues crea esa sensación de que toda tu vida, tus intimidades, tus objetos personales y hasta tu desnudez han pasado a ser bienes públicos. “Compartir” es palabra obligatoria y se llega a ver como normal el no poder estar –nunca– a solas. Después de años entre movilizaciones, campamentos agrícolas y una triste escuela en Alquízar, necesitaba una sobredosis de privacidad [1] .

Cuando Kareen se recupera de las torturas y descargas eléctricas en la prisión, Yoani Sánchez se indigna porque el Estado no le arregla el ascensor de su vivienda:

Ya van a cumplirse cuatro meses desde que estoy sin ascensor. Catorce pisos para abajo, catorce pisos para arriba y no hay una fecha clara de cuándo estará listo el dichoso artefacto. El montaje va a ritmo cubano, que se parece al de esos galápagos que necesitan horas y horas para avanzar unos pocos metros. Siempre surge algo que prolonga el plazo para inaugurar los nuevos ascensores rusos, mientras mis piernas emulan con las de cualquier alpinista [2] .

A Yoani la presentan como una bloguera que debe enfrentarse a la censura en Cuba, pero en La Habana se le puede encontrar con su portátil donado desde el exterior en las antesalas de los mejores hoteles de la ciudad [3] . La historia de Kareem no interesó a los medios de comunicación occidentales, sin embargo la agencia Reuters ya informó del blog de Yoani nada más inaugurarse, The Wall Street Journal le dedicó una página completa con llamada en primera plana y el periódico español El País le publicaba entrevistas en contraportada [4] . Con motivo de la elección del nuevo presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, en febrero de 2009, el propio marido de Yoani contaba que hacían cola para entrevistarla The New York Times, The Zeit, Newsweek, Washington Post, Reporteros sin Fronteras, la televisión alemana, la española, Aljazira… [5] .

El blog de Yoani es traducido a doce idiomas, a diferencia del de Kareem que solo está en árabe. En abril de 2008, el diario El País concede a Yoani el premio Ortega y Gasset de Periodismo Digital, noticia que titulan Premio al periodista comprometido [6] . Kareem, el bloguero egipcio, nunca ha sido citado en el diario. Introducido el nombre de Kareem en el buscador no aparece ninguna noticia, en cambio en el último año Yoani Sánchez apareció en 29 ocasiones, una vez cada trece días.

La misma prensa occidental que ha encumbrado a Yoani no ha dicho ni una palabra de Kareem el Behirey. La revista estadounidense Time sitúa a la cubana entre las 100 personas más influyentes del mundo [7] en la categoría “héroes y pioneros”. El dominical de El País la incluye en los 100 hispanoamericanos más notables del año [8] , la revista Foreign Policy la elige entre los 10 intelectuales más importantes del año [9] en Iberoamérica y la revista Gato Pardo, desde México, la incluye entre los 10 personajes de 2008 [10] . Pero para todos ellos Kareem no merece ni una palabra, no existe, ni es héroe, ni pionero, ni notable, ni intelectual, ni influyente. En realidad, lo que no es, es cubano. Por eso nunca se acordarán de él, aunque lo detengan y lo torturen por escribir un blog. Su enemigo es un gobierno amigo y servil de occidente, el de Mubarak, y no un gobierno díscolo a nuestros intereses como el de Cuba.

www.pascualserrano.net
Pascual Serrano acaba de publicar “Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo” . Junio 2009. Editorial Península .


[1] Ver http://vocescubanas.com/generaciony/2009/03/18/a-solas/

[2] Ver http://www.desdecuba.com/generaciony/?p=724

[3] Ver Rebelion.org 11-5-2209. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=85152

[4] El País 13-1-2008

[5] Ver http://desdecuba.com/reinaldoescobar/?p=63

[6] El País 8-5-2008

[7] Time

[8] El País Semanal

[9] Foreing Policy Diciembre-Enero 2009

[10] Gatopardo. Diciembre-Enero 2009

10
Jul
09

22 Semana Negra de Gijón

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    _________________________________________________

La Semana Negra de Gijón (Asturias, España) ya es hoy, luego de dos décadas de existencia, uno de los más importantes festivales artístico-culturales del mundo hispanohablante. Tiene como elemento principal lo literario, pero eso no quita que se den cita ahí, igualmente, otros elementos creativos como la música, el teatro y la plástica.

Como indica su página electrónica : “Pocos festivales consiguen una permanencia de dos décadas no sólo manteniéndose, sino creciendo continuamente, adaptándose, buscando renovarse sin cesar, reinventándose año con año. Esa vocación de cambio constante, junto con su decisión de ser un acontecimiento popular, para el disfrute de la gente y no de una élite, han sido esenciales para la permanencia de la Semana Negra y para su consolidación como un festival diverso, difícil de definir, donde la fiesta popular, la cultura, la diversión y las preocupaciones sociales conviven sin interferencia, complementándose.

De hecho, nació como encuentro de escritores del género policial, pero al día de hoy es un verdadero monstruo donde se dan cita, además de ese tipo de autores, teatreros y músicos de talla internacional, escritores de otros géneros literarios, artistas plásticos y realizadores audiovisuales, todo lo cual la transforma en uno de los eventos culturales más grandes de Europa, con una asistencia de más de un millón de personas durante sus 10 días de realización.

Para este año tiene entre sus invitados al escritor venezolano y asiduo colaborador de Argenpress Cultural Edgar Borges, quien acudirá a la población asturiana para presentar su nuevo libro “¿Quién mató al doble de Edgar Allan Poe?”, además de su novela “¿Quién mató a mi madre?”

“Por todo esto, la Semana Negra ha sido objeto de una intensa atención de los medios de comunicación, tema de documentales producidos por productoras europeas y americanas y punto de interés de la prensa durante los diez días de su realización. Porque la Semana Negra, a diferencia de las semanas comunes, dura diez días, que también en eso hay espacio para innovar, proponer y romper”. (Rebelión)

07
Jul
09

Julio Cortázar: “La noche boca arriba”

    Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
    le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pié y con la mano, desviandose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podia soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecín pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. “Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado…”; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. “Natural”, dijo él. “Como que me la ligué encima…” Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerro los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huír de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. “Huele a guerra”, pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía alli como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo. Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la últim a visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes, como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor, y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, mas precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. “La calzada”, penso. “Me salí de la calzada.” Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él, aferraba el mango del puñal, subió como un escorpion de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y al la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada mas alla de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás. -Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía la penumbra tibia de la sala le parecío deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebio del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintio las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frio le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el mas fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el brónze; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero como impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de su vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegados a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, deseparadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, escubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en al cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los pÿrpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

julioc

06
Jul
09

Marcos Ana: “Te llamo desde un muro”

“Te llamo desde un muro”
Oye, hermano, te llamo desde un muro;
clavado entre unas piedras
donde las sombras hacen su nidada.
Hablo desde la pena.
Entre los huesos mismos del dolor te llamo.
Mi voz, como esas hierbas
que en la ranura de una roca crecen,
se ha mantenido pura!
no escupió a su bandera,
ni doblegó sus hombros,
ni ha mentido canciones,
ni se pasó al oscuro.

Veinte veces cruzó la primavera,
y mis alas a un cepo atrapadas,
y el ardor de mi sangre entre cadenas.
¡ Pero hoy mi voz -sin llanto- te reclama!
mi lengua es una herida que flamea,
como un pájaro ardiendo en tu ventana.

Ni un día más, amigo. No consientas
este tropel de muros obcecados;
tanta luz sin salida, tanta puerta
cerrada ante mis ojos.

Mi corazón te espera,
aguarda tu palábra y en los muros,
como un río apresado, se golpéa.

Marcos Ana (Web)


19
Jun
09

José Steinsleger: “México: votar es un derecho” / “Mexicanas” de Eduardo Galeano

Rebelión

Un político llega a un pueblito de provincia, se sube a un cajón y empieza su discurso:

–¡Compatriotas, compañeros, amigos! Nos encontramos aquí convocados, reunidos o arrejuntados, para debatir, tratar o discutir el tópico, tema o asunto trascendente: mi postulación, aspiración o candidatura a la alcaldía de este municipio.

Alguien del público alza la mano.

–Señor candidato, ¿por qué utiliza usted tres palabras para decir lo mismo?

–Pues mire, caballero: la primera palabra es para las personas de alto nivel cultural, como poetas, escritores y filósofos. La segunda es para personas de nivel cultural medio, como usted y la mayoría de los que están aquí hoy. Y la tercer palabra es para las personas de nivel cultural bajo, como por ejemplo ese borracho que está allí, tirado en la esquina.

De súbito, el borracho se levanta y le dice:

–Postulante, aspirante o candidato: el hecho, circunstancia o razón de que me encuentre en estado etílico, borracho o pedo, no quiere decir, implica o significa que mi nivel cultural sea ínfimo, bajo o jodido. Y con todo el respeto, estima o cariño que usted se merece, puede ir agrupando, reuniendo o arrejuntando sus bártulos, efectos o cachivaches, y encaminarse, irse o dirigirse a la madre que lo llevó en su seno, la progenitora de sus días, o la puta que lo parió.

¿Es un chiste? Quizá. También podría ser un registro a escala de cómo fluye la realidad, allí donde el Gran Elector (los grandes medios de comunicación) no llega: candidatos que extraviaron el sentido de la política, ciudadanos que brusca y desgarradoramente recobran la lucidez.

La política es un oficio en el que algunos sirven y otros lucran. El Gran Elector sólo concede espacio a los últimos. Y luego de comerciales, los que saben: en-México-nunca-hubo-democracia. Hidalgo, Juárez y Zapata no fueron democráticos. Qué pena.

Carlos Fuentes escribió: “Todo coloniaje envilece tanto al colonizador como al colonizado… Mientras México no liquide el colonialismo, tanto el extranjero como el que algunos mexicanos ejercen sobre y contra millones de mexicanos, la conquista seguirá siendo nuestra trampa y pesadilla histórica” (introducción a Todos los gatos son pardos).

Un camino para superarla exigiría la urgente revisión de si en México hubo (o no) grandes momentos en los que se manifestó su identidad nacional (v.gr. 1810, 1857, 1910, 1994). Sin esto, el único sector con futuro será el inmobiliario: penales de alta seguridad, cárceles al paso, muros, bodegas para niños en situación de calle, y guetos urbanos con autoridades militares elegidas. La nueva-Nueva España, más Internet y celulares incluidos.

La bicentenaria idea demal gobierno mantiene su vigencia. Pero lo nuevo es, posiblemente, lo que gatilló la elocuencia del borracho: la generalizada sensación de que si alguien emplea muchas palabras para decir lo mismo, su sobriedad queda en entredicho. Por su naturaleza, la política conlleva el riesgo de que la realidad se contradiga con los hechos: criminalización de las luchas sociales, acuartelamiento de las ideas en un estado de derecho, intelectuales profundos porque son pesimistas, y politólogos que viven de los retos de la democracia.

En México existe gran confusión entre voto blanco y voto nulo. Votar en blanco debería ser el derecho a señalar con claridad que, en equis coyuntura, el ciudadano no identifica candidatos y partidos idóneos. Y votar nulo sería, sin más, el derecho a rechazar el sistema electoral vigente. Otra cosa, y muy distinta, sería el derecho de los fiscales de mesa a la anulación del voto por errores técnicos en la emisión.

El voto en blanco no existe. Si la papeleta se deposita en la urna tal como se la recibió, vale tanto como la que incluye insultos, errores y tachaduras: se anula. Cuando mucho, el acta incluye un sitio para candidatos no registrados. ¿Por qué? Porque el sistema es partidocrático: no concibe la democracia sin partidos políticos.

Con todo, el derecho a votar, por ahora, existe. ¿Por quién votar? El para qué viene antes. El derecho a votar no es concesión de los partidos políticos ni de tecnócratas dietéticos que regulan la participación ciudadana.

Abundan, asimismo, certeros diagnósticos que denuncian las limitaciones del sistema electoral. Sin embargo, tampoco disipan la niebla. ¿Votar equivale a convalidación y reformismo, o es un derecho y una conquista social?

Acerca de la abstención, nada hay que debatir: por los motivos que fuere (salvo los de salud o defunción), el llamado a no concurrir a las urnas, a no votar, coincide con algo más que tres palabras: inconsciencia política, irresponsabilidad cívica y alineación (querida o no) con los sectores elitistas y reaccionarios de la sociedad.

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Mexicanas. Eduardo Galeano, de “Espejos”
Tlazoltéotl, luna mexicana, diosa de la noche huasteca, pudo hacerse un lugarcito en el pan-teón macho de los aztecas.
Ella era la madre madrísima que protegía a las paridas y a las parteras y guiaba el viaje de las semillas hacia las plantas. Diosa del amor y también de la basura, condenada a comer mierda, encarnaba la fecundidad y la lujuria.
Como Eva, como Pandora, Tlazoltéotl tenía la culpa de la perdición de los hombres; y las mujeres que nacían en su día vivían condenadas al placer.
Y cuando la tierra temblaba, por vibración suave o terremoto devastador, nadie dudaba:
–Es ella.

17
Jun
09

Javier Cortijo entrevista a Guillermo del Toro: “En el mundo del cine abundan los vampiros con corbata”

ABC
Antes de embarcarse en el maratoniano rodaje de «El Hobbit», el cineasta mexicano nos sorprende con su debut como novelista con «Nocturna», libro de terror escrito junto a Chuck Hogan que acaba de presentar en la capital inglesa.
Habitación rojo sangre, tresillo negro cuervo y cielo gris londinense ligeramente destripador. Pocos escenarios mejores para charlar sobre vampiros rabiosamente actuales y sin pestazo a ajo victoriano. Además, con un tipo entusiasta, apasionado y desbordante como Guillermo del Toro, que acaba de presentar su primera experiencia como escritor (con la ayuda de Chuck Hogan, uno de los novelistas más prometedores del género de terror): «Nocturna» (Suma de Letras), una historia de chupasangres mutantes localizada en el Nueva York actual y que tendrá cuerpo de trilogía. Todo un banquete previo a la gran reválida como cineasta del mexicano: su proyecto en dos partes sobre «El Hobbit» de Tolkien. ¿Quién dijo bloqueo creativo?

-¿Qué le impulso a pasarse al bando literario a estas alturas de su carrera?

-La verdad es que siempre he sido tan bibliófilo como cinéfilo. De hecho, en mi casa tengo cinco habitaciones para mis libros y sólo una para películas en DVD. Es cierto que empecé a escribir esta novela hace un lustro pero en mi juventud siempre he garabateado relatos y piezas cortas, publicado un ensayo sobre Hitchcock, etc.

-Su visión de los vampiros se aleja mucho del ideal romántico y victoriano de Bram Stoker. Parecen más bien zombis infectados por un virus que criaturas eternas de la noche. Tiene que ver que el primer escritor en publicar un tratado vampírico fue un médico, Polidori?

-Pues algo de eso hay, sin duda. Cuando el vampiro empezó a ser material literario a comienzos del siglo XIX se bifurcó en dos vertientes: la científica monstruosa y la romántica. A mí siempre me interesó más la primera; de hecho en «Cronos», mi primera película, ya hablaba de esa dualidad, como también en «Blade 2». Y ahora con esta novela he querido defender el mito vampírico como si fuese un mutante zombi. De hecho los muertos vivientes de George A. Romero eran vampiros salvajes.

-¿Le fue complicado escribir a cuatro manos?

-Para nada. Yo siempre he estado acostumbrado a escribir guiones a cuatro, seis o veinte manos. De hecho, «El Hobbit» lo estamos haciendo entre cuatro personas. La colaboración entre Chuck y yo fue estupenda desde un principio, pensaba que iba a dedicarse a la parte mas empírica y yo a la lírica y casi ha acabado siendo al revés. Nos corregíamos y editábamos mutuamente sin piedad. Ni los hermanos Coen estarían tan compenetrados (risas).

-¿Teme que algunos tachen su novela de oportunista, considerando el tirón vampírico de la saga «Crepúsculo»?

-Bueno, también podría decirme que la pandemia del libro se refiere a la gripe A o que el accidente de avión fue incluido a última hora aprovechando el caso del siniestro brasileño. Lo de la moda de los vampiros siempre se ha dicho, cuando era adolescente pasó con Stephen King y la Hammer, luego con Ann Rice y películas como «Jóvenes ocultos» y ahora con «Crepúsculo» y algunas series de televisión. Seguro que en breve vemos a un vampiro en el diván de un psicoanalista, como en «Los Soprano». Será el siguiente paso. No me preocupa, yo sigo mi instinto y nada más.

-Piensa seguir con esta faceta de escritor o sólo es un «capricho» temporal?

-Sí que me gustaría seguir. Cada día procuro escribir algunos párrafos antes de meterme hasta arriba con «El Hobbit».

nocturna

-Hablando del rey de Roma, o de la Tierra Media. ¿Ya esta concienciado para lo que se le viene encima con este proyecto?

-Todavía me cuesta un poco mentalizarme pero en fin. De todas formas, estoy acostumbrado a subirme el listón. «Hellboy 2» fue más grande y costosa que ninguna otra de mis películas, incluyendo «El laberinto del fauno», y «El Hobbit» será aún más. Lo que más me divierte son los chismes en internet sobre el proyecto: que si van a ser tres películas, que si Viggo Mortensen va a aparecer… Si la última vez que vi a Viggo fue hace siglos y me dio unos pastelillos riquísimos (carcajadas).

-Usted que es un gran aficionado a los videojuegos y a las ultimas tecnologías, cree que en el cine se puede dar el caso de interactividad total que vaticina el «Project Natal» presentado por Microsoft en la reciente feria E3 de Los Ángeles?

-Eso es interesante. No puedo leer el futuro, pero creo que dentro de una década el ocio electrónico será una única plataforma que englobará cine, videojuegos, internet, blu-ray… Una sola experiencia totalmente interactiva.

-¿Y el cine 3D, la última esperanza blanca de Hollywood?

-Puede dar la sorpresa. He visto algunas cosas que no creeríais, como decían en «Blade runner».

-Entonces, en que lugar queda el «pobrecito» libro encuadernado y con papel reciclado?

-Hombre, eso siempre existirá. Quizá sólo para el coleccionista pero en fin, menos da una piedra. Yo tengo cinco mil DVDs y un centenar de LPs, por ejemplo. Si ocurre un «Fahrenheit 451» será el fin de los tiempos.

-Y la pregunta obligada: ¿habrá película de «Nocturna»?

-Precisamente he adquirido los derechos para que nadie ruede una chingada de filme. A lo mejor me lanzo y hago un tebeo en el futuro. Es triste pensar en la literatura como banco de pruebas para rodar una película. Cada soporte tiene su propia química y filosofía. Yo admiro mucho a gente como David Trueba o Gonzalo Suárez que saltan del cine a la literatura tan ricamente.

-Cree que, después de Clive Barker, la literatura de terror actual permanece algo dormida en su ataúd?

-Es posible. Como lector, confieso que compro pocas novedades y releo mucho a los clásicos. Hay cosas de autores como Ligotti o Gailman que no están mal, pero prefiero acudir a las fuentes originales y a coleccionar rarezas.

-Se le ve más cómodo y relajado promocionando un libro que una película.

-Pues es verdad. La literatura todavía tiene un componente artesanal y creativo que el cine va perdiendo a pasos agigantados. Le voy a contar algo de lo que casi no he hablado: Chuck Hogar y yo sellamos nuestra colaboración con un simple apretón de manos. Un acuerdo de caballeros, sin todo el papeleo y la burocracia de agentes y representantes de Hollywood, donde la palabra casi no tiene valor. Ahí si que hay vampiros de verdad, aunque sea con corbata (risas). Eso es lo que me gusta de este mundillo. No hay más que comparar la Feria de Francfort con Cannes, que casi es un mercado de ganado.

05
Jun
09

“Agustí Centelles i Ossó”

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Agustí Centelles i Ossó (Foto de los libros)

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Documento inédito, imprescindible para entender un aspecto de la guerra desde la mirada de un fotoperiodista.

Álbum fotográfico inédito de Centelles, uno de los padres fundadores del fotoperiodismo en España, en el centenario de su nacimiento (1909).

En enero de 1939, miles de republicanos cruzaron la frontera francesa camino del exilio. Un éxodo que vivió el fotoperiodista Agustí Centelles, internado en el campo de concentración de Bram de marzo a septiembre de ese año. Durante estos meses, Centelles escribió un diario personal (Diario de un fotógrafo. Bram, 1939, Península, 2009). Pero su espíritu de fotoperiodista lo empujó a dejar constancia gráfica de dicha experiencia.
Son muchos los testimonios literarios sobre el exilio. Lo que hace excepcional el de Centelles es que está documentado con imágenes de la acogida francesa alejadas de la versión oficial mostrada hasta ahora. En estas instantáneas, el fotógrafo retrata las infraestructuras del campo de Bram, pero sobre todo la vida cotidiana de los reclusos. Un fondo gráfico extraordinario, único en la historia del fotoperiodismo occidental, que el azar ha permitido conservar hasta nuestros días y que hoy se publica por primera vez en un solo volumen. (Texto de Ediciones Península)

Ediciones Península

03
Jun
09

Julio Cortázar: “A mi tocayo De Caro” (Fragmento)

Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.
librocortazar
Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.
Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.
Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.
En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.
A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades… En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.
Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo. Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba tan…///
02
Jun
09

Se publican textos inéditos de Julio Cortázar. La mosca.

Edgar Borges / Rebelión

“La mosca”
“Te tendré que matar de nuevo.
Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima,
en Cristianía,
en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos,
en el burdel, en la cocina, sobre un peine,
en la oficina, en esta almohada
te tendré que matar de nuevo,
yo, con mi única vida.”

cortazar-con-gato

“La mosca” es un poema incluido en “Papeles inesperados”, el nuevo libro que contiene una extensa colección de textos inéditos de Julio Cortázar. Pero la mosca también es el monstruo más pequeño de todas las pesadillas cotidianas. Quién sabe si en realidad todas las moscas no sean más que una misma mosca que ha vivido a través de los tiempos burlándose de sus pretendidos asesinos. ¡La mosca! ¡Qué problema tan minúsculamente grande es la mosca! ¿Quién no se ha sentido desafiado por una mosca? Y cuando (por fin), con discreta puntería, la logramos derribar, al poco rato vuelve otra y ocupa el mismo territorio de reto del anterior enemigo. Incluso, me ha llegado a pasar que, cuando me acerco al suelo (con la excusa de que se cayó algo), jamás encuentro el cadáver del insecto terrorista.

No tengo la menor duda. Las moscas fundaron el más discreto y sofisticado sistema terrorista. Ellas no tienen otra función sino arruinarnos la vida. Y nos la arruinan casi sin darnos cuenta. A José Saramago le preocupa el indiscreto poder de Silvio Berlusconi; yo pienso que más peligrosas son las moscas que vuelan alrededor del primer ministro italiano. O la mosca que el otro día me paró en la calle y me dijo (con cara de mosca seria): “¡Tú a mi no me engañas; ya sé que esos papelitos que llevas debajo del brazo no sirven para nada!” Eso me recordó que muchos gobiernos fascistas quemaron libros. Y otros gobiernos, menos fascistas, en sus formas, callaron. Hoy, en este siglo XXI del resplandor tecnológico, la mosca sigue volando alrededor de la vida (y de la idea de evolución). Es posible que antes de los humanos estuvieran las moscas. O la mosca. Y que su maniático vuelo tuviera como objetivo milenario alborotarnos la rabia. Y recordarnos la basura (la ignorancia circular, el primitivismo).

Un amigo dice que tenemos un pasado poblado de dinosaurios. Eso es cierto, pero quizá la responsable de la reconocida amargura de los dinosaurios fuese la mosca. Especula una amiga que una mosca se fue persiguiendo a Arthur Rimbaud hasta África. Otra amiga cuenta que Mafalda odia la sopa por culpa de una mosca surfista. La mosca tiene el poder de estar en todos los espacios en un mismo segundo. Como si su misión fuera la de “cubrir de mierda” todos los tiempos. La ciencia debería estudiar el poder omnipresente de la mosca.

Hace poco (como cada cierto tiempo) aparecieron muertos varios mendigos. El cartero asegura que, un minuto antes de la muerte, cada víctima fue visitada por una mosca. Tal vez haya sido la misma mosca que se burló de la única vida de Julio Cortázar y que ahora, en este justo momento del impostergable café, se aproxima, en vuelo suicida, directo a mi consciencia.

20
May
09

Almudena Guzmán: “De un tiempo a esta parte”

De un tiempo
a esta parte
estoy prisionera
en un coche
de gritos y hielo
que circula
por carreteras oscuras
y en vertical
como catedrales,
deslumbrada
por las luces largas
de los que vienen
en sentido contrario
que sois todos.

De”Calendario”

21
Abr
09

Edgar Borges: “Roberto Bolaño y la falsa seriedad de un oficio de canallas”

Rebelión

    A los Unicornios imbatibles

El escritor chileno (y del mundo) Roberto Bolaño dijo que “la escritura es un oficio poblado de canallas y de tontos, que no se dan cuenta de lo efímero que es.” Y, con esta afirmación, el autor (que anda de moda más allá de la vida) desnudó los prejuicios que enlodan el medio literario a nivel internacional.

Son varios los escritores que han opinado sobre el canibalismo que impera en los círculos literarios. Por estos días, cuando recibió el premio de la Crítica por su novela “Saber perder”, el escritor y cineasta español David Trueba afirmó que “espera que el premio sirva para desterrar los prejuicios del mundo de la literatura respecto a alguien que siempre ha tenido un pie en el cine. Los escritores miran por encima del hombro a la gente del cine”. Una nueva piedra (la de Trueba) contra el cristal de esa milenaria torre celestial donde algunos pretenden permanecer de espaldas al mundo.

El ambiente literario opera bajo el formato del clan. Cada vez que un escritor, como Rushdie o Saviano, recibe amenazas de muerte, se habla de los peligros que corre la libertad de expresión. Lo que no se dice es que existen mecanismos silenciosos de condicionamiento y exclusión. No todos los criminales usan balas para asesinar las ideas.

El mundillo literario funciona de acuerdo a las direcciones (totalitarias) de grupos integrados por escritores deseosos de reconocimiento y poder. Y desde la cúpula de la torre se diseña la lista de los elegidos: “Los escritores más grandes son mi amigo y su primo. Después de nosotros el abismo.” Y no me refiero a listas de influencias (elaboración muy lógica si de emitir valoraciones creativas y estéticas se tratara), sino a las listillas caprichosas estructuradas (con mano se seda) para pretender dirigir el gusto del lector. A este clan pertenece buena parte de la poca crítica que tiene espacio público. Y a puerta cerrada se decreta el Olimpo literario.

Se trata de una práctica muy antigua. El escritor (sin generalizar, pues, hay quienes rechazan este carnaval de autogenialidades) cita en público sólo a sus amigos (y a los primos); difícil es que un escritor se levante de su sofá para buscar el libro de un autor desconocido. Cierto es que el virus del amiguismo es una costumbre generalizada en todas las áreas humanas; no obstante, en la literatura adquiere características de secta. Me atrevería a decir que algunos círculos literarios (en pleno siglo XXI) actúan con el fanatismo (y la cerrazón mental) de las religiones más ortodoxas. En otros oficios artísticos, como el cine o la música, existen vías de comunicación más directas entre los creadores y el público.

Las listas siempre son excluyentes; sin embargo, más lo son cuando se repiten por previo acuerdo entre factores interesados. Y con la lista en mano se coordinan eventos, lecturas, premios y demás componentes consagratorios. Y, como si la obra no fuese el motor del asunto, se aplastan propuestas (en el espacio público) de cientos de creadores.

bolanoDibujo: Eulogia Merlé

Hace poco me llegó el primer libro de la escritora uruguaya Raquel de León; su título “Unicornios de cristal” me invita a celebrar (desde la acera del canallismo reivindicativo) la larga lista de los creadores del mundo no establecido. Pienso en las novelas poderosas de Pedro Antonio Curto (Asturias); los cuentos periodísticos de Chara Lattuf (Caracas); los relatos políticos de Marcelo Colussi (Buenos Aires); las historias meticulosas de la pareja de Andrea Álvarez (Venezuela) y Ricardo Benítez (Argentina); las opiniones siempre rebeldes de José Saramago (consecuente transeúnte de la acera de enfrente) y en los inmejorables relatos que me contó un individuo anónimo, que una vez encontré paseando por el muro de la playa de San Lorenzo (Gijón); otro día en la Esquina Caliente (Caracas); y otras tantas en un mercado de La Paz o de Bogotá.

Esa lista es universal y diversa. Sus integrantes (como Unicornios imbatibles) andan surcando clasificaciones y torres de cristal. Ellos, con su obra en mano, sólo piensan en llevar su escritura hasta ese lector irreverente que, por convicción, ha renunciado a las leyes de los clanes. Tanto en la calle como en Internet: hay que revolucionar las vías de comunicación entre creadores y pueblo.

Me gusta imaginar que, en los bordes de la listilla de algún clan, Roberto Bolaño escribe un decálogo burlesco sobre la falsa seriedad de un oficio de canallas.

25
Mar
09

Nace la revista virtual Retaguardia

Rebelión

Ha nacido una revista virtual dedicada a la fotografía y la poesía actual: Retaguardia, poesía desde la última trinchera. Puede verse on-line o descargarse en PDF.

retaguardia

Conducida desde Barcelona por Antonio Barcia, cuenta en su primer número con poemas de doce poetas: Ana Pérez Cañamares; Beatriz Viol; Luis Melgarejo; Juan Antonio Bermúdez; José María Gómez Valero; Carmen Camacho; Sara Mesa; Miguel Ángel García Argüez; Alberto García Teresa; Miriam Reyes; Isaac Oliva y David Eloy Rodríguez.

retaguardia2

Retaguardia

06
Mar
09

Fragmento de “Sexus” de Henry Miller (Petición de lector)

-Entonces confesó algo que era –bien lo sabía yo- una puñetera mentira, pero aun así, interesante. Una de esas “deformaciones” o “trasposiciones” propias de los sueños. Sí, cosa bastante curiosa, las otras chicas, verdad, sintieron lástima de ella… lástima de haberla metido en aquél fregado. Sabían que no estaba acostumbrada a acostarse con todo quisqui. Así, que pararon el coche y cambiaron de asiento para que se sentara delante, con el tipo peludo, que hasta entonces había parecido decente y tranquilo. Ellas se sentaron detrás en las rodillas de aquellos hombres, con las faldas alzadas, mirando hacia delante y, mientras fumaban sus cigarrillos y reían y bebían, les dejaba ponerse las botas.
“¿Y qué hizo el otro tipo, mientras sucedía eso?”, me sentí obligado a preguntar al final.
“No hizo nada”, dijo. “Le dejé que me cogiera la mano y le hablé lo más rápido que pude para quitárselo de la cabeza.”
“Venga, hombre”, dije, “déjate de cuentos. A ver, ¿qué hizo? ¡Cuenta!¡Cuenta!”
Bueno, el caso es que le tuvo cogida la mano mucho tiempo, lo creáis o no. Además, ¿qué podía hacer? ¿Es que no iba conduciendo el coche?
“¿Quieres decir que en ningún momento se le ocurrió parar el coche?”
Claro que sí. Lo intentó varias veces, pero ella lo convenció para que no lo hiciese… Ése era el rollo. Estaba pensando desesperadamente cómo pasar a la verdad.
“¿Y al cabo de un rato?”, dije, para allanar el terreno.
“Pues, de repente, me soltó la mano…” Hizo una pausa.
“¡Sigue!”

miller
“Y después volvió a cogerla y se la colocó sobre la pierna. Llevaba la bragueta abierta y tenía el aparato tieso… y estremeciéndose. Era un aparato enorme. Me entró un susto tremendo, pero no me dejaba retirar la mano. Tuve que hacerle una paja. Después paró el coche e intentó arrojarme fuera. Le rogué que no lo hiciese. “Sigue conduciendo despacio”, dije, “Haré lo que quieras… después. Estoy asustada”. Se limpió con un pañuelo y reanudó la marcha. Entonces empezó a decir las guarrerías más soeces…”
“¿Como por ejemplo?¿Qué dijo exactamente?¿Lo recuerdas?”
“Oh, no quiero hablar de eso… era repugnante.”
“Después de lo que me has contado, no veo por qué vacilas por unas palabras”, dije, “¿Qué diferencia hay? Igual podrías…”
“Muy bien, si lo deseas… “Eres la clase de tía a la que me gusta follar”, dijo. “Hace mucho tiempo que tengo ganas de joderte. Me gusta la forma de tu culo. Me gustan tus tetas. No eres virgen: ¿a qué vienen tantos remilgos? Como si no te hubieran jodido más que una gallina… como si no tuvieses un coño que te llega hasta los ojos” …y cosas así.”
“Me estás poniendo cachondo”, dije. “Vamos, cuéntamelo todo”
Ahora veía que le encantaba desembuchar. Ya no era necesario disimular por más tiempo: estábamos disfrutando los dos.
Al parecer, los hombres del asiento trasero querían cambiar de pareja, cosa que la asustó de verdad. “Lo único que podía hacer era fingir que quería que me jodiese el otro primero. Éste quería parar al instante y salir del coche. “Conduce despacio”, lo engatusé, “luego podrás hacer lo que quieras conmigo… no quiero tenerlos a todos encima a la vez”. Le cogí la picha y empecé a darle masajes. Al cabo de un intante estaba tiesa… más incluso que antes. ¡La Virgen! Te lo aseguro, Val, nunca había tocado una herramienta como aquélla. Debía de ser un animal. Me obligó a cogerle los huevos también: eran pesados y estaban hinchados. Se la meneé deprisa, con la esperanza de hacerlo correrse enseguida…”
“Oye”, le interrumpí, excitado con lo de la gran polla de caballo, “hablemos claro. Debías de morirte de ganas de follar, con aquél aparato en la mano…”
“Espera”, dijo, con los ojos brillantes. Ya estaba tan mojada como una gansa, con los masajes que le había estado dando…
“No me hagas correrme ahora”, suplicó, “o no podré acabar la historia. ¡La Virgen! Nunca pensé que querrías oír todo esto”. Cerró las piernas bajo mi mano, para no excitarse demasiado. “Oye, bésame…” y me metió la lengua hasta la garganta. “Ay, Señor, ¡ojalá pudiéramos follar ahora! Esto es una tortura. Tienes que curarte eso pronto… me voy a volver loca…”
“No te distraigas… ¿Qué más ocurrió? ¿Qué hizo él?”
“Me cogió por la nuca y me metió la cabeza a la fuerza en su entrepierna. “Voy a conducir despacio como has dicho”, susurró, “quiero que me la chupes. Después de eso, estaré listo para echarte un polvo como Dios manda”. Era tan enorme, que creí que iba a asfixiarme. Sentí ganas de morderlo. De verdad, Val, nunca había visto una cosa igual. Me obligó a hacerle de todo. “Ya sabes lo que quiero”, dijo, “Usa la lengua. No es la primera vez que te metes una picha en la boca”. Al final, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo, a meterla y sacarla. Me tuvo todo el tiempo cogida de la nuca. Estaba a punto de volverme loca. Entonces se corrió… ¡pufff! ¡Qué asco! Creí que no acabaría nunca de correrse. Aparté la cabeza rápidamente y me echó un chorro a la cara… como un toro.”
Para entonces estaba a punto de correrme yo también. La picha me bailaba como una vela mojada. “Con purgaciones o sin ellas, esta noche follo”, pensé para mis adentros.
Después de una pausa, reanudó el relato. Que si la hizo acurrucarse en el rincón del coche con las piernas levantadas y le anduvo hurgando por dentro, mientras conducía con una mano y el coche iba haciendo eses por la carretera, que si le hizo abrirse el coño con las dos manos y después lo enfocó con la linterna, que si le metió el cigarrillo y la obligó a intentar chupar con el coño. Que si uno de ellos intentó ponerse de pie y meterle la picha en la boca, pero que estaba demasiado borracho para lograrlo. Y las chicas… entonces ya en pelotas y cantando canciones verdes, sin saber adónde se dirigía ni qué vendría después.
“No”, dijo, “tenía demasiado miedo para sentirme apasionada. Eran capaces de cualquier cosa. Eran unos matones. En lo único que podía pensar era en cómo escapar. Estaba aterrada y lo único que él seguía diciendo era: “Ya verás, preciosa… te voy a joder hasta las entrañas. ¿Qué edad tienes? Ya verás…”. Y entonces se la cogía y la blandía como una porra. “Cuando te meta esto dentro de ese chochito tan mono que tienes, vas a sentir algo. Voy a hacer que te salga por la boca. ¿Cuántas veces crees que puedo hacerlo? ¡Adivina!”. Tuve que responderle “¿Dos…tres veces?”. “Supongo que nunca te han echado un polvo de verdad. ¡Tócala!”. Y me hizo cogerla otra vez, mientras se movía hacia delante y hacia atrás. Estaba viscosa y resbaladiza… debió de estar corriéndose todo el tiempo. “¿Qué tal sienta, amiga? Puedo alargarla dos o tres centímetros más, cuando te barrene ese agujero tuyo con ella. Por cierto, ¿qué tal, si te la metiera por el otro agujero? Mira, cuando acabe contigo, no vas a poder ni pensar en follar en un mes”. Así es como hablaba…”
“¡Por el amor de Dios, no te detengas ahora!”, dije. “¿Qué más?”
Pues, paró el coche, junto a un campo. Se habían acabado las contemplaciones. Las chicas estaban intentando vestirse, pero los tipos las sacaron desnudas. Estaban gritando. Una de ellas se ganó un guantazo en la mandíbula para que fuese aprendiendo y cayó como un tronco junto a la carretera. La otra se puso a apretar las manos, como si estuviese rezando, pero no podía emitir sonido alguno, de tan paralizada estaba por el miedo.
“Esperé a que abriera su puerta”, dijo Mona. “Entonces salí de un brinco y eché a correr por el campo. Se me salieron los zapatos. Me corté los pies con los espesos rastrojos. Corrí como una loca y él tras de mí. Me alcanzó y me arrancó el vestido: lo desgarró de un tirón. Después le vi alzar la mano y al momento siguiente vi las estrellas. Tenía agujas en la espalda y veía agujas en el cielo. Él estaba encima de mí cabalgándome como un animal. Me hacía un daño terrible. Quería gritar, pero sabía que lo único que haría sería volver a pegarme. Me quedé tumbada y rígida de miedo y lo dejé magullarme. Me mordió por todo el cuerpo –los labios y las orejas, el cuello, los hombros, los pechos- y no dejó de moverse ni por un instante: no paraba de follar, como un animal enloquecido. Pensé que me había roto todo por dentro. Cuando se retiró, creí que había acabado. Me eché a llorar. “Calla”, dijo, “o te doy una patada en la mandíbula”. Sentía la espalda como si hubiera estado rodando entre cristales. Él se quedó tumbado boca arriba y me dijo que se la chupase. Todavía la tenía grande y viscosa. Creo que debía de tener una erección perpetua. Tuve que obedecer. “Usa la lengua”, dijo, “¡Lámela!”. Se quedó tumbado respirando pesadamente, con los ojos en blanco y la boca completamente abierta. Después me puso encima de él, haciéndome saltar como si fuera una pluma, girándome y retorciéndome como si estuviese hecha de goma. “Así está mejor, ¿eh?”, dijo. “Ahora dale tú, ¡zorra!”, y me sostuvo ligeramente de la cintura con las dos manos, mientras yo follaba con todas mis fuerzas. Te lo juro, Val, no me quedaba una pizca de sentimiento… excepto un dolor abrasador, como si me hubieran metido por el cuerpo una espada al rojo vivo. “Ya está bien”, dijo. “Ahora ponte a cuatro patas… y levanta bien el culo”. Entonces me lo hizo todo… la sacaba de un sitio y la metía en el otro. Me tenía con la cabeza enterrada en el suelo, en pleno lodo, y me obligó a cogerle los cojones con las dos manos. “¡Apriétalos!”, dijo, “pero no demasiado fuerte, ¡o te parto la boca!”. El lodo me estaba entrando en los ojos… apestaba horriblemente. De repente, sentí que apretaba con todas sus fuerzas… estaba corriendose otra vez… era caliente y espesa. Yo ya no podía resistir un momento más. Me desplomé de cara contra el suelo y sentí derramárseme la lefa por la espalda. Le oí decir: “¡Maldita sea tu estampa!”, y después debió de golpearme otra vez, porque no recuerdo nada hasta que me desperté tiritando de frío y me vi cubierta de cortes y magulladuras. El suelo estaba mojado y yo estaba sola…”
En aquél punto la historia siguió una dirección y despues otra y otra. Con mi afán por seguir sus divagaciones, casi me olvidé del sentido de la historias, que era el de que ella había contraído una enfermedad. Al principio no se había dado cuenta de lo que era, porque se había manifestado como un grave acceso de hemorroides. La causa había sido haber permanecido tumbada en el suelo mojado, afirmó. Al menos, esa había sido la opinión del médico. Después vino lo otro… pero había ido al médico a tiempo y la había curado.




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