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El editor
Hace años, cuando entraba en La Coupole, Montparnasse, el maître me saludaba por mi nombre (de entonces): Monsieur Zàkovic. Sentado siempre en el mismo sitio, la espalda protegida contra la pared: se podía fumar. Tarama, carne o pescado, agua y café descafeinado. Estos días de enero ando recordando, maldita memoria selectiva, maldita memoria caótica, aquellos tiempos bélicos (resoluciones de la OTAN, Javier Solana, Sarajevo, manifiestos, turismo militar/moral de los intelectuales) y siento un leve escalofrío de muerte. El rumor del Mediterráneo, carreteras de madrugada y balnearios en invierno, reuniones, edificios derruidos, pueblos costeros. Ahora custodio, turno de noche, como saben, un importante negocio editorial. Tengo docenas libros a mi disposición, algunos buenos, y converso con las sombras rotas del estado de bienestar: putas, basureros, algunos clochards: mis relaciones. En Los ojos de la piel de Juhani Pallasmaa leo sobre la primacía de la vista, desde Descartes, como fuente de conocimiento: la ilusión óptica dominante y la mirada del poder. Como tengo tiempo, pienso. Es una de las ventajas (escasas) de mi actividad laboral. Una chica rubia, ojos tristes, Ekaterina, quiere prosperar en su oficio, me propone, tímida, que le de clases dé francés, quince euros la hora. Acepto, solidario. Compro un par de manuales y saco del baúl familiar unos folletos, años setenta, titulados «El francés es fácil». En los «Cuentos Completos» de Juan José Saer, marzo en El Aleph, qué formidable y desconocido autor, encuentro Historia, realidad, ficción, vida, pasiones, amistad: literatura política lírica, si existiera la expresión. Murió en 2005 y vivía en Francia: évidemment.

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